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Los bulevares del sueño eterno

Las tumbas invitan a la reflexión sobre la muerte, que es el segundo hecho más trascendente de la vida, y los cementerios de ilustres residentes son una atracción cultural

 
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Los bulevares del sueño eterno
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2 LUIS M. ALONSO Jorge Luis Borges sigue siendo, después de muerto, uno de los residentes más ilustres de Ginebra. Está enterrado en Plainpalais, cementerio de reyes y de notables, en la tumba 735, junto a un sendero de piedra, hoy escarchado y cerrado al público por precaución. En Plainpalais yacen los restos de Calvino, el gran reformador, y del compositor argentino Alberto Ginastera, otro hijo dilecto de la hermosa ciudad suiza. Estos días ha vuelto a hablarse de la repatriación de los restos del autor de Ficciones a Buenos Aires, pero el asunto parece zanjado de una vez por todas. Borges eligió Ginebra porque mantuvo con ella una relación especial. Le gustaba el frío y el hecho de que los grandes nombres del pensamiento hubieran pasado por allí. Admiraba el orden y el respeto y le marcó la solidaridad de los ginebrinos con los refugiados de la Gran Guerra. Ginebra, como él mismo decía, había sabido conservar sus fuentes y sus rincones y, al mismo tiempo, se congratulaba de sus buenos comercios y estupendas librerías.

Las tumbas invitan a la reflexión sobre el segundo hecho más trascendente de la vida que es la muerte. El holandés Cees Nooteboom escribió un libro sobre los lugares donde fueron enterrados autores literarios famosos, unos muertos que, como él mismo dice, visitamos con frecuencia por conocerlos mejor que a la mayoría de los vivos. «A Wilde no lo busqué, sino que lo encontré. Una avenida de olmos sin hojas en el Père Lachaise y de repente algo que se asemeja a una fortaleza o a un castillo, y allí pegado, acurrucado, un ser con forma de pájaro y cara de hombre, de rasgos orientales, y una corona, un animal enigmático que seguramente no aparece en ningún manual para identificar pájaros». La tumba de Oscar Wilde (1854-1900) en el cementerio parisino es la más besada del mundo. Las jovencitas, principalmente, e, incluso, los jovencitos dejan la marca del carmín de sus labios sobre la lápida. La tarde que me acerqué hasta su sueño eterno leí pintarrajeado: «L'importanza de essere Oscar».

El cementerio de Père Lachaise, donde también están enterrados, entre otros, Proust, Balzac, Edith Piaf, Modigliani, y en donde moran en los nichos Maria Callas, Max Ophuls, Max Ernst, Isadora Duncan y Stephane Grappelli, es junto con el de Montparnasse, más recoleto y entrañable, uno de los cementerios con mayor nómina de artistas. En este último se encuentran, por ejemplo, las tumbas de Maupassant, César Vallejo, Cortázar, Samuel Beckett, Cioran, Sartre y Simone de Beauvoir. En París se halla, además, un cementerio menos frecuentado, el de Thiais, que sirvió de última morada a Joseph Roth y Paul Celan. Cuando las visité la primera conservaba una rosa blanca.

Una placa de mármol recuerda a Cervantes en la iglesia de las Trinitarias Descalzas, de la antigua calle Cantarranas, hoy Lope de Vega, en Madrid. En Montparnasse, Cortázar comparte tumba con Caroline Dunlop y una botella de absenta. Antonio Machado yace en Collioure, cercado por las flores. Al pobre Baudelaire lo enterraron junto a su odiado padrastro Jacques Aupick, también en Montparnasse. Walter Benjamin, muerto en la frontera española tras una triste peripecia, mora en el cementerio municipal de Portbou, en una fosa común asediado por el rastrojo. Contemplar su tumba y recordar la desesperada situación que vivió en su huida causa cierto estremecimiento. La vida reserva lugares inimaginables para el descanso de sus muertos: el poeta beat Gregory Corso está enterrado en Roma; James Joyce y Elias Canetti, en Zurich; Auden, en Austria, a la sombra de la pequeña y blanca iglesia de Kirchstetten. Otros, donde su literatura los sitúa: Ezra Pound, en Venecia; Kafka, en Praga, tiene con él a sus padres y a Max Brod, «quizá para conversar», escribe Nooteboom. El austero T. S. Eliot está donde se le espera, en una iglesia de pueblo, en East Coker, como él quería: «En mi principio está mi fin. En mi fin está mi principio». Robert Louis Stevenson, el eterno viajero, yace, como era su deseo, donde le conocían por Tusitala, el contador de historias. Allí, en el Monte Vaea, de la isla Upolu, en Samoa, fue enterrado mientras llovía a mares. Le pusieron su chaqueta de terciopelo y extendieron la Union Jack sobre su rostro. «Bajo el vasto y estrellado firmamento, cavad la tumba y dejadme yacer. Viví contento y muero contento».

No se trata de atracción por la muerte, pero si se ha seguido a los autores y a sus personajes, por qué no rendirles homenaje donde descansan, tanto si se trata de cementerios o de tumbas desperdigadas. Chateaubriand descansa en Saint-Maló en una lápida coronada por una cruz y esta breve inscripción: «Un gran escritor francés quiso reposar aquí para no tener que escuchar más que el viento y el mar». En Clarens (Montreux), muy cerca del hotel donde vivió los últimos años, enterraron a Vladimir Nabokov, un cadáver exquisito, en una tumba grande, hermosa y elegante como el cementerio, una urbanización lujosa para inquilinos pudientes. No he visitado, desde luego, las ochenta tumbas de poetas y pensadores de Nooteboom, pero sí algunas de ellas, motivado por el interés hacia los residentes y, en ocasiones, por la propia belleza del lugar. He estado varias veces en Os Prazeres (Lisboa) y en esa joya de la arquitectura funeraria que es Highgate (Londres), uno de los camposantos más poblados (170.000 muertos aproximadamente) y, sin duda, el más romántico de cuantos existen.

No fui a Highgate por los inquilinos que allí reposan sino por su aire fantasmal, principalmente en el ala oeste, la más antigua, donde, entre una espesa vegetación asoman panteones de hasta tres pisos y lápidas emboscadas en la maleza. Zombis y vampiros pueblan la leyenda del popular cementerio londinense, que atesora curiosas historias, algunas inventadas y otras auténticas, como la de Elizabeth Siddal, esposa y musa del poeta y pintor Dante Gabriel Rossetti. Siddal se suicidó ingiriendo una sobredosis de láudano. Recibió sepultura en Highgate y su marido dejó en el cabecero de su ataúd, junto a ella, un libro de poemas manuscritos. Años más tarde, cuando la inspiración del poeta se había disipado con la muerte de la musa y su carrera se convertía en una ruina, un editor lo convenció para que recuperara los poemas enterrados. La exhumación del cadáver se hizo de noche, por razones de discreción, a la luz de las antorchas. De la muerta sólo quedaban unos cuantos jirones del cabello. Los poemas se publicaron. En el mismo cementerio, Herbert George Wells, autor de La guerra de los mundos, dejó escrito algo realmente oportuno: «Cuando llegue la hora de mi epitafio tendrá que ser: ya os lo dije, malditos locos».

Hay muertos ilustres que es necesario buscarlos fuera de los camposantos y de los panteones nacionales. Es el caso de Pablo Neruda, en Isla Negra. O el de Nikos Kazantzakis, al que la Iglesia ortodoxa impidió enterrar en el cementerio de Heraklion y al que dieron sepultura al lado de una de las murallas que rodean la capital de Creta. Una vez me acerqué hasta allí desafiando la polvareda de viento para leer uno de los epitafios más hermosos: «No espero nada, no temo nada, soy libre».

Alguien definió los epitafios como las voces de piedra de la muerte, pero no hace falta ser tan cursi. Ramón Gómez de la Serna, el gran Ramón, dijo de ellos en una de sus greguerías que son las últimas tarjetas de visita que se hacen los hombres. Ahora, el género está un poco de capa caída, pero los hay estupendos, incluso los ausentes de las tumbas. Uno de los epitafios más famosos, «Perdonen que no me levante», se atribuye al genial Julius Henry Marx, más conocido como Groucho. Podría ser una gran muestra del ingenio de este fenomenal humorista, pero en su lápida del Eden Memorial Park de San Fernando, Los Ángeles, no hay ninguna frase, tan sólo su nombre, las fechas de su nacimiento y muerte (1890-1977) y una estrella de David. Otra ingeniosa tarjeta de visita es la del actor y dramaturgo francés Jean Baptiste Poquelin, Molière: en su tumba del Père Lachaise se lee lo siguiente: «Aquí yace Molière, rey de los actores. En estos momentos hace de muerto, y de verdad que lo hace bien». La ironía, como el diablo, se esconde por cualquier esquina.

Las fotografías son de Simone Sassen, del libro «Tumbas», de Cees Noteboom. Siruela.

«Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en agua» (John Keats, cementerio protestante de Roma).

«Abrid esta tumba: al fondo se ve el mar» (Vicente Huidobro en el balneario de Cartagena en Chile).

«Soy escritor y es que nadie es perfecto» (Billy Wilder, Westwood Memorial Cemetery, California).

«Cuando pases por la tumba donde mis cenizas se consumen, ¡oh!, humedece su polvo con una lágrima» (Lord Byron, cementerio de Parísh Church en Hucknall, Nottinghamshire).

«Ya decía yo que ese médico no valía mucho» (Miguel Mihura, cementerio de Polloe, San Sebastián).

«Si no viví más es porque no me dio tiempo» (Marqués de Sade, cementerio de Charenton).

«Hacia la inmortalidad y la eterna juventud» (Julio Verne, cementerio de La Madeleine, Amiens).

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