2 JAVIER BLANCO
No olvido una noche que tuve el honor y, además, hice honores a Joey Ramone. Ocurría la emoción hace ya unos cuantos lustros. Fue en La Real de Oviedo (nunca fue un local que se citara como «una conocida discoteca ovetense», como tampoco se decía algo similar para referirse El Jardín de Gijón, salas con personalidad propia, nombre propio y partida nacimiento).
Joey Ramone terminó su concierto y bajó a los improvisados camerinos que se montaban en La Real entonces, que, para ser improvisados, estaban muy bien. Hablamos de hace un par de décadas más o menos, y estábamos en el despertar rockero (en directo). Empezaron a desfilar estrellas, y no dejarían de hacerlo durante una buena temporada. El primer gran zambombazo fue la sesión de «Immaculate Fools», en los años ochenta, una banda que con el tiempo se hizo como de casa. «Immaculate Fools» se había dado a conocer vía «La Edad de Oro», de Paloma Chamorro, como también había ocurrido con Elliot Murphy, que, con el tiempo, se hizo vecino de Asturias: tocó en casi todas las partes y aún repartió sesión el otro día en el teatro Filarmónica, e, incluso, llegó a mantener activas relaciones con la escena rockera local.
Volvamos atrás: minutos antes habían tocado los «Ramones» en la sala de arriba. Se limpiaban el sudor en los bajos-camerinos y se tomaban un algo (que no describo porque eran «algos» distintos entre los miembros del grupo). Lo cierto es que habían reventado de público la pista y que incluso se orientó el escenario para el lado contrario del habitual con el fin de «cargar» cuanto más afición, mejor (hubo 2.500 o así). Los «Ramones» habían pasado un tiempo de capa caída.
Los ochenta, ya se sabe, habían dirigido sus sonidos a la nueva ola, el after punk, que no el punk ramoniano, los nuevos románticos y una rara suerte de música disco y pop tremendamente afrutado y ligero.
Pero a final de esa década la gente se había hartado y quería el viejo rock and roll. Así que los «Ramones» volvieron a repetir en Tartiere, teloneando a «U2» y en un San Mateo. Y también se hicieron un poco como de casa, ya que hay que sumar un homenaje en la Fnac precisamente por la edición póstuma de un álbum de Joey. Lo cierto es que al inicio de los noventa resurgieron, y la historia los colocó de nuevo en su sitio. El tiempo y la vida fue acabando con el grupo, pero ahí siguen sus canciones de minuto y pico, su coletilla: «Hey, ho, let's go», y su grito de guerra: «Gabba gabba hey». Todo un rito, como la altura desganada de Joey Ramone. Al lado de él en aquel improvisado camerino del garaje de la Real uno parecía Danny DeVito, que no está mal, pero no es lo mismo.
Desde aquella entrada histórica con «Immaculate Fools» nos corrimos una buena juerga con el rock and roll internacional, con figuras de las grandes ligas del género. Además, eran conciertos con liturgia, ya que todos tenían ese ambiente de cercanía debido precisamente a que se hacían en salas. Más tarde comenzarían los grandes conciertos de Gijón, que fueron la explosión total para que Asturias entrara en circuito internacional. Se hará memoria de ello, pero primero hay que acordarse de las salas, pequeñas y grandes, que dieron gas a la escena.