Sabino Fernández Campo tenía ojo de caricaturista y algo de mano. La caricatura necesita de un mirar de humor que no puede perder de vista la verdad. El conde de Latores era de los caricaturistas que resumen los rasgos, no de los que los exageran, como parece que su humor era de frase, más que de período largo. Trataba por igual a amigos y a enemigos, a Torcuato Fernández Miranda o a Mario Conde o a los que tuvieron mucho de uno y algo de otro como Alfonso Armada, que ni estaba ni se le esperaba. Su estilo es de caricaturista privado o de fin de semana. Como una caligrafía aprendida en la infancia, aplica la caricatura de los años veinte y treinta del siglo XX, porque se ve que aprendió a hacerla pronto y copiando, sin tiempo a desarrollar una voz propia o ponerse al día. Línea, geometría, más perfil que frente, esa caricatura se forma en el cerebro después de escrutar al recién conocido o de resumir a una persona mil veces vista. La imagen mental se pasa a dibujo a solas y sin mirar el original. Una manera de ver a las personas.