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Donde ruge el tigre de Asia

n Singapur, cuarto centro financiero del mundo y quinta economía más competitiva del planeta, constituye el mejor ejemplo del nuevo y feroz modelo capitalista asiático
n La ciudad, a la que acaba de viajar una delegación asturiana, castiga con 300 euros de multa el arrojar un papel al suelo y no da carta de residente a nadie que gane menos de 1.500
n El Gobierno disputa los directivos a las empresas y se sujeta en resultados: tener el aeropuerto mejor gestionado del mundo o un modelo de convivencia religiosa envidiable

 
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Donde ruge el tigre de Asia
Donde ruge el tigre de Asia  
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2 J. E. MENCÍA El camino empieza y acaba en el papel. Las lecturas previas, cargadas de metáforas, resultan evocadoras. La llaman «la Suiza de Asia», «la puerta asiática», «el Mónaco amarillo»... Pero Singha-pura, ciudad de leones, ruge como un tigre, el rey de los tigres de Asia -Hong Kong, Corea, Taiwán- que se desperezan, despiertan al capitalismo llenos de apetito y ya nunca más duermen, como sus centros comerciales «non stop». Singapur, diría Platonov, es la patria de la competitividad. De Mao, ni las fotos.

Nada más poner el pie en el aeropuerto de Changi -como días atrás hizo una delegación asturiana- el viajero percibe que Singapur va «a otro rollo». Bueno, mentira, eso se nota incluso antes si se vuela con Singapore Airlines en el Airbús A380, el mayor avión comercial del mundo con capacidad para más de ochocientos pasajeros; cine, televisión, música y videojuegos a la carta, y toallitas húmedas calientes que las azafatas reparten cada poco para limpiarse las manos y la cara. Es Asia. Pero... ¡lástima!, la mejor compañía aérea del mundo, en pugna con Thai y Quatar, también pierde maletas. En menos de diez minutos de mostrador -casi, como en España- el propietario del equipaje extraviado cobra una indemnización. Changi, construido sobre terreno ganado al mar, aparece año tras año como el aeropuerto mejor gestionado del mundo en las listas que elaboran las agencias. Es difícil ver colas, todo fluye. Al día siguiente las maletas llegan al hotel.

El país, una pequeña ciudad estado de 4,5 millones de habitantes, está medido, pesado, cuantificado, no hay sitio a la improvisación. Ni siquiera la temperatura da sorpresas: en torno a treinta grados todo el año y mucha humedad. Sudar es un verbo que se conjuga fácilmente y que hace densas las esperas por los taxis, anhelados, siempre con el aire acondicionado a tope. El paraguas es inseparable: para sol y para lluvia. En pleno ecuador, los rayos de luz se clavan como agujas. El calor y la humedad se resumen en exuberancia tropical, aunque la selva, casi impenetrable hasta mediados del siglo pasado, es hoy testimonial.

Unos enormes maceteros pueblan la mediana de la autopista. Están preparados para ser retirados y dejar paso a otra pista para aviones en caso de emergencia. El aprovechamiento del espacio y el orden es otra máxima del país. Singapur le ha ganado al mar una superficie similar a la del concejo de Oviedo. La ciudad, entre las más densamente pobladas del mundo junto con Mónaco y Hong Kong, quiere crecer aún en dos millones de habitantes. El suelo se multiplica hacia arriba. Los rascacielos ocupan ahora el lugar de los palafitos de «los gitanos del mar». Con una de las natalidades más bajas del planeta, inferior incluso a Japón, los ojos se ponen en la inmigración. Sin embargo, ésta no se abraza alegremente. Para obtener carta de residencia es necesario un contrato de trabajo y cobrar más de 1.500 euros. Además, el Gobierno restringe las bodas con ciudadanos de otras nacionalidades. El dinero es la vara de medir, como en todas partes, pero Singapur no lo esconde.

Se puede ser budista -religión mayoritaria-, hinduista, cristiano, taoísta... pero no pobre. Incluso en Little India, el barrio hindú, o en Arab Street, el musulmán, donde no todo brilla tanto como el «Manhattan» que rodea la bahía o los escaparates de Prada, Armani o Chanel de Orchard Road, no hay mendigos.

El sistema métrico del dólar se aplica en más frentes. Singapur es una S.A. El Gobierno ficha a golpe de talonario a los directivos de las mejores compañías del país. Se lo cuentan en la Embajada a un grupo de empresarios asturianos que visitan la ciudad en un viaje de negocios organizado por la Cámara de Comercio de Oviedo. ¿Y si una empresa quiere instalarse? Si el negocio tiene futuro, suelo gratis; si la actividad no resulta innovadora, no hay suelo. Así y todo, en Singapur hay cerca de treinta mil multinacionales asentadas. Atraídas por una seguridad jurídica británica inusual en Asia, pueblan los rascacielos que crecen por doquier. La crisis no ha podido con las grúas. Sólo ha recortado el crecimiento del ocho por ciento anual al tres y medio. Singapur saca matrícula en macroeconomía. Es la economía más competitiva de Asia y en el mundo sólo la superan Estados Unidos, Suiza, Suecia y Alemania. Además, es el cuarto centro financiero del planeta con Wall Street, la City de Londres y Hong Kong. Las reservas de capital: 250.000 millones de dólares americanos.

En la calle eso se traduce en orgullo. El modelo de convivencia religiosa resulta envidiable y, aunque cada culto tiene su barrio con mezquita, centro budista o templo a Kaly, el mestizaje es común. La ciudad está limpia. Los singapurenses aceptan sin crítica sanciones de hasta 300 euros por tirar un papel al suelo. Si el sancionado es reincidente puede ser castigado a labores de limpieza, deberá enfundarse un uniforme y barrer. Es probable que su foto aparezca incluso en los periódicos para mayor vergüenza. La seguridad: otra obsesión. Nadie debe sorprenderse si olvida su cartera en un taxi y le aparece intacta y devuelta en la recepción de su hotel. Pasó.

El Gobierno, basado en un modelo democrático autoritario, potencia el tradicionalismo mediante el paternalismo monetario. La vivienda libre es prohibitiva y la pública casi. Se otorga por concesiones de hasta 99 años que pueden costar entre 150.000 y medio millón de euros. Se da prioridad a las parejas casadas y si estas eligen residir cerca de sus mayores pueden lograr descuentos de hasta un treinta por ciento. Todo por asegurar el cuidado de los ancianos y los niños en el seno familiar. Aunque no hay muchos coches, sólo uno por cada nueve habitantes, porque el transporte público también presume de ser el mejor del mundo y circular por el centro exige el pago de un peaje (algo que Londres copió en Singapur), los domingos los estacionamientos de áreas residenciales son gratuitos para facilitar la reunión de las familias.

Doce millones de personas visitan anualmente Singapur, tres veces su población, la mayoría por negocios aunque siempre hay un rato para ver el mejor zoo de Asia, la prueba nocturna de Fórmula 1 o saborear un Singapore Sling en el hotel Raffles, la colonial «vieja dama del este». Una pena que desde allí no se vean las flores del National Orchid Garden ni el desfile de barcos hacia el puerto. Todo sin un ruido, ni una voz más alta que otra. El tigre ruge en silencio.

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