FERMÍN RODRÍGUEZ
1. Punta El Cabu, en Cudillero 2. Ballotas 3. Cabo Busto, en Valdés 4. La villa de Luarca 12 11 10 9 8 7 6 5. Navia 6. Cabo Langosteiro 5 Mar Cantábrico 4 3 7. Cala de Rinlo 8. Playa de las Catedrales 9. Foz 2 1 0 10. Burela 11. San Cibrao
Aeródromo de La Morgal, son las once de un día radiante de mediados de octubre, el mes perfecto para fotografiar desde el aire. Eso, si la torre de control de Ranón no informara de que en ese momento allí sopla con 15 nudos de fuerza el Nordeste y que el viento irá arreciando en las próximas horas. No obstante salimos, pero con un punto de inquietud. Nuestro destino es Vares. Vamos a recorrer desde el aire, encajados en la pequeña y segura Cesna, la marina occidental asturiana y «a mariña» lucense. Seguiremos un rumbo paralelo a la costa sobrevolando el Cantábrico, encabritado por un viento entablado casi en el Este, e iremos fotografiando la tierra desde el mar. El trayecto de ida sobre la rectilínea costa asturiana promete tranquilidad. Sospechamos que otra cosa nos reserva la costa gallega, arrumbada al Noroeste, donde el viento nos cogerá por el través. Efectivamente, la promesa se cumplió. Las puntas de cuarenta nudos en el viento hicieron que desde cabo Burela a Estaca de Vares la avioneta, transformada en eficaz batidora, cabeceara inmisericorde. Pero tres horas después, al aterrizar en La Morgal, concluimos que una vez más había merecido la pena. Pues conseguimos una serie de fotos sobre un fantástico paisaje. Desde 1.500 pies de altura y fotografiando oblicuamente con intención geográfica, Asturias y la costa gallega se revelan como una extraordinaria colección de paisajes. Si hubiera que resumirlo en pocas palabras, éstas serían: variedad, pequeñez, fragilidad y desigual armonía. Las cuatro se concentran en dos: excelencia territorial.
El trabajo lo realizamos dentro de un proyecto de investigación en el que el Ce-Codet participa como representante de la Universidad de Oviedo junto a otras universidades españolas (Santiago, Salamanca, Valencia, Autónoma de Madrid) sobre la gestión territorial en ciertas partes del país. Nosotros, de acuerdo con los compañeros de Santiago, nos centramos en la franja litoral astur-lucense. Para Galicia, «a mariña» es muy singular, tiene los valores ambientales de la Costa da Morte y más población y actividad, contrasta con las Rías Bajas y las grandes urbes litorales. Para Asturias, la marina concentra calidad (paisajística, urbana), población y actividad agraria e industrial. Tanto una como otra estuvieron alejadas de los centros regionales por unas comunicaciones deficientes que si por una parte las aislaron de aquéllos, las integraron entre sí, constituyéndose, por encima de las divisorias administrativas, como una cierta unidad de vida y trabajo.
Los estudios territoriales no se hacen en aislados laboratorios, la realidad se siente, la exploración es terrenal. Hay que ir, ver, volver y contar. Y como el territorio está en cambio constante, operado por las decisiones de sus participantes, hay que hablar con ellos, especialmente con los locales. Como un requerimiento obligado del proyecto se organizó un seminario en el que se reunieron alcaldes, técnicos locales de las dos comarcas con geógrafos de varias universidades para contrastar la gestión de la zona costera a ambos lados del Eo.
Las fotografías ayudaron a encontrar diferencias y similitudes, y razones de ambas. Se suele considerar que la costa asturiana está muy bien conservada, algo menos la gallega, que, en cambio, parece tener mayor actividad. Son generalidades, para dos litorales amplios, y, además, la cuestión tiene un carácter relativo. Hay que comparar con otros.
En Asturias la tierra se enfrenta al mar. En Galicia se abrazan. En Asturias, nítidamente, ambos medios se deslindan en una costa blanca, rectilínea, abrupta y elevada. Desde los elevados acantilados de Peñas la rasa va descendiendo hacia los extremos, pero sólo muy en el confín occidental la costa se puede llamar baja. En cambio, en Galicia el abrazo de la tierra con el mar dejar una interfase más amplia. Su mar se engolfa en amplias rías e incluso en las bajas el clima oceánico se convierte casi en subtropical, lo que da amabilidad a la vida. No es así en «a mariña», más parecida a las tierras entrambasaguas, uno de las trozos geográficos en los que se subdivide la costa occidental de Asturias, contada a partir de la desembocadura del Nalón (0).
Desde esa ría hasta pasar Cudillero la presión metropolitana se hace sentir en forma de ocupación de la rasa por viviendas aisladas unifamiliares de segunda residencia, que apoyándose en los viales tradiciones se desparraman aisladamente y no en urbanizaciones cerradas.
Entre Cabo Vidíu y Cabo Busto la sierra prelitoral se echa sobre el mar, la rasa apenas si tiene fondo, y los ríos, que se desploman vertiginosamente de las próximas alturas, tajan profundos surcos en ellas, buscando la mar, lo que aísla varias facetas triangulares o «ballotas» en las que se recogen aldeas recrecidas (Ballota, Tablizo) en la base del triángulo y campos microparcelados en el extremo norte, más o menos romo, pero siempre apuntado a la mar. Esta peculiar orografía a la que se adaptaba la carretera, que durante todo el siglo XX ejerció como colector transversal de las comunicaciones, explica en parte el aislamiento de la marina occidental. Su superación fue tan reciente, pues por los pelos entró en el siglo XX, que este retraso permitió la anticipación regional en la regulación eficaz de la ordenación litoral; es decir, el crecimiento de la economía en la década de los noventa aquí, con estas carreteras, tarda en llegar y cuando llega ya hay instrumentos de control para regularlo. No ocurre lo mismo en «a mariña», donde la expansión urbana es fruto de la llegada apresurada de capitales externos y de la relativamente mejor accesibilidad en un entorno administrativo con una regulación más laxa, que favoreció la «espontaneidad» del crecimiento urbano. Pero sigamos la costa para alcanzar Cabo Busto, sorprendente paisaje de excelencia, esmeradamente cultivado y en el que las pantallas arbóreas dibujan las líneas de la mejor composición paisajística del atlántico ibérico.
Desde ahí hasta la playa de Barayo la sierra se retira y la rasa toma fondo, a la vez que va descendiendo algo en altura y pierde brusquedad, ampliándose las pequeñas entalladuras. Alguna de mayor tamaño, como la que proporciona el río Negro, donde se localiza, retorcida y blanca, Luarca, la bella durmiente que hoy parece despertar de su ensueño, manteniendo su encanto tradicional y colonizando ordenadamente su pequeño antepaís.
Entre la desembocadura del Barayo y Cabo Branco distinguimos otra subunidad centrada sobre la industriosa Navia. Las sierras ya no alcanzan la mar, la rasa sigue ofreciendo un alto frente acantilado, pero su traza es aserrada, las puntas prolongadas por rosarios de islotes (El Castro, Porcía) y los surcos, bajos, acogen minúsculas calas, refugio tradicional de pequeños y bellísimos puertos (Veiga, Ortiguera, Viavélez), o suaves sablones como los de Frexulfe o Porcía. Los pueblos bien delimitados y de planta esponjada se ciñen a los viales locales, y quedan retranqueados en un segundo plano, dejando entre ellos y la línea de costa acantilada un mosaico de tierras bien cultivadas.
Sobre el confín aparece Tapia, centrando la subunidad costera comprendida entre Cabo Branco y Cabo Langosteiro, donde la rasa, ocupada por campos regulares y ya muy baja, se sumerge en las aguas del Eo. Su frente pierde vigor y describe una línea catenaria en la que los senos se llenan de arena en playones como Anguileiro, Esteiro o Penarronda, sobre las que las actuaciones de acondicionamiento pueden reconocerse como blandas, sensibles al entorno.
En «a mariña» lucense descubrimos cuatro subunidades costeras: la comprendida entre el Eo y Foz arranca en un escondido, a pesar de su tamaño, Ribadeo, pues se dispone hacia el interior de la ría dejando al mar abierto el macizo de Penas Brancas, donde comienza una costa de frente bajo y tendido, con amplias ensenadas y ocupación contrastada, entre la cala de Rinlo y la playa de las Catedrales, y aleatoria, en la que una gran diversidad de usos salpican el verdor de las parcelas de pradería, recortadas por un dédalo de caminos que, a manera de paseo marítimo, remarcan, ondulantes, la sinuosa línea de costa y conducen a explanaciones para polígonos industriales, a una gran piscifactoría abandonada, a pozos de cantera excavados a la vera del mar y hoy anegados, a un aeropuerto, a multitud de casitas aisladas, a grandes bloques exentos, a urbanizaciones de chalés de cubiertas multicolores que presiden fincas urbanizadas con amplios caminos internos, cerrados por blancos muros de fábrica. Al acercarse a la villa de Foz, en Barreiros, aparecen en la punta de la ría y sobre la barra urbanizaciones de adosados y grandes bloques de viviendas en línea. Y todo ello se ubica en la inmediatez de la línea de costa, ocupando, a diferencia de lo visto al Oriente, la faja exterior.
Entre Foz y Cabo Burela encontramos la villa de Foz, recrecida y apoyada en diques que sostienen un arenal y dos pequeñas dársenas. La costa aproa al Nornoroeste y la hacen escarpada sierras que, como la de Buio, se acercan al mar, cubiertas de eucaliptos. En su base se alternan polígonos industriales y viviendas campesinas tradicionales en forma de casa bloque de dos alturas con cubierta de pizarra a dos o cuatro aguadas. En ciertos enclaves los cierres naturales son sustituidos por muros de fábrica y aparecen urbanizaciones de segunda residencia asomadas al frente de mar.
Burela es una gran villa y un pequeño «concello», de 8,5 kilómetros cuadrados, desgajado hace unas décadas de Cervo. Burela se asienta sobre el cabo del mismo nombre y en la base de la sierra de Cavaleiros, cuyos eucaliptos definen una oscura mancha sobre la que resalta una villa que mira y se lanza a través de su alargado espigón portuario al Cantábrico, del que es puerto pesquero de referencia, y deportivo, y comercial, y en asuntos de construcción y reparación de buques en sus diques cubiertos, que junto a la moderna lonja constituyen signos de dinamismo incontinente.
Entre Cabo Burela y Punta Roncadoira el litoral se arruga por todas partes, debido a las lenguas serranas que dibujan un frente litoral bajo y forestal, que apenas aclaran las instalaciones de la blanca villa de San Cibrao, en la que el crecimiento reciente ha urbanizado su singular península y el tómbolo que la une a lo que no hace tanto fue un pequeño puerto de pescadores, hoy deportivo. Decir la aluminera es decir gran complejo fabril con su puerto mineralero, al que con propiedad podríamos referirnos como puerto exterior, cuyos prominentes diques abarcan una gran dársena capaz de acoger a buques graneleros de buen caldo; con sus silos, cintas transportadoras, hornos, chimeneas, talleres, depósitos y grandes lagos de depósito de lodos. Todos uniformados por el color rojizo del mineral.
Finalmente, la Estaca de Vares, punta septentrional ibérica, cierra la ría de Viveiro, localidad que recuerda a Ribadesella, con su canal esquinado, su arenal centrado y la villa recogida al fondo y en una ribera. Las diferencias vienen por la dedicación industrial de Viveiro y por las peculiaridades de su ocupación, hasta época reciente más contrastada entre ambas que en la actualidad.
Como resumen final, hemos descubierto un mundo singular entre Vidío y Vares, con identidad propia en Asturias y Galicia, y, por supuesto, muy original en las costas española y atlántica europea. Un mundo que no es homogéneo, que se descompone en ocho subunidades (nueve si incluimos la metropolitanizada de Cudillero), cuatro asturianas y cuatro gallegas. Las primeras presentan una urbanización mucho más contenida, un paisaje más ordenado y una mayor diversidad en la jerarquía del poblamiento, más amplia. Las segundas están polarizadas por las villas, que concentran la actividad, por debajo el poblamiento se disuelve desparramado, no hay otros escalones, aunque los primeros son potentes. El desparrame en las unidades gallegas es reciente y localizado en el frente costero, se vincula a la mayor accesibilidad, a la entrada urgente de capitales en la década de 1990 y a una ausencia de regulación supralocal. Superado el ciclo alcista, se perciben con nitidez los desajustes del modelo implantado en la costa lucense, que, sin embargo, aguanta, al haber conseguido elevar en estas dos últimas décadas sólidos pilares urbanos como Ribadeo y Burela que se añaden a los tradicionales de San Cibrao y Viveiro, también reforzados, como así ocurre con Foz, más residencial. La marina occidental asturiana se define por la armonía y el equilibrio, no sólo en el paisaje, sino en su organización funcional, más equilibrada y que ocupa más equilibradamente el territorio, facilitando una posibilidad de crecimiento más armónico.
En cualquier caso, estamos ante un territorio que presenta estas características en una estrecha faja litoral, la que concentra la ocupación más intensa, que aún puede aspirar a la excelencia territorial.