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«Franco creó los tribunales de orden público y los laborales, politizados, pero le atribuyen la frase de ´no os metáis con los jueces´»

l «Para el contrabando entre Galicia y Portugal los paisanos se disfrazaban de guardias civiles y daban palizas a los burros para crearles un reflejo condicionado»
l «Estuve fichado por la Policía, no como detenido, sino como no afecto o no simpatizante del régimen, y tuve dificultades al presentarme a las oposiciones»

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Julio Alberto García Lagares, en el despacho de su domicilio de Salinas, durante la conversación con LA NUEVA ESPAÑA.
Julio Alberto García Lagares, en el despacho de su domicilio de Salinas, durante la conversación con LA NUEVA ESPAÑA. miki lópez
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Derecho por vocación. «Era un buen colegio, con cuarenta y tantos residentes. Tengo muy buenos recuerdos y quizás uno de los grandes errores que se han cometido en este país es no promocionar y conservar los colegios mayores. Porque en el colegio estabas las 24 horas del día, conviviendo con catedráticos o con profesores, y se organizaban las semanas de cine, de literatura, las actividades culturales. Le debo muchísimo al colegio mayor, e incluso formamos hoy un grupo de amigos entre los antiguos alumnos, con Romay Beccaria o José Manuel Meilán Gil, que fue rector de la Universidad de La Coruña. Estudio Derecho por vocación. A mi padre le hubiera gustado muchísimo que yo fuera abogado del Estado, pero a mí no me atraía. Prefería la Universidad y la docencia, o la carrera judicial. Terminé la carrera y estuve un año pensando en dedicarme a preparar la oposición a la cátedra de Derecho Procesal. En Santiago era catedrático Fairén Guillén, un procesalista reconocido. También estaba Álvaro d'Ors (hijo de Eugenio), un romanista y civilista importante».

l Justicia social y «desfacer entuertos». «Pero vi complicado aquello de la cátedra porque el primer año lo dediqué nada más que a trabajar para el catedrático, a coger notas o a redactar estudios sobre libros. Los catedráticos eran una élite tremenda entonces. Yo veía que aquello ofrecía muy pocas posibilidades, porque el catedrático presentaba a las cátedras a uno o dos cada año, pero también se presentaban aspirantes de toda España. Había posibilidades, pero al cabo de seis o siete años. Al final de ese año vi que no me encontraba y comencé a preparar la oposición a juez. Con mucha suerte, porque aprobé al primer intento, en 1959. Quise ser juez porque la mayor parte de los amigos de mi padre, en el casino de La Coruña, y a los que yo conocía, eran magistrados. La función de juez me gustaba, al menos tal como se veía en aquella época; existía más vocación de la que hoy existe, yo creo. La idea del juez era, y creo que debe seguir siendo, la de la resolución de conflictos, la de estar en la vida real y quizá con un espíritu de justicia en el sentido amplio de la palabra: la justicia social, o el procurar "desfacer entuertos"».

l Inquietud política. «Había otro elemento en aquella época. La Universidad estaba muy politizada, pero en el buen sentido de la palabra. Era el enfrentamiento contra una situación que no nos gustaba a los estudiantes. Lo quisieras o no, todos participábamos muchísimo de la vida política y de oposición. Fue la época de Ruiz Jiménez y de aquel falso aperturismo. En mi casa no había ambiente político, pero mi padre tenía ideas monárquicas, como mi abuelo. A mí me surge la inquietud en la Universidad. En aquella época existía el SEU (Sindicato de Estudiantes Universitarios), que era como la Seguridad Social: no tenías más remedio que pertenecer. Teníamos constituidas las llamadas agrupaciones, y unas tiraban más hacia un lado y otras hacia el otro, hacia una reforma del régimen. Llevábamos una vida muy activa, con reuniones, con lecturas de libros prohibidos procedentes de Francia, o de Ruedo Ibérico. Había inquietud, y eso también te determina».

l Fichado ante las oposiciones. «El que más o el que menos estaba activo. Había manifestaciones y la Policía intervenía. Entonces nos metíamos en la Universidad, porque allí no podían entrar. Y estábamos fichados. Al presentarte a una oposición había que llevar una certificación de adhesión al movimiento, cosa que se presuponía normalmente; pero yo, como estaba fichado, no como detenido, sino como no afecto, o no simpatizante del régimen, tuve dificultades y mi padre tuvo que moverse algo para que eso no me perjudicara. Más que duras, las oposiciones eran largas. Se tardaba unos tres años y pico en preparar los 533 temas. Se decía que la silla de los examinados tenía muelle, porque muchos, bien por los nervios o porque no tuvieran el tema preparado, escuchaban la pregunta, se levantaban, bebían el vaso de agua y se marchaban. Los siete miembros del tribunal votaban en una bolsa negra, no con bolas, sino con un papel con la calificación, y se hacía la media. Otra garantía de aquellos exámenes es que eran públicos. No iban personas de fuera, pero sí los preparadores o los opositores que estaban esperando su turno. Con ello había la garantía de que un señor que no supiera los temas quedaba desautorizado por el resto de los opositores».

l Las tardes en el archivo. «En aquellos años había pocas plazas de jueces y se producían al año unas 25. Los que aprobamos la oposición fuimos a la Escuela Judicial, tres años, en Madrid, en un chalé de la Castellana. Los mejor calificados escogían entre ser jueces o fiscales. Casi todos iban a jueces, pero luego esto fue cambiando, porque la gente prefería vivir en las capitales, como fiscal, mientras que el juez vivía en su partido judicial. Mi primer Juzgado, de primera instancia e instrucción, fue en Albocácer, provincia de Castellón. Era lo que se llamaba un Juzgado de entrada. Allí estuve cinco o seis meses. Albocácer es un pueblo muy bonito, a 30 kilómetros de Castellón, cerca de Peñíscola. Estuve feliz allí, pero al llegar lo pasé muy mal. Llegas con tus conocimientos, teóricamente muy grandes. El primer día llega la Guardia Civil con un atestado, de un robo. «Déjenlo aquí, que lo leo después», les dije, y vi que no se marchaban. «Pueden ustedes marcharse». «No, no; ya sabe lo que tiene usted que hacer». Yo no tenía ni idea de lo que tenía que hacer, pero era algo tan sencillo como sellarles la copia del atestado. Al poco tiempo, me llegaron con un embargo preventivo urgente, que había que despachar rápidamente, y en aquel momento yo no sabía ni lo que era un embargo ni lo que era preventivo; pero lo valioso fue la práctica, por eso es importante que los jueces empiecen por juzgados pequeños, poco a poco. No me da vergüenza decirlo y lo cuento con frecuencia. En Albocácer no, porque había muy poco trabajo, pero sí en Bande (Orense), mi siguiente destino, lo que hacía era trabajar por la mañana en el Juzgado y por las tardes, sin que me vieran mucho, bajaba al archivo y cogía los asuntos parecidos, a ver cómo se hacían las cosas. Y fui aprendiendo poco a poco, hasta que me fui soltando».

l Pleitos de aguas y tierras. «En Galicia los pleitos eran pleitos de verdad, con los montes comunales y todas esas cosas, y Bande era un lugar difícil. La propiedad está muy dividida y como consecuencia de ello la gente vive mucho su propiedad y la defiende a machamartillo. Tienen muchos pleitos a lo largo de su vida y están muy enterados. Los paisanos tenían el casa el Código Civil y lo leían. El agua era muy importante. Hay aguas de torna y de retorna, que pasan de una finca a otra. Una finca tiene seis horas de agua y el paisano sacaba las piedras del cauce para que pasara el agua a su finca, y después le tocaba al siguiente. Esto suscitaba peleas, líos, conflictos de poca monta, pero también había pleitos de propiedad muy complicados. Los pleitos mayores fueron con una institución que a mí me gusta mucho, y tengo bastante escrito sobre ello, que son los montes en mano común, que es una propiedad de origen germánico. Los montes pertenecen a todo el pueblo que tiene casa, cama y mantel, es decir, que vive allí permanentemente. Los beneficios de toda la madera de esos montes revierten no al Ayuntamiento, sino a los vecinos, y el dinero lo invierten en mejoras de los caminos o en pagar la contribución territorial o en pagar en parte la luz. Llegó una época en los años sesenta en la que los ayuntamientos querían apropiarse de estos montes y los inscribían en el Registro de la Propiedad para que pasaran a su patrimonio. Entonces, comunidades de 500 o 600 usufructuarios se defendían de los ayuntamientos. Eran pleitos muy complicados, que normalmente ganaban los paisanos, pero había que demostrar que desde tiempo inmemorial habían usado ese monte».

l Burros entrenados con palizas. «La frontera también creaba problemas. En el partido judicial había nueve ayuntamientos fronterizos y dos fronteras cerradas con un palo y la Guardia Civil. Se vivía del contrabando y se pasaba café, aceite, etcétera. No había mafias, como hoy en la droga, pero la gente vivía de ello. También había un contrabando organizado de piezas de coches, a través del río Troncoso. La picardía consistía en que volcaban en el río un camión y pedían autorización para retirarlo; pero, por la noche, le cambiaban el motor y le metían un Perkins. No había motores en España. La Guardia Civil vigilaba a pie, pero los burros del contrabando estaban entrenados para huir de ellos. Entre Portugal y España estos burros recorrían unos 15 o 20 kilómetros. Había quienes se dedicaban a entrenarlos para los contrabandistas: se disfrazaban de guardia civil y les pegaban palizas a los burros en el monte, hasta que les creaban un reflejo condicionado. Así que cuando el burro, que iba sólo, porque aprendía el recorrido, veía a la guardia civil echaba a correr y volvía a su origen. Los guardias tiraban cuatro tiros, pero el animal escapaba».

l Comidas que solucionan pleitos. «Para bien o para mal, mientras fui juez, y hasta que llegué al tribunal, donde no puedes hacerlo, siempre me gustó llamar a los litigantes al despacho e intentar buscar un arreglo. No para convencerlos de quién tenía razón, sino para incitarles a que buscasen un arreglo. Lo hacía, primero, por egoísmo, porque me evitaba el pleito y la sentencia, pero también porque te da una satisfacción tremenda. Lográbamos muchos arreglos cuando hacíamos reconocimientos judiciales, que es la justicia de verdad. Íbamos al monte o a las fincas con las partes, los peritos, los abogados, los procuradores, el secretario, el agente y el juez. Como cosa curiosa, puesto que podía no haber restaurantes en la zona, el demandante llevaba un cesto con la comida y el demandado otro. Y claro, cada uno de ellos procuraba llevar la mejor comida, no fuera a suceder que al juez le gustase más la del otro. Por la mañana tomábamos la declaración testifical, veíamos la finca, los peritos lo examinaban y luego íbamos a comer, porque el procedimiento llevaba todo el día. En la comida, ya en los cafés y la copita, siempre les decíamos: «¿Y no vale la pena que os pongáis de acuerdo?». Y los peritos, que habían visto el caso, nos decían: «Si podéis convencerlos, mejor». Las comidas solían funcionar. Así como de los desayunos de trabajo la gente sale incomodada, las comidas son diferentes. Y se solucionaron muchos pleitos».

l El juez al lado del pueblo. «Digo que el reconocimiento judicial es la justicia de verdad porque el juez tiene que aproximarse a la realidad. El juez tiene que estar en el lugar donde trabaja, en el partido judicial, aunque no hablo de capitales. Cuando más juez me sentí fue en Luarca o en Bande, en los pueblos, al lado de los vecinos, porque vas al café y juegas la partida de dominó, y el juez vive con el pueblo. Una de las cosas que logré en el Consejo del Poder Judicial fue que aceptase que los jueces que se jubilan, no todos, sino los que muestran una gran vocación, acudieran a la Escuela Judicial a explicar los encantos de vivir en los pueblos. A mí me daba mucha pena, como presidente del Tribunal Superior de Justicia de Asturias, que los jueces me pidieran permiso para vivir en Oviedo, fuera de su partido judicial. El juez tiene que adaptarse al pueblo, y no al revés, y con toda su independencia. Creo que a mí me respetaron siempre y fui totalmente independiente jugando al domino y charlando con todo el mundo. El pueblo está así cerca de la justicia y ven cómo se hace la justicia, y esto es bueno. El juez en la urna de cristal y la justicia metida entre paredes a mí no me gustan».

l La oposición y un suicida comunista. «Fui opositor al franquismo, ideológicamente, pero aquella época hay que entenderla en sus circunstancias, cuando el cura tenía importancia y hasta ponía multas si trabajabas los domingos, y la Guardia Civil tenía sus criterios; pero con los jueces? Franco no era tonto. Creó unos órganos, el Tribunal de Orden Público, por un lado, los Juzgados laborales, por otro. Estos órganos eran los que estaban politizados, pero con lo que era la justicia en general Franco no se metía. Le atribuyen el dicho de que «con los jueces no os metáis». El franquismo creó el Tribunal de Orden Público, y esos jueces cobraban tres o cuatro veces más que un juez normal, y eran nombrados a dedo. Cuando había algún asunto político lo pasabas a Orden Público, pero yo no experimenté ninguna presión. Solamente tuve un caso curioso en Bande, de una persona que se sabía que era del Partido Comunista y presumía de ello. Fue a mediados de los años sesenta. El hombre se suicidó y fuimos a levantar el cadáver. Había colocado una bandera republicana y dejó una carta en la que decía que todo se lo legaba al pueblo. Tenía bastantes fincas y después hubo los pleitos de la familia, pero el paisano había dejado un testamento hológrafo perfectamente hecho. El tío estaba bien informado. Yo fallé el pleito a favor de sus últimas voluntades, y la Audiencia lo confirmó posteriormente, y las fincas fueron para el pueblo. En la época de estudiante en Santiago participé en aquella oposición, en la que había muchas tendencias. Después, como juez en Bande ya no, pero en la época de Luarca, en los últimos años del franquismo, fundamos la Asociación Profesional de la Magistratura (APM). Pertenecí a la ejecutiva y después fui vicepresidente. Los jueces no estábamos satisfechos en general con la justicia del franquismo. Era la unidad de poder y la disfuncionalidad de funciones».

Nace en La Coruña, el 27 de octubre de 1931. Estudia la carrera de Derecho en la Universidad de Santiago de Compostela, donde también realiza el doctorado. Es decano del Colegio Mayor Universitario de la Estila.

Ingresa en la carrera judicial en 1959, mediante oposición. Fue destinado a Juzgados de primera instancia y de instrucción en Albocácer (Castellón), Bande (Orense), y Luarca y Avilés (Asturias). En este último Juzgado, al que llega en 1975, alcanza la categoría de magistrado.

Posteriormente ha sido presidente de la Sala de lo Civil en la Audiencia Provincial de Asturias, así como magistrado de la Sala Civil Penal del Tribunal Superior de Justicia de Asturias (TSJA). También ha sido presidente del TSJA, desde 2000 hasta su jubilación, en 2003.

Fue miembro fundador y presidente, antes de la transición democrática, del Sindicato de la Administración de Justicia en Asturias. Participó en la labor fundacional de la Asociación Profesional de la Magistratura (APM), de la que fue vicepresidente nacional y presidente de la sección de Asturias.

Formó parte de las comisiones de la APM que elaboraron borradores o informes sobre normas como la ley orgánica del Poder Judicial, la reforma del sistema procesal, o el Código Penal. Tras su jubilación como presidente del TSJA es abogado colegiado en ejercicio y elabora dictámenes y arbitrajes sobre cuestiones civiles y mercantiles. Es árbitro permanente del SACE (Servicio Asturiano de Solución Extrajudicial de Conflictos), y de ATA (Asociación para Transacciones y Arbitrajes).

Es vicepresidente de la Fundación Jueces de España y vocal de la Asociación de Jueces y magistrados jubilados de España. Pertenece a la Cofradía de la Buena Mesa. Está casado y tiene una hija.

Segunda entrega, mañana, lunes: «Memorias», de García Lagares

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