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Un «best seller» que cambió la visión del hombre y la naturaleza

«El origen de las especies», el libro en el que Darwin estableció la teoría de la evolución, cumple 150 años

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Retrato de Charles Darwin.
Retrato de Charles Darwin. 
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Genaro Alas, el hermano de Clarín, introdujo la obra en Asturias

2 Andrés Montes

El 24 de noviembre de 1859 Londres vivió un auténtico fenómeno editorial a la escala de aquellos tiempos. Los 1.250 ejemplares del libro titulado «El origen de la especies» puestos a la venta ese día se agotaron en aquella jornada. Su autor, el naturalista Charles Darwin, reconocerá años después en su «Autobiografía» que fue «la obra principal de mi vida» y «tuvo mucho éxito desde el primer momento».

Pero aquel «best seller», del que están a punto de celebrarse los 150 años, albergaba, además, una revolución en el conocimiento científico y toda una nueva concepción del hombre y la naturaleza. Por vez primera Darwin expone una explicación certera y sostenible de por qué los seres vivos cambian y adquieren complejidad. Y, lo más importante, esa explicación no requería de agentes externos a la vida. Aquel embrión de la ciencia biológica portaba ya la equiparación con disciplinas de mayor arraigo y, al modo la física newtoniana -que entonces era el modelo de pensamiento científico-, Darwin establece que «todo cuanto existe en la naturaleza es resultado de leyes fijas». O, dicho de otra forma, la vida tiene su propia ley, «una ley general que conduce al avance de todos los seres vivos, que es multiplicarse, variar, dejar que el más fuerte sobreviva y que muera el débil».

En una sociedad victoriana que se distinguía, entre otros aspectos, por el creciente interés por la ciencia, «El origen de las especies» se convirtió en «un acontecimiento editorial de primer orden que alteró de manera espectacular la naturaleza del debate sobre la cuestión de los orígenes», resume Janet Browne, autora de la gran biografía del padre de la teoría de la evolución. Aquella primera edición es la de referencia para los estudiosos de Darwin. En las sucesivas ediciones el naturalista introdujo modificaciones encaminadas a aliviar cierta presión sobre su obra o que pretendían dar respuesta a sus críticos. Porque uno de los efectos del libro fue el de generar «el primer debate científico auténticamente internacional de la historia», según Browne.

El libro de Charles Darwin condensa «en una única y larga argumentación» veinte años de elaboración teórica, en la que aglutina desde sus hallazgos en el lustro que estuvo embarcado como naturalista en el «Beagle» hasta su experiencia como criador de animales domésticos, en el retiro rural que eligió tras aquella aventura marina. «El vigoroso, el saludable y el feliz sobreviven y se multiplican», sentencia Darwin. Y en la culminación de la obra, en un último párrafo en el que se hace evidente la influencia de la idea de Malthus de que las poblaciones y los recursos crecen a ritmos muy dispares, concluye que «a partir de la guerra de la naturaleza, de la hambruna y la muerte, surge directamente el objeto más elevado que somos capaces de concebir, es decir, la producción de animales superiores. Hay grandiosidad en esta visión de la vida, con sus diferentes fuerzas, habiendo sido alentada originalmente en unas pocas formas o en una sola, y, mientras este planeta ha estado girando de acuerdo a la ley fija de la gravedad, desde un principio tan simple han evolucionado, y están evolucionando, un sinfín de formas hermosas y maravillosas». En eso consiste la evolución por selección natural.

El tono de «El origen de las especies» tiende a ser divulgativo y está cargado de metáforas que hoy incomodan a muchos científicos. Las lecturas de Milton que acompañaron muchas de sus horas en el «Beagle» se dejan sentir en su prosa, pero en forma de lastre. «Darwin luchaba con su vocabulario. El lenguaje que tenía que manejar era el de Milton y Shakespeare, empapado de teología y finalismo, y no la terminología objetiva y sin prejuicios que busca la ciencia», apunta Janet Browne.

La escritura material le supuso «trece meses y diez días de duro esfuerzo». El empeño tuvo un detonante: el ensayo de Alfred Russell Wallace en el que ya exponía una explicación tan coincidente con la suya como para que en el futuro pudieran darse reclamaciones de paternidad sobre la teoría de la evolución por selección natural. La generosidad de Wallace y la honradez intelectual de Darwin solventaron lo que podría haberse convertido en una cruda disputa entre naturalistas. Darwin reconoce que el escrito de Wallace imprimió a su tarea la urgencia necesaria para condensar en un libro «de tamaño moderado» lo que a su ritmo ordinario de escritura hubiera sido una obra «cuatro o cinco veces más extensa». Circunstancia esta que favoreció el éxito de «El origen de la especies» porque, admite, con mayor número de páginas «muy pocos habrían tenido la paciencia de leerlo». En definitiva, Darwin considera que «mi retraso en publicarlo desde alrededor de 1839, cuando concebí la teoría con claridad, hasta 1859, me aportó un gran beneficio y no me supuso ninguna pérdida, pues me preocupaba muy poco que la gente atribuyera mayor originalidad a mí o a Wallace». El reconocimiento público es algo ajeno al estilo de vida de Darwin, alejado de los foros sociales y que trabaja en una soledad impensable en el mundo de la ciencia de hoy. «No quiero decir que una crítica favorable o una buena venta de mis libros no me agradara considerablemente; pero ese placer era fugaz, y estoy seguro de que nunca me desvié ni una pulgada de mi rumbo movido por la idea de hacerme famoso». Esa humildad no impidió que a su muerte, en 1882, «The Times» lo reconociera como «el inglés más grande desde Newton».

2 A. M.

En 1876 «El origen de la especies» de Darwin ya iba en Inglaterra por los 16.000 ejemplares vendidos, «una cifra considerable, si se tiene en cuenta que es un libro difícil», según consideración del propio autor. Además, estaba traducido a todas las lenguas europeas, aunque para leerlo en español hubo que esperar dieciocho años desde su primera edición, hasta 1877.

Una década después de su traducción al castellano, Genaro Alas, militar, ingeniero y periodista, hermano de Clarín, se esforzaba por introducir la obra en la sociedad asturiana de la época. Alas, lector convencido y apasionado de Darwin, pronunció entre febrero y marzo de 1887 tres conferencias sobre el darwinismo que «fueron verdaderos acontecimientos en el panorama intelectual de la Asturias de su tiempo», en palabras de Andrés Osoro, autor de su biografía, publicada por KRK.

En España los tiempos eran duros para los propagandistas de la teoría de la evolución, y las conferencias de Genaro Alas a punto estuvieron de derivar en un duelo con uno de sus críticos.

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