Carmen Gutiérrez, Rosario Piñeiro y María Castro desgranan recuerdos y amasan planes. Lo hacen en compañía de la directora de la Escuela de Magisterio, Gloria López Téllez, y recorren en apenas un par de horas un trayecto en el tiempo que se inicia en 1844 y finaliza en la actualidad: de las aulas bajo el hórreo a la pizarra digital. Y en la máquina del tiempo nos introducimos para encontrar...
Escolares con madreñas, la Escuela Normal Superior en la ovetense calle de Salsipuedes, las pizarras «de manteca» más blandas que las habituales en las escuelas probes, los tinteros de cuero, el famoso Seminario Central de Maestros, fundado en 1839 en Madrid, del que saldrían los primeros profesores para enseñar a los que iban a enseñar, la Escuela Normal Femenina que se inaugura en Oviedo en 1864, el «Avendaño», el «Alcántara» y el «Montesinos», libros de texto de leyenda; el «Corazón» de Amicis y la asombrosa promoción de maestras del curso 1908-09, más de cincuenta jóvenes que eligieron los únicos estudios para los que las mujeres no necesitaban permiso familiar. Todo ello se conserva en diversos archivos, sobre todo el de la Escuela de Magisterio, al que, por milagro, no afectaron ni los sucesos de 1934 ni los de la Guerra Civil.
CARMEN GUTIÉRREZ: Tendría unos 7 años, en la escuela de Tox, un pueblo de Navia cerca de Puerto de Vega. Allí era maestra una tía mía. Era una clase mixta, con unos 50 alumnos. Mi tía se las había arreglado para que, salvo puertas y ventanas, todas las paredes fueran encerado. Y nos dividía en grupos. Aprendí mucho y viví de rentas algún tiempo.
ROSARIO PIÑEIRO: Era muy pequeña. Mi madre me vestía con una capa que me quedaba tan grande que arrastraba. Así que cuando llovía, no le quedaba otro remedio que llevarme en brazos, para que no se mojara. Yo fui muy trasto, tenía tirabuzones y acababan por sistema en el tintero. Y tuve en la familia una maestra excepcional, mi tía Carmiña.
MARÍA CASTRO: Comencé en parvulitos en el Colegio Santo Ángel, en Avilés. Recuerdo que en los recreos salíamos a un prao a jugar. Me encantaba que me pusieran un papel en el caballete que teníamos en clase y me dejaran dibujar con pinceles. Los viernes nos mandaban llevar el mandilón para casa, a lavar, y el mío iba siempre hecho una mierda, la verdad...
ROSARIO: Yo fui de los tiempos del Catón. Primero, las letras; segundo, las sílabas, y por último, las palabras. Y la primera frase era: «Mi mamá me mima».
MARÍA: También me recuerdo leyendo y escribiendo esa frase. Duró en el tiempo.
CARMEN: En mi caso fue tardía, cuando estudiaba el Preu. No me equivoqué.
ROSARIO: Una vez hice una encuesta entre los alumnos: «¿Por qué elegiste esta profesión?» Muchos decían que por vocación, pero cuando indagabas un poco más en la respuesta veías que había muchos otros motivos: carrera corta, posibilidades de trabajo, economía familiar? Yo quería dar clases, siempre lo tuve claro.
MARÍA: No empecé en esto por vocación. Primero hice Filología Inglesa, después me pasé seis años en Inglaterra y fue allí donde empecé a dar clases de Primaria. Regresé a España e hice Magisterio.
CARMEN: Fue en 1965, en un pueblo de Tineo que se llamaba Barredos. La escuela era como dos cuartos oscuros y se me cayó el alma a los pies. En el pueblo acababan de abrir la pista, pero el último tramo hasta el pueblo había que hacerlo a pie. Anduve buscando un lugar para quedarme, hasta que encontré a una mujer muy salada, madre de una de las alumnas, que me dijo: «Yo la tengo». Y con aquella familia me quedé.
ROSARIO: Fue en Madrid, en el Instituto Ramiro de Maeztu, con niños de primer curso de Bachillerato. Entré en clase, vi a 40 niños allí delante y confieso que sentí más miedo que en el peor de los exámenes. Allí, a la derecha, había un niño gordito que me miraba de una forma que yo pensé: éste me pega. En aquel instituto ordenaban las clases por capacidad intelectual de los alumnos? y a mí me tocó la clase E. Fue horrible. Les enseñaba un mapa y les decía: «Mirad, lo que veis de azul es mar, y todo lo demás es tierra». Pues ni así.
MARÍA: Empecé en Londres haciendo sustituciones. Aquello era duro. Había que levantarse a las siete y estar lista al lado del teléfono por si te llamaban. Cuando lo hacían, te señalaban un colegio y las líneas de Metro y bus que había que tomar. Sentía pánico porque yo no iba a enseñar español, sino a ejercer como una profesora más. Pero fue muy buena experiencia. Aprendí una forma práctica de enseñar, algo que comienza a hacerse en España. Por ejemplo, aprender a hablar en público.