MARCOS PALICIO
Unos pocos pasos más atrás había hoteles, restaurantes, un bazar, una tienda de souvenirs, una confitería y dos bancos, pero aquí Vicente y Manuel Tolosa, queseros de Arenas, enseñan a través de la puerta entreabierta de su casa una ternera colgada del techo, todavía sin despiezar, y en el suelo el empedrado resiste a la invasión del asfalto. La batidora que revuelve y fermenta esos dos mundos es Arenas de Cabrales, un lugar donde el continente deja a la vista el contenido. Paseando por su traza semiurbana, el presente moderno de la infraestructura turística cruza sin avisar hacia la tradición agraria de la ganadería de montaña y el queso artesanal. Y si se mezclan con cuidado esos dos ingredientes, según la receta que dará luego algún vecino, se habrá encontrado la fórmula en la que el queso alimenta al turismo, y viceversa, para terminar cuajando el sustento de un pueblo «razonablemente bien surtido» de servicios y progreso.
Todo eso dicen que venden aquí, en esta villa de un valle que cruzan tres ríos, que amurallan el Cuera y los Picos y que se siente, sin despreciar, «locomotora» comercial y económica de Cabrales. La localidad más poblada del municipio, 830 habitantes donde había 780 en 2005, presume también de la más dinámica y opone su desarrollo demográfico al leve descenso que ha sufrido la cifra total del concejo en la primera década del milenio. Esta cabeza tractora arrastra a la población del entorno rural cabraliego atrayéndola con el clima, menos agresivo aquí que en las alturas, y con la oferta de servicios que se asocia a esa doble fuente de riqueza, al vigor turístico de los veranos junto a la pujanza agroalimentaria que sirve como aditamento a tiempo completo.
Tres ríos y muchos picos