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El Rey que fumaba demasiado

Salvo que el paso por quirófano haya alterado sus convicciones, abdicar no figura en los planes del Jefe del Estado: se mira en los espejos de Isabel II de Inglaterra y su amiga Margarita de Dinamarca

 12:06  
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MATÍAS VALLÉS La Reina se encontraba el viernes en Barcelona, donde se había comprometido a inaugurar una reunión sobre microcréditos que fue clausurada por el ministro José Corbacho. Su semblante no traslucía una preocupación especial. Departió con los asistentes; amplió su agenda para quedarse a la comida. Sofía de Grecia se mostró distendida y bromeó con los congresistas. Reservó para los más íntimos la confidencia de que su marido iba a ser intervenido quirúrgicamente en esa ciudad al día siguiente. Desde el fatalismo que desglosa en su autobiografía firmada por José Luis de Vilallonga, el Rey comparte el distanciamiento de su esposa ante los riesgos para la vida, ya sean causados por la enfermedad o por un atentado.

La Casa Real inaugura su etapa de transparencia infundiendo naturalidad al estado de salud del miembro clave de la Familia Real. Sin embargo, España está todavía lejos de la publicación de la colonoscopia de Reagan, con una anotación detallada de la ubicación de sus pólipos. Al margen de la relevancia que adquiere la operación en Barcelona -la descentralización de la medicina de alto nivel-, las explicaciones a cargo del jefe del equipo contrastan con la discreción en otras afecciones regias.

Una vez efectuados los primeros análisis, el nódulo benigno no está ligado al tabaquismo, pero la pasión del Rey por la nicotina -así como su historial médico- hizo sonar las alarmas. El Jefe del Estado había abandonado los cigarrillos por los puros, que fumaba a razón de dos o tres diarios. Durante su juventud, antes y después de su matrimonio, contaba por paquetes su consumo diario de productos de la marca Chesterfield. Con posterioridad pasó a Winston.

En los años del oscurantismo sobre la salud regia, Juan Carlos de Borbón aprovechaba sus vacaciones en Mallorca para someterse a chequeos periódicos en la Policlínica Miramar. El Rey había afrontado y superado una patología urogenital que obligó a una solución quirúrgica. Por contraste con la intervención de ayer en el Clínic barcelonés -pormenorizada ante la prensa-, aquellas revisiones adquirían carácter de secreto de Estado, y no se desveló si el repaso a la salud se complementaba con la utilización de alguna técnica de vanguardia.

El anfitrión del Monarca en sus chequeos en Palma era el doctor Miquel Dalmau, fallecido hace una semana tras despeñarse por un acantilado el vehículo que conducía. El médico y amigo del Rey, además de antiguo presidente del Real Mallorca, sufría una depresión ligada a las disputas legales en que se hallaba envuelto. La pasión de Juan Carlos de Borbón por la velocidad en todas sus facetas conllevó alguna lesión traumatológica adicional; la irritación de su piel al afeitarse le obligó a llevar barba.

Al margen del pacto tácito sobre la Monarquía, que la ha situado extramuros de las polémicas y el análisis político, el estado de salud del Monarca se consideraba protegido por un derecho a la intimidad más consensuado. Los ejemplos de Reagan y de Juan Pablo II -porque Mitterrand mantuvo su cáncer de próstata oculto a los franceses- modificaron esa percepción. El golpe definitivo fue una serie de televisión, «El ala oeste de la Casa Blanca», donde se detalla la vinculación entre la salud del jefe del Estado y el desempeño de sus funciones.

La intimación de mortalidad, aneja a todo proceso quirúrgico, se traduce en términos sucesorios en el caso de un Rey. Salvo que el paso por el quirófano haya alterado la convicción del Jefe del Estado, sus círculos próximos sostienen que la abdicación no figuraba entre sus planes inmediatos. Las maledicencias no achacan la decisión a una voluntad de eternizarse en el Trono, sino al seísmo que supuso la llegada de Letizia Ortiz a la Familia Real. Sin embargo, los mensajes emitidos últimamente por los Príncipes de Asturias orientan hacia un tránsito que se adelantaría a la desaparición física del predecesor.

A sus 42 años, Felipe de Borbón tiene cinco más que su padre cuando accedió al Trono. Sin embargo, los espejos en que se mira el Rey son Isabel II de Inglaterra -el príncipe Carlos tiene 61 años- y en especial su gran amiga Margarita II de Dinamarca. Al cumplir los 70 años, la reina danesa ha anunciado que no piensa abdicar ni dejar de fumar.

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