23 de mayo de 2010
23.05.2010

La Sábana Santa: la huella de la resurrección de Jesús o la obra de un genio medieval

Sindonólogos y escépticos pugnan por demostrar la autenticidad o falsificación del lienzo turinés cuando se cierra la ostensión de la reliquia, con un millón de visitantes

23.05.2010 | 14:10

¿Fue una radiación inexplicable o el calentamiento de un bajorrelieve medieval el que causó la imagen de la Sábana Santa de Turín, la más célebre de las reliquias católicas? Sindonólogos (de «síndone», sábana) y escépticos pugnan por explicar el origen del lienzo que pudo haber sido la mortaja de Jesucristo tras su crucifixión, y cuya historia documentada se inicia en 1357, al ser expuesta por la viuda del caballero Geoffroy de Charny en una iglesia de Lirey, Francia. Esta viuda permutó la sábana en 1453 por un castillo en Varambon, Francia, y el propietario pasó a ser Luis de Saboya. La Casa de Saboya fijó su emplazamiento en Turín en 1578 y en 1983 la cedió al Vaticano.


Existen miles de reliquias en los templos católicos de todo el mundo, y varias de ellas son de tipo textil (como sucede con el Sudario de la catedral de Oviedo), pero ninguno de esos vestigios ha recibido tanta atención cono la «Síndone» de Turín, que incluso ha recibido la visita de los dos últimos papas: la de Juan Pablo II, en 1998, y la de Benedicto XVI, a comienzos de mayo de este año, con motivo de la ostensión de la tela. Esta exposición al público, que finaliza hoy, domingo, ha atraído alrededor de un millón de fieles a la catedral de Turín.


Precisamente la visita de Benedicto XVI a Turín, y su meditación ante la Sábana Santa, han dado nuevos bríos a los sindonólogos, al mismo tiempo que los escépticos se han esmerado en demostrar que existen procedimientos -disponibles ya en los siglos XIII o XIV- con los que fabricar una tela igual. Sin embargo, el Vaticano nunca se ha pronunciado sobre la autenticidad de la Sábana, y sólo destaca el valor devocional de la reliquia por encima de su origen histórico. Lo hizo por primera vez cuando el cardenal Anastasio Ballestrero, arzobispo de Turín y custodio pontificio de la Sábana Santa, recibió el 28 de septiembre de 1988 el dictamen de tres laboratorios (de las universidades de Oxford y Arizona, y del Centro Politécnico de Zúrich, coordinados por el British Museum) en el que se aseguraba que el lino con el que se confeccionó la «Síndone» había crecido entre el año 1260 y el 1390.


Al recibir el informe, el cardenal Ballestrero convocó una rueda de prensa y difundió una nota en la que relataba los resultados de «la datación realizada con el carbono-14», pero «al dejar a la ciencia la valoración de los resultados, la Iglesia afirma su respeto y su veneración por este venerable icono de Cristo, que sigue siendo objeto del culto de los fieles». Es decir, la Iglesia recibía la datación, pero advertía ya de que «el valor de la imagen es preeminente respecto al eventual valor de carácter histórico». La prueba del carbono-14 cayó como un mazazo sobre los sindonólogos, los cuales, sin embargo, paulatinamente comenzaron a reaccionar con impugnaciones de los resultados. A lo largo de sucesivos congresos sobre la Sábana Santa los defensores de su autenticidad desarrollaron explicaciones contra la datación. Una de ellas, comunicada en el congreso sindonológico de Dallas (2005), fue formulada por Alan y Mary Whanger, quienes sostuvieron que el tejido utilizado por los tres laboratorios procedía de un arreglo medieval, de una pieza de lino añadida a la Sábana Santa. Tal tesis despertó críticas incluso entre los sindonólogos. «La hipótesis del arreglo medieval tiene que ser abandonada», sentencia Pierluigi Baima Bollone en su libro «El misterio de Sábana Santa», recién reeditado en castellano.


Otra explicación contraria a la datación del carbono-14 -difundida en 1989 en España por el sindonólogo Santiago Ardanaz- aseguraba que «la contaminación que ha sufrido el lienzo de Turín a lo largo de los siglos por diferentes fuentes radioactivas convierte en inseguros y sin valor científico los resultados del análisis del carbono-14». Según este enfoque, la Sábana «se recargó de carbono-14 por influjos contaminantes como los humos de las velas, los hongos, los restos de insectos, la carbonización por combustión, el sudor, el agua, etcétera» (en 1532 la «Síndone» fue dañada por un incendio y una gota de plata fundida del relicario que la guardaba causó las características huellas triangulares).


Pero los escépticos se revolvieron contra esta explicación, porque los tres laboratorios habían procedido a una limpieza exhaustiva de las muestras de la Sábana antes de realizar la datación. De ser cierto que el carbono-14 falló por causa de la suciedad, habría sido «el peor lavado del mundo», replica Félix Ares de Blas -director del Museo de la Ciencia de San Sebastián y presidente de la Sociedad para el Avance del Pensamiento Científico- en su libro «La Sábana Santa, ¡vaya timo!». La masa de la suciedad tendría que haber sido «2,7 veces la masa del lino» para que la datación hubiera errado en 1.300 años, calcula Ares.


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En consecuencia, los sindonólogos han recurrido a otros intentos para probar que el origen del lienzo de Turín se halla en el mismo instante de la resurrección de Jesucristo. El citado Pierluigi Baima alude a «investigadores estadounidenses» que postulan cómo «un rayo instantáneo, que duró una millonésima de segundo, y con una temperatura de unos millones de grados, cayó en el momento de la resurrección». Ya en 1977 el fisico-químico Ray Rogers sostuvo que «la imagen fue creada por una ráfaga de luz radiante, como la que pudo haber producido Cristo en el momento de la resurrección».


Y tan sólo hace unas semanas científicos de la Agencia Nacional para las Nuevas Tecnologías, la Energía y el Desarrollo de Italia (ENEA) comunicaron que habían realizado un estudio de cuatro años cuyo objetivo era descubrir lo que produjo la imagen de la Sábana Santa. «De momento, no ha sido posible reproducirla con ninguna técnica de contacto», indicó el profesor Di Lazzaro, quien agregó que su equipo logró «colorear un tejido de lino con el mismo sutil espesor con que fue coloreada la Sábana Santa», mediante «impulsos de luz ultravioleta extremadamente breves, pero muy intensos, emitidos con un láser especial». Pero harían falta «14.000 láseres para reproducir la Sábana entera y ello es hoy imposible», agregó Di Lazzaro.


La imposibilidad de reproducir la Sábana Santa en el presente es el principal argumento de los sindonólogos, que, no obstante, siguen buscado evidencias de su autenticidad. Baima expone en su libro que «la Biblioteca Nacional de Budapest posee el Códice Pray», fechado entre 1192 y 1195, y en el que se plasman escenas del embalsamamiento de Jesús. En este códice figura una sábana con «la misma trama y urdimbre del lienzo de Turín» y con quemaduras en forma de «L» como las que la «Síndone» tenía antes del incendio de 1532. Por tanto, si un códice del siglo XII contiene la Sábana Santa, no puede ser datada en los siglos XIII y XIV, concluye Baima.


Sin embargo, los escépticos han orientado sus pasos hacia la reproducción de la Sábana. La premisa de la que parten es que existen algunos puntos en los que sindonólogos y escépticos coinciden. Por ejemplo, según recoge Félix Ares, «la figura del lienzo es antropomorfa, dotada de un alto grado de naturalismo y sin distorsiones geométricas demasiado aparentes». Es decir, que si la Sábana hubiera estado pegada a un cuerpo humano la imagen resultante seguiría las curvas corporales y al extenderla daría una imagen deformada.


Otra característica del lienzo, agrega Ares, es que la Sábana «tiene una gran dispersión tonal entre las zonas más oscuras y las más claras; ello está relacionado con la distancia de la tela al cuerpo: oscura en la nariz, cabellos, arco cicognático, boca, bigote y barbilla, y débil debajo de los ojos o a los lados de la nariz». Esa relación tono-distancia se traduce en las representaciones tridimensionales de la cabeza de Jesús que se han realizado a partir de la Sábana de Turín.


Por tanto, para obtener una imagen semejante se podrían utilizar diversas técnicas que no fueran desconocidas en el medievo. Por ejemplo, el tostado de una tela mediante su aproximación a un bajorrelieve de bronce calentada a unos 230 grados centígrados, según los experimentos de Vittorio Pesce.


O también el frotado, técnica semejante a la de colocar un papel sobe una moneda para obtener una imagen mediante los trazos de un lápiz. Este procedimiento fue utilizado en 2009 por Luigi Garlaschelli, que tomó un bajorrelieve sobre el que apoyó una tela. A continuación, la frotó con una borla impregnada en polvo de color ocre. No obstante, su resultado fue deplorado por los sindonólogos.


De la Sábana Santa, convertida en uno de los objetos más estudiados del mundo, dijo Juan Pablo II en 1998 que era «un reto a la inteligencia». Y Benedicto XVI, en su reciente visita a la catedral de Turín, meditó acerca de que «es una tela de sepulcro, que ha envuelto el cuerpo de un hombre crucificado, y que corresponde en todo a lo que nos dicen los Evangelios sobre Jesús».


Sin embargo, el Pontífice teólogo Benedicto XVI no habló del posible misterio de la Sábana Santa, sino del «misterio del Sábado Santo». No de la hipotética huella de la resurrección de Jesucristo, sino de la resurrección misma.

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