MARCOS PALICIO
En el silencio, o más bien contra él, Jesús hace miel en Alles y Álvaro atiende un hotel rural en San Juan de Beleño. Con el ruido a su favor, Beatriz vende camisetas y cachivaches en Cangas de Onís y Manolo alquila canoas para bajar el Sella desde Arriondas. Aunque sus armas se vean diferentes, todos libran en el mismo bando la misma batalla por la supervivencia de un modo peculiar de ocupar el territorio en distintas etapas del camino, que va de lo rural a lo urbano. Su apuesta por pegarse al terreno para tratar de sacarle provecho admite muchos matices y una amplia escala de grises entre lo muy agrario y lo más próximo a una pequeña ciudad en ciernes, pero ha hecho alguna fortuna en el oriente asturiano a lo largo de este arranque del siglo XXI. Más a trompicones en unos sitios que en otros, con preocupantes villas durmientes al lado de imitables modelos tranquilizadores. Eso es al menos lo que dicen los números de la población, con su frialdad a veces mentirosa, pero también lo que confirma un vuelo rasante sobre el terreno. En la Asturias de la sangría demográfica, la extensa y diversa comarca oriental ha encontrado algunos ejemplos de villas-bisagra que, a su modo, van tapando la hemorragia, que se rebelan contra la propensión de la región hacia el declive y cuentan hoy más habitantes que hace diez años.
Esa contradicción de la tendencia se ha dado en la última década en Colombres y en Llanes, en Nueva y en Posada, en Arenas de Cabrales, Cangas de Onís y Arriondas, y en los ambientes próximos a lo urbano, con mucha más intensidad que en los más castigados por el éxodo rural. El poder de atracción que aquellos mantienen sobre el entorno agrario de sus concejos y los limítrofes los ha hecho más fuertes, pero incluso en este paisaje menos desolado sigue habiendo bosques de persianas bajadas, hoteles desiertos fuera de temporada y mucha tarea por delante para tratar de llenarlos. Y demasiado silencio en las viejas polas apagadas, éstas que han crecido apegadas a aquella tradición agroganadera en franco declive y en las que ahora se hace clamor la solicitud de alternativas.
Por detrás de las cifras se oyen personas pidiendo ideas. Sin apenas distinciones, por todos lados hacen falta iniciativas motrices que sean capaces de remolcar núcleos de población y menos aisladas que las que hoy descubre el primer vistazo. Se diría que el campo mira a su alrededor y busca respuestas «observando lo que tenemos en casa» y rastreando el mejor modo de exprimirlo para que sea rentable, condición ésta insoslayable en el ideario que Jesús Antonio Noriega repasa desde el Aula de la Miel de Alles, el negocio que escogió para volver a quedarse en su pueblo. Él vio una oportunidad en las abejas de este valle alto de Peñamellera que quiere recuperar el valor de sus quesos o moverse al ritmo de una pequeña industria agroalimentaria, pero que para acompañar a las ideas va a necesitar brazos y todavía tiene muy pocos. Firmaría lo mismo Sames, ese otro sitio con un solo bar y más camas en casas de aldea que habitantes en todas las del pueblo. Son lugares que no están de paso en el camino hacia ninguna parte y que necesitan hacerse ver. Le sucede a San Juan de Beleño, que clama por el uso del parque natural de Ponga para garantizar su promoción turística, o a Benia de Onís, que de pronto cabe entera en un gran hotel de cuatro estrellas recién instalado en el centro del pueblo.
El turismo rural, todavía la puerta más accesible hacia la salida del declive agrario, demanda además el mismo giro hacia la profesionalización que se echa en falta en una ganadería decaída por acomodada, enviada lentamente a su propio despeñadero en ese instante en el que empezó a ser posible vivir de las subvenciones. Fue ahí cuando Ramón Álvarez, empresario turístico en Benia, comenzó con el resto del campo asturiano a percibir y lamentar «que en vez de primar la casería típica asturiana se haya optado por hacer prevalecer la cantidad de ganado» y se haya terminado a veces pagando «por no producir». En ese terreno pantanoso, las alternativas adoptan la forma aún confusa de algunas ideas que hagan el campo económicamente provechoso, que cambien la aventura romántica del retorno al pueblo por la construcción de un tejido de actividad que, también en el medio rural, dé con la tecla de la calidad de vida sin letras de banco amenazando todos los finales de mes.
Las alternativas son ahí las abejas de Alles, las manzanas poco cultivadas alrededor de Carreña, galletas hechas con suero de queso de los Beyos en Amieva y Ponga, un polígono ganadero en Arenas de Cabrales y todo lo que pueda seguir esas estelas de aprovechamiento máximo de los recursos propios, casi siempre con la pequeña industria de transformación agroalimentaria enviada hacia el primer término. Y el turismo, sí, el turismo también, pero en su interior el mismo espíritu innovador que anima el resto del programa de futuro con el propósito de sacarlo de su confinamiento en la temporada alta. El Oriente no es la mitad de Asturias, pero sí tiene prácticamente el cincuenta por ciento de los establecimientos de alojamiento turístico de la región, casi 1.600 de los aproximadamente 3.100 que componen el total. Su potencialidad es la opción universal que canaliza el denominador común en las propuestas para mejorar el porvenir de las «polas» del Oriente, de las rurales a las más urbanas.
En medio de toda esa oferta, la dificultad se encamina hacia la diferenciación de las particularidades atractivas de cada villa y una solución posible se llama «promoción turística conjunta». Aquí el beneficio de uno gana para todos, asegura Luis Pablo González, hotelero riosellano, mientras en Llanes, Aníbal Purón, presidente de los constructores llaniscos, anima a «aparcar la óptica localista para convertirnos de verdad en el oriente de Asturias». El enemigo, en todo caso, siguen siendo las persianas bajadas de los inviernos aletargados. Se ven en Colombres, en Nueva y Lastres, Ribadesella y Llanes, pero tal vez más en las menos pobladas. El modelo de la pequeña «pola» urbana del Oriente ha crecido mucho al ritmo de la segunda residencia y eso da vida sólo a tiempo parcial, da forma al desafío de llenarse siempre y de buscar alternativas, otra vez, para desestacionalizar. Aquí el puerto de Llanes, allí un remonte al pico Paisano desde Panes, el centro de interpretación del quebrantahuesos en Benia de Onís, el museo de Sidrón en Villamayor, el de Tito Bustillo en Ribadesella... Y el turismo de naturaleza en todos los rincones de esta comarca compuesta, en realidad, alrededor de los Picos de Europa. En cada sitio, decenas de iniciativas por explotar o en vías de progreso para ponerse en el mapa. Siempre, eso sí, sin dejar de buscar nuevas posibilidades de desarrollo a salvo de los peligros del monocultivo turístico, como las solicitudes de incremento del suelo industrial que se oyen de Ribadesella a Colunga y acompañan casi todo el recorrido por las villas del Oriente.
Estas localidades pueden ofrecer, desde una accesibilidad creciente, su oferta de vivienda como primera residencia para el conjunto de la región y pueden lanzar sus redes sobre el ámbito metropolitano asturiano y sobre la red urbana española, como ya está sucediendo en las de mayor atractivo. En cualquier caso, en muchas de ellas, especialmente en las de menor tamaño, ya se da una peculiar manera de vivir Asturias, de la mano de los hijos de la localidad que alternan en ellas su residencia habitual.
Unas villas que, salvo las de mayor tamaño, cuentan con una población poco dinámica, con muy escasos nacimientos y con una presencia porcentual creciente de la población mayor. Es un problema de alcance regional y debería ser objeto preferente de atención en las políticas sociales. Probablemente éste es el problema social principal al que nos enfrentamos, ya que sus consecuencias a medio plazo sobre la población laboral, el empleo y los servicios asistenciales van a suponer un reto muy complejo de resolver.
Las villas son elementos vivos del poblamiento y del sistema territorial asturiano y deben seguir siéndolo, porque de ellas depende también la supervivencia de buena parte de los varios miles de pequeñas aldeas en los que se reparte la población asturiana. Que no están condenados desaparecer, ni sería bueno para el país, y que pueden encontrar su papel en la nueva organización territorial, si logran sobrevivir al proceso de envejecimiento actual
Vimos, sorprendidos, casos inexplicables de declive de núcleos que disponen de recursos suficientes para su estabilidad y que parecen encontrar dificultades para sacudirse la inercia de demasiadas décadas. Es el caso de Lastres, Colunga, Prado, Panes, Alles.
Vimos con preocupación cómo la marginalidad territorial respecto al sistema de comunicaciones, que en la comarca hasta ahora fueron las carreteras, suele conducir a tendencias negativas, fenómeno muy apreciable en el surco interior, valle del Piloña y colector Benia-Panes. Hay que innovar y encontrar soluciones sensibles para evitar los efectos de fondos de saco y avivar los procesos de comunicación y vertebración territorial y que sus beneficios lleguen al conjunto de la población, que en Sames o en San Juan de Beleño tienen la ocasión de recrear una villa de montaña, jugando con el refinado paisaje y no con la soledad.
Nos encontramos, en definitiva, con villas consolidadas, las mayores en rápido crecimiento y algunas disfrutando de una envidiable calidad de vida; otras estancadas, aletargadas; otras en retroceso, dormidas. Una amplia gama de situaciones que no siempre responden a condicionantes objetivos. La iniciativa y la capacidad de organización local, el aire de la villa, el desarrollo de las capacidades de las poblaciones, las atmósferas proclives al emprendimiento, la atracción de población dinámica, con nuevas ideas y proyectos son elementos que van a jugar un papel fundamental en la evolución de unas villas que creen hoy más en sus posibilidades y recursos para el desarrollo que hace veinte años.
Está el Oriente más cerca que nunca, pero quedan asignaturas. Está el retraso del tramo Unquera-Llanes de la Autovía del Cantábrico, pero también la mejora de la N-625, de Arriondas hacia León por el Pontón, la de Infiesto a Caso o el proyecto durmiente del túnel del Fito para conectar el oriente interior con la costa.
En la tarea de hacerse visible y atractivo para el visitante brotan las oportunidades de equipamientos culturales pendientes de desarrollo, del Museo del Sidrón al de Tito Bustillo y de las ruinas románicas de Plecín, en Alles, al aula de interpretación de La Covaciella, en Carreña.
La del suelo industrial es una demanda casi común al llegar a la diversificación de actividades en las «polas» del Oriente, ya sea con nuevos espacios o con la extensión de los actuales.
Ponga pide más ayuda de su parque natural y todo el Oriente propone sacar rendimiento turístico a sus recursos naturales: los Picos, el Cuera, el Sueve...
Necesita remiendos con forma de ideas revitalizantes que en casi todos los casos piden una nueva mirada sobre los recursos agrarios tradicionales.