Aquí no prescribe la historia

La capital coañesa, rica en restos de pasado prerromano, define un modelo rural que pierde población, pide al futuro iniciativa y atención y se resiente de la proximidad de la gran industria

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los orígenes. Por la izquierda, Sergio Suárez, José Manuel Acevedo, Luis García Iglesias, Eduardo Blanco y Avelino Alonso, en Coaña, con el castro al fondo. / nacho orejas
los orígenes. Por la izquierda, Sergio Suárez, José Manuel Acevedo, Luis García Iglesias, Eduardo Blanco y Avelino Alonso, en Coaña, con el castro al fondo. / nacho orejas 
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MARCOS PALICIO COAÑA Una recia casa de piedra y un gran invernadero verde resaltan a los lados de la carretera que va a dar a Llosoiro y enhebra el poblamiento disperso de la capital de Coaña. El caserón es la antigua rectoral de la villa, rescatada de la ruina y reconvertida en alojamiento turístico; el toldo resguarda el secadero de una plantación de fabes con diez toneladas de producción en un año malo. En Coaña, esas dos siluetas que destacan por la forma también definen el fondo. Se distinguen sin dificultad en la traza estirada del pueblo y sirven además, por la generación a la que pertenecen los promotores de los negocios, para retratar en parte la esencia de este lugar donde no hay muchos más de dos empresarios jóvenes en posición de combate contra el despoblamiento. Ni aparecen hoy, lamentará pronto algún coañés desencantado, ni se abona la tierra para que germinen mañana. El anclaje, de momento, lo sujetan Avelino Alonso, resistiendo tras la barra de su hospedaje con restaurante, Sergio Suárez, atado a la agricultura ecológica, y como mucho otro puñado pequeño de grandes ganaderos y emprendedores aislados. Pocos. Ellos son ejemplos distintos de la misma rebelión solitaria contra el destino indolente del campo asturiano, la confirmación por dos fuentes de que aquí el futuro va a seguir siendo patrimonio exclusivo del arrojo de unos cuantos audaces autodidactas. «Si se mete otro en esto viviría», afirma Suárez, envasador además de productor de faba, «pero no se va a dar el caso».

El caserón, el invernadero, el Ayuntamiento y alguna gran ganadería retocan la monotonía de este paisaje rural esparcido por la cresta de una loma, elevado entre las vegas de los ríos Sarriou y Meiro y ahora casi vacío bajo la lluvia de la borrasca invernal. Por detrás de la villa, mirándola desde lejos, se verá subir el humo de la papelera de Navia para delatar la proximidad de la gran industria del municipio vecino. Está tan cerca que extiende su capacidad de atracción a esta capital de concejo muy rural que ha pasado en esta década por debajo de los doscientos habitantes y que también se resiente de la otra cercanía muy atractiva, Jarrio. Ahí, a la Autovía del Cantábrico se han asociado 230.000 metros cuadrados de polígono industrial, con 150 parcelas y aproximadamente trescientos empleos directos, y a su lado el Hospital del Occidente con algunos puestos más y una pequeña zona residencial. Es la materialización del desplazamiento hacia la carretera de los servicios básicos del municipio y en algún caso de la comarca, también de los colegios, el matadero, el tanatorio y hasta la ITV. Para la capital quedan el Ayuntamiento, este entorno campesino que Coaña no ha abandonado nunca y, eso sí, inamovibles, varios trozos de historia antigua que asaltan al primer vistazo.

El asidero de este pueblo a la antigüedad se abre paso junto a Casa Cuete, donde resiste una estela discoidea, un bloque pétreo circular de origen incierto, al parecer vinculado al culto astral prerromano y cristianizado en torno al siglo V con el nombre de Piedra de Nuestra Señora. Mirando hacia la izquierda tras dejar atrás la estela, en la falda de una colina frente a la capital del concejo siguen a la vista los restos circulares de las fortificaciones del viejo castro de Coaña, el mejor conservado y más célebre de los asentamientos prerromanos en Asturias, con cerca de 30.000 visitantes anuales en los cálculos aproximados del alcalde, el popular Salvador Méndez, y un estado de deterioro, denuncia, que ya lleva tiempo pidiendo auxilio. «Está un poco abandonado», confirmará José Manuel Acevedo, un coañés que guarda en su garaje otra muestra de la inclinación de este sitio hacia el pasado, una colección de aproximadamente un centenar de piezas entre máquinas de escribir, gramolas, instrumentos musicales y teléfonos antiguos perfectamente etiquetados. «En Coaña había muchas ganaderías», rememora. Ahora quedan algunas menos mucho mayores, sólo hay que levantar la vista. Una gran explotación domina la perspectiva del pueblo al alejarse a mirarlo desde el Norte, en un recodo de la carretera que lleva a Jarrio, a la vieja N-634 y a la nueva A-8. Este fenómeno universal del agro asturiano, cada vez más cabezas en menos manos, repercute de modo evidente sobre el paisaje de este concejo que todavía conserva también a la vista huellas notables de su extensa tradición agropecuaria. Contemplado en conjunto, el municipio ha perdido más de doscientos habitantes en lo que va de siglo -la última cifra total está levemente por debajo de 3.500- a pesar del estirón de Jarrio y la expansión urbana El Espín, el núcleo que crece adosado a la margen coañesa del estuario del río Navia y al calor de la progresión de la villa naviega. En Coaña, la capital es la quinta localidad más poblada del concejo, por detrás de esas dos y de Ortiguera y Cartavio.

Las nuevas vías de comunicación han desgajado el centro de servicios del municipio y lo han alejado de este pueblo que todavía ejerce la capitalidad y aloja el edificio consistorial, reedificado en 1979 para darle el aspecto actual, torre cilíndrica, fachada granate y tejado de pizarra. «Hace un tiempo intentamos hacer viviendas sociales aquí», rememora Salvador Méndez, cerrando la opción de Coaña como villa residencial, «pero no resultaba fácil conseguir terreno para ese tipo de edificación y las llevamos a Jarrio». A menos de diez minutos de Navia y a alguno menos del cogollo terciario adosado a las carreteras, la búsqueda de alternativas de futuro plantea en Coaña alguna vuelta alrededor las labores tradicionales del campo, con toda la dificultad y la ayuda que eso lleva consigo, y vuelve la mirada hacia el castro. Dice el Alcalde que en la capital falta «infraestructura para dar servicio» a las decenas de miles de visitantes que recibe cada año el Aula Didáctica del viejo poblado celta. Contemplándolo desde la explanada que precede a un prado en pendiente, José Manuel Acevedo recuerda que fracasaron los planes del Principado para habilitar un mirador cerca de aquí.

En esas circunstancias, la rudimentaria apuesta turística por la tranquilidad rural y la cultura castreña que cabe explotar en Coaña echa en falta una oferta diversa de actividad. O eso entiende que pasa Avelino Alonso cuando mira el porvenir desde su casa rectoral rehabilitada hace cinco años para establecimiento hostelero con dieciocho plazas, ya sin el árbol que crecía dentro del inmueble cuando los propietarios actuales la compraron en el mal estado que se aprecia en una fotografía antigua colgada en la pared del bar. Aquí se siente un problema común a todo el occidente asturiano, enlaza. «Sólo hay una empresa de turismo activo» y los clientes de su casa «se encuentran con mucho terreno por donde pasear, pero nadie que les guíe, nadie que les explique... Llega un momento en que no saben qué hacer». No se sostiene la comparación con la organización y variedad de la oferta expansiva del Oriente. El Ayuntamiento de Coaña promueve en los veranos visitas guiadas con paradas en la estela discoidea, el castro y el museo de máquinas de escribir de José Manuel Acevedo y han tenido poca respuesta, asegura éste, pero Alonso persevera. Para enganchar al visitante falta más promoción: «Casi siempre que soy yo el que se lo comenta a mis clientes consigo un pequeño grupo».

También van a faltar brazos. Sergio Suárez, productor y envasador de faba con marca propia, premiado dos veces por el Consejo Regulador de la Denominación de Origen, tiene una empresa familiar, como Avelino Alonso, y a veces «no encuentro gente para trabajar». Él cultiva, envasa y vende fabas, pero hay otros mundos en la explotación agraria de este punto del Noroccidente. «La escanda, el repollo, los pimientos, la patata... El campo es duro, pero esta zona se da para ello». Suárez se recuerda observando un camión que en el barrio gijonés de La Calzada promocionaba el género diciendo que llevaba «patata de Navia». «En tres portales vació la carga» porque el tubérculo de aquí «tiene fama». «Es más sabrosa que otras y aguanta casi el año», afirma Acevedo; el problema es que sobra campo para tan poca gente. Y falta formación. Luis García Iglesias, que dirige la Entidad Urbanística de Conservación del polígono industrial Río Pinto, da por cierto que la desidia educativa para con las labores del campo apaga la iniciativa, tapa posibilidades de futuro y modela un descrédito de la actividad agraria que obstaculiza la reversión de la depresión del medio rural asturiano. «Las políticas son completamente adversas», concede Eduardo Blanco, propietario de un hotel en el núcleo terciario de Jarrio y sin respuestas: «¿Cómo se consigue mejorar el medio ambiente? ¿Quién mejor que la gente de los pueblos?».

El Castelón pide atención. El Ayuntamiento de Coaña ha denunciado el estado de deterioro avanzado de la seña de identidad más apreciada del concejo y el desinterés del Principado por las inversiones que necesita el mantenimiento del castro. Los vecinos recuerdan además que en su día la indisponibilidad de algunos terrenos también frustró un intento de hacer un mirador desde Coaña, y el alcalde, Salvador Méndez, denuncia además que «tampoco está suficientemente cuidado desde el punto de vista promocional. Llegó a estar diez años sin guías».

Si «el futuro es el polígono», como apunta José Manuel Acevedo, al último ensanche de la superficie industrial de Jarrio se asociará, según el Alcalde, «una ampliación del suelo comercial» en un área situada entre el parque empresarial y la N-634. Méndez confía en tener lista «este mes» la recalificación de este espacio.

«Importantísimo» en la consideración generalizada es el final de la sección occidental de la Autovía del Cantábrico. Coaña tiene ya un polígono, el mayor del Noroccidente, al que ahora literalmente va a «morir» la variante de Navia, pero toda la comarca recogería los réditos, dicen aquí, de la dinamización industrial y turística que puede llegar con el fin de las obras del corredor transcantábrico.

«Los Meandros», promovido en 1998 por 35 personas y con 78 socios de la zona, no era sólo eso, pero proponía una semilla para que germinase una actividad turística al aire libre que se echa en falta a este lado del río Navia. El club, subvencionado por el programa «Proder», daría clases de equitación a niños y promovería rutas a caballo, entre otras muchas funciones. «Está ahí, estancado», lamenta Avelino Alonso.

Eso no se toca, pero orienta el porvenir de esta Coaña rural que olvidaron muchos de los que se marcharon, comentan aquí, y que agradecería mejores perspectivas para que otros decidan quedarse. «El campo fue al monocultivo», afirma Luis García, «a la leche, a las vacas y a más vacas. Y los que se salen de ahí suele ser gente con mucha iniciativa que tiene que manejarse sola».

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