La nueva vida de Raúl Berzosa, un obispo muy pendiente del cielo

El ex auxiliar de Oviedo, ahora prelado en Ciudad Rodrigo, la diócesis más pequeña de España, considera su paso por Asturias «una bendición, porque aprendí lo que tengo que hacer ahora»

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Que se haga la luz. En la capilla de la sede episcopal Berzosa dedica cada día un tiempo a rezar en la intimidad, después deja que el sol entre por la ventana.
Que se haga la luz. En la capilla de la sede episcopal Berzosa dedica cada día un tiempo a rezar en la intimidad, después deja que el sol entre por la ventana. 
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Desde que vive en Ciudad Rodrigo mira más al cielo porque en Castilla la tierra siempre está seca y agrietada. Lo hace el obispo de esta ciudad salmantina de atardecer romántico a media luz rojiza, y ex obispo auxiliar de Oviedo, Raúl Berzosa, que de no ser por su clergyman, por el alzacuello y por la enorme imagen de Cristo que lleva en el pecho bien podría ser un dandi. Pero a Raúl Berzosa siempre le pudo más la fe que todas las cosas, por eso entre ser dandi o ser obispo, se queda con lo segundo.

Raúl Berzosa (Aranda de Duero, 1957) no esquiva la pregunta, ninguna, por eso reconoce que hubo otras dos ocasiones en las que la fe volvió a poderle más, más que «aquel tilín que me hicieron un par de chicas». Otra cuestión más, ¿qué cambiaría de la Iglesia actual? Respuesta rotunda, «a la Iglesia le sobre mucha parafernalia». Su vocación y su fe llegaron un día, con 9 años, y se quedaron. «Dios es amor, ésa es la clave», sentencia. Ésa es su explicación y su convicción de que hoy, con 54 años, el camino correcto fue el que eligió, y el que le ha llevado hasta Ciudad Rodrigo, un destino que no sabe si será definitivo o pasajero. «Uno siempre está ahí para lo que le manden. Siempre está dispuesto», concreta.

Raúl Berzosa, que fue nombrado obispo auxiliar en Asturias en marzo de 2005, tomó posesión como obispo de Ciudad Rodrigo el 9 de abril de 2011. Es la diócesis más pequeña de España, pero con una gran tradición y que siempre está pendiente de su anexión a la diócesis de Salamanca. La noticia de su nuevo destino se la transmitió el nuncio apostólico en España, Renzo Fratini, que recibió la notificación desde el Vaticano en un mensaje cifrado, cuyas claves cambian todos los días y que sólo pueden entender unos pocos. «Se utiliza un código que diseñó Miguel Ángel», apunta Berzosa.

En Ciudad Rodrigo la gente cree más que en Asturias y es más practicante. Lo dice Raúl Berzosa, que considera que en el Principado «los que menos iban a misa eran los jóvenes y es ahí donde se debe trabajar. No se puede entender el catolicismo sin ser practicante». Berzosa considera que hay muchos factores que influyen en esta carencia de fe en el Principado, «su historia anticlerical y guerrera, y sobre todo que, al contrario de lo que ocurre aquí, los asturianos tienen el paraíso, viven en el paraíso y no tienen esa necesidad de mirar al cielo para encontrarlo» .Y añade: «Tendríamos que tener más coraje para llegar a los jóvenes».

Caminar por Ciudad Rodrigo y pasear por la muralla que deja ver un horizonte donde nunca se alcanza la silueta del mar le relaja. Inexplicablemente, porque sus paseos son una parada constante con los vecinos que se va encontrando a cada paso. «Buenas tardes nos dé Dios, don Raúl», le dice una señora. «Buenas tardes. ¿Qué tal está?, ¿ha mejorado del catarro? Le voy a contar un chiste?», y se arranca recordando uno que le contó el cura Magadán, de la parroquia asturiana de Doiras, en Boal. La señora le regala una rosa con espinas.

Futbolero, del Burgos, y amante de la música, de toda la música. «Tengo grabados algunos discos y toco el piano, el teclado, la guitarra, la guitarra eléctrica, el bajo», relata. Y recuerda una anécdota cuando de estudiante formaba parte de un conjunto. «Por los veranos, como había que pagar el Seminario, íbamos a tocar por los pueblos, empecé con 16 años y así hasta los 25. Iba con el grupo, tocábamos tres o cuatro horas, luego mis compañeros se iban de fiesta y yo ya me retiraba a dormir», explica. Y a la pregunta de: «Y entonces, ¿usted nunca se ha corrido una juerga?», responde Berzosa sonriendo pícaramente, «hombre, cómo no, pero sanamente».

Raúl Berzosa solía ir al Carlos Tartiere cuando el Burgos y el Oviedo jugaban en la misma categoría. El obispo de discurso agradable, ameno y correcto perdió una vez la compostura en la grada ovetense cuando vio que la afición comenzaba a dedicar al árbitro ciertos improperios. «Cabrón, payaso... le gritaban», explica Berzosa, que en su afán por evitar esta exaltación exacerbada del aficionado se levantó de su asiento estiró los brazos y dijo en voz alta: «Por favor, modérense». La cara de los aficionados fue un poema. Pero Berzosa entiende bien la pasión por el fútbol, de hecho tuvo un programa en Radio Vaticano en el que cada día tenía que conectar con un seguidor del Milán para que le contase en antena sus percepciones del partido. «El tifossi», ése era su programa. En el fondo todas las pasiones se parecen en algo, quizá la futbolera y la eclesiástica no sean tan diferentes. Son cuestión de fe.

Raúl Berzosa sabe que está llamado a ser alguien importante dentro de la Iglesia, de hecho ya lo es. Sin embargo, no entra a analizar, al menos públicamente, si su traslado a Ciudad Rodrigo ha sido un ascenso o un castigo, él lo ve como una circunstancia. «Fue así, me llamaron, me dijeron que me lo pensase y dije que sí, no hay más historia», recalca.

Entre las callejuelas de su nueva ciudad, confiesa que añora muchas cosas de Asturias. «Ay, la sidrina», dice tras varias horas de conversación en las que el clima mesetario deja como pasta la boca. «Y Covadonga, y la gente. La gente en Asturias es maravillosa, guardo muy buen recuerdo, pero no suelo ir porque ahora estoy aquí y regresar siempre despierta cierta añoranza», recalca. Pero si pudiera algo se traería de Asturias a Ciudad Rodrigo. «Para mí, Asturias fue una bendición. Siendo obispo auxiliar aprendí qué tiene que hacer un obispo», apunta. Y sonríe. A Raúl Berzosa, el prelado que de no haber elegido la vida al servicio de Dios «hubiera sido artista», le quiere la gente. Le paran por la calle: el novillero del pueblo que sueña con ser torero, la señora mayor que pasea en silla de ruedas, el cura que abre la puerta de la catedral de la ciudad todos los días. Berzosa tiene don de gentes, aprendido quizás del Papa Juan Pablo ll, el hombre que primero confió en él y le nombró obispo auxiliar de la archidiócesis de Oviedo. ¿Juampablista o benedictista? «Juan Pablo ll era el Papa de los gestos, Benedicto es el de la palabra», concluye.

Raúl Berzosa se pide una clara y, ya más a gusto, desmonta algunos de «esos falsos mitos que rodean a la Iglesia», explica. El obispo auxiliar de Ciudad Rodrigo no es un hombre de grandes lujos, aun vive en la generación del móvil, se paga su recibo y cobra «mil euros al mes. Es mi asignación como obispo, así que no llevo una vida ostentosa». Pero sí cuadriculada. A las seis y media de la mañana se levanta a rezar, pero no de cualquier forma, «hay que rezar con tiempo». Después dedica un rato a la lectura y a la escritura. Sobre las ocho de la mañana revisa las obras que se están llevando a cabo en la casa episcopal. «Quería que la gente no viniese aquí y se le atendiese como en la ventanilla del Alsa», explica Berzosa, que concreta que «a la casa del Obispo se va por todos los motivos. Ahí estamos nosotros para ayudar a la gente, para arreglarles un papeleo, para escucharles, para dar ayuda...», resalta. Oficia misa todos los días y dedica muchas horas a hacer «pastoral de zapatilla. Es algo en lo que me insistió mucho Carlos Osoro, hay que estar cercano a los problemas, la gente tiene que ver al obispo cercano». Y hace otra parada en la plaza, justo delante de la catedral. «¡Pero bueno!, ¿y este trío?», les dice a tres señoras. «¿Qué tal vamos?, ¿todo bien?», les pregunta Berzosa. Además, Raúl Berzosa retomará ahora sus clases en la Universidad Pontificia de Salamanca, donde comenzará a impartir un curso, los miércoles, sobre Teología, Moral y Relación de Iglesia y Comunidad Política. Un jueves al mes, y siempre que su apretada agenda se lo permita, viaja a Madrid a la Conferencia Episcopal, donde recibe clases de formación al clero. Entre sus escasos caprichos, de vez en cuando, si recibe una visita de asturianos, se permite ir a cenar a un restaurante de cocina moderna que «no sé cómo se les pudo ocurrir ponerlo en esta ciudad, aunque para mí es otra bendición», explica. Una cerveza y unos pinchos bien presentados que a cada mordisco dan al paladar un gusto diferente. Un reloj que todavía marca las nueve y un teléfono, Nokia, que suena. «No, no estoy en casa», contesta. Dice que en Ciudad Rodrigo conocen todos sus pasos, saben cuándo se levanta y cuándo se acuesta. Y es que en la tierra de los místicos, que siempre fue Castilla, tienen fe en el obispo y por eso cuando Berzosa pasa lo saludan y después miran al cielo. Él también lo hace. Lección más que aprendida.

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