La campaña electoral al Rectorado 

Paz Andrés, las energías positivas de una fiel de Baltasar Gracián

 
Paz Andrés, las energías positivas de una fiel de Baltasar Gracián
Paz Andrés, las energías positivas de una fiel de Baltasar Gracián 

Oviedo, Eduardo GARCÍA
Paz Andrés Sáenz de Santa María quiere convertirse en la cuarta mujer al frente del Rectorado en una universidad pública española. Ovetense, catedrática de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales, pasó en 1975, año de cambios, del pupitre de los alumnos al estrado del profesor, y lo hizo de la mano de un inmenso maestro llamado Julio González Campos, de quien recuerda su primera clase. «Yo estudiaba tercer curso, fue deslumbrante, espectacular. Ese mismo día yo decidí dedicarme al Derecho Internacional».
Algún tiempo más tarde, en medio de uno de aquellos terroríficos exámenes orales, González Campos le preguntó: «¿Y usted, qué piensa hacer?» Paz Andrés, en un susurro, le contestó que su familia la veía de notaria o registradora de la propiedad, pero que a ella lo que realmente le gustaba era la universidad. Y hasta ahora.
Paz Andrés, más sonriente de lo que se le presupone, más directa de lo que se le pinta, ha perdido un par de kilos en esta campaña electoral, y no está para esos excesos. Nadie que la conozca la identificaría con una niña redonda y sonrosada como atestiguan las fotos familiares. La vida da muchas vueltas, pero esta mujer que se define tímida y orgullosa de su discreción, ha permanecido fiel a su Universidad más de treinta años... y para lo que venga. Dice que su hipotético cargo de rectora no le va a impedir seguir dando clases y seguir publicando. «No me imagino sin la universidad y sin las clases. Tendré que adaptar horarios, pero no renuncio a la docencia».
Paz Andrés tiene fama de dura, de estratégica y calculadora. Contesta que «dicen eso los que no me conocen». Tiene tendencia a involucrarse en mil contiendas -fue secretaria general de la Universidad, directora del Centro de Documentación Europea y secretaria del Consejo Social universitario- y cotizó durante algunos años en el PSOE «hasta lo de la invasión de Kosovo. Entonces decidí que mis principios y el carné eran incompatibles en ese momento». El carné provenía de 1986, aunque siempre tuvo una vida un tanto aletargada. Rechaza el sambenito de candidata de la izquierda porque en la Universidad los conceptos que valen para la política se diluyen, pierden sentido, y crean arquetipos vagos.
Su hija Paz nació mientras ella preparaba su tesis doctoral sobre el arbitraje internacional. Y entonces, década de los setenta, en la Universidad de Oviedo no se hablaba de conciliación ni nada parecido. «Fui una madre muy joven, recuerdo que me levantaba a las cinco de la mañana para poder escribir. Me ayudó mucho mi madre, y yo todo el día pendiente, escapándome cuando podía hasta casa de mis padres a ver a la niña. Hubo que ponerle mucha fuerza de voluntad».
Se reivindica como una madraza con debilidad extrema en relación con sus dos hijos. Ambos acabaron la carrera de Derecho, pero Miguel, el menor, decidió que el Derecho le aburría soberanamente y estudia un máster de producción audiovisual en la Complutense.
En una conversación con Paz Andrés la familia se convierte en tema recurrente. Y tras esas gafas de intelectual con pulcro expediente académico, saltan chispas de admiración cuando sale a relucir un hombre llamado Enrique Andrés. «Mi padre fue una persona generosa y querida por todo el mundo. Un gran médico, entregado a su trabajo como pocos, siempre dispuesto a atender a todos. Murió en 1989 y aún hoy hay gente que me dice en la calle: tú eres hija de Enrique Andrés».
Paz estudió en las Teresianas Señoritas, y cuando llegaba a casa con las notas, de sobresaliente para arriba, su padre contenía la sonrisa de satisfacción y exclamaba: «Para ti haces». Asegura la candidata que de su padre heredó el sentido del trabajo, del deber y de la austeridad. Y de su madre, la capacidad de trabajo: «Es una mujer atípica, con una inteligencia y una rapidez de reflejos impresionante. Es perito mercantil y me pega broncas con frecuencia y casi siempre con razón. Yo no podría vivir sin esas broncas, tanto mi hermana como yo las hemos incorporado a nuestras vidas».
Fue vicerrectora en el equipo de Vázquez pero aquello fue bonito mientras duró. Decidió marcharse sin renegar de una etapa y una gestión de la que quedó satisfecha. Algunos de los de su entorno más próximo le chivaron al oído eso de «ya te lo decía yo...».
Se declara moderadamente ordenada, cualidad que no afecta a su caótica mesa de despacho; está convencida de que la mejor manera de hacer las cosas es trabajando y de que es capaz de liderar un impulso vital para el cambio en la Universidad «y renovar energías positivas en una institución hoy un tanto desmotivada».
-¿Entendería que una alumna de la Universidad de Oviedo, sin entrar a valorar programas electorales, le votara por una cuestión de solidaridad de género?
-Lo entendería, pero no lo animaría.
Reconoce que tiene que moderar su nivel de autoexigencia, virtud que en ocasiones corre peligro de trocarse en defecto. Sigue las pautas filosóficas de Descartes y Calvino, encuentra mil y un argumentos en «El arte de la prudencia», de Baltasar Gracián, y bastantes menos en el pequeño librito de Quinto Tulio Cicerón, hermano del Cicerón de las Catilinarias, y titulado «Breviario de campaña electoral». Fue el libro que Paz Andrés mostró el día de la presentación de su campaña, pero Quinto Tulio aconseja tener a todo el mundo muy contento y prometer el reparto indiscriminado de favores: «No es mi perfil».
Lleva años involucrada en la causa saharaui («que no es una causa perdida»), orgullosa de cómo las familias asturianas responden a los programas de ayuda.
Esta catedrática de Derecho dice que siempre le ha quedado una vocación frustrada de médico, como su padre, y añade con buen humor que la compensa leyendo los prospectos de los medicamentos. Su pareja, Bernardo Fernández, fue consejero y vicepresidente del Gobierno asturiano. Tienen piso en Oviedo y casa en Mojácar, Almería, el refugio al que escapan cuando pueden. La candidata, una convencida del principio de mérito, sabe que en la Universidad nadie regala nada, y mucho menos un rectorado.
En la referencia sobre los posibles estudios de Veterinaria para la Universidad de Oviedo, contemplada el día de la presentación de su candidatura, está su amor por los animales. Tiene en casa dos perros y una gata.

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