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EL INTERLOCUTOR PERFECTO AZAÑA Y LA DUQUESA «Siempre dándote golpes de pecho, siempre reprochándote tus limitaciones, siempre confesando tus pecados. Está visto que por muy ateo que te creas no puedes olvidar tu educación católica. Llevas el cilicio en el alma». «Es posible. Pero ten en cuenta que yo sólo confieso en público aquellos defectos de los que carezco. De los otros sólo me vanaglorio en privado. Por si acaso. No hay que dar armas al enemigo». MÍSTICA LOCURA APRENDO A MENTIR POCILGA Y PARTENÓN VARIEDADES Verdades a destiempo

20.04.2008 | 02:00
EL INTERLOCUTOR PERFECTO AZAÑA Y LA DUQUESA «Siempre dándote golpes de pecho, siempre reprochándote tus limitaciones, siempre confesando tus pecados. Está visto que por muy ateo que te creas no puedes olvidar tu educación católica. Llevas el cilicio en el alma». «Es posible. Pero ten en cuenta que yo sólo confieso en público aquellos defectos de los que carezco. De los otros sólo me vanaglorio en privado. Por si acaso. No hay que dar armas al enemigo». MÍSTICA LOCURA APRENDO A MENTIR POCILGA Y PARTENÓN VARIEDADES Verdades a destiempo
EL INTERLOCUTOR PERFECTO AZAÑA Y LA DUQUESA «Siempre dándote golpes de pecho, siempre reprochándote tus limitaciones, siempre confesando tus pecados. Está visto que por muy ateo que te creas no puedes olvidar tu educación católica. Llevas el cilicio en el alma». «Es posible. Pero ten en cuenta que yo sólo confieso en público aquellos defectos de los que carezco. De los otros sólo me vanaglorio en privado. Por si acaso. No hay que dar armas al enemigo». MÍSTICA LOCURA APRENDO A MENTIR POCILGA Y PARTENÓN VARIEDADES Verdades a destiempo

Como siempre, se discute en la tertulia de esto y de lo otro. Todos hablamos al mismo tiempo y, según costumbre, nadie escucha a nadie. Yo me desentiendo de la conversación y pienso, no sé por qué, en los amigos que dejan de serlo a causa de cualquier malentendido. Pero a veces ocurre al revés. Es un malentendido lo que da origen a la amistad, a la admiración, al amor. Todo cambia cuando nos conocen mejor y comprueban que no somos quienes pensaban que éramos.
Pasa con los amigos, pasa con los admiradores. Antes eran pocos, pero de larga duración. Ahora apenas duran. «Otro libro», me dicen, «¡cada vez publicas más!». «No es obligatorio comprarlo ni, mucho menos, leerlo», respondo algo molesto.
Pero no me quejo. A mí me pasa lo mismo. La admiración se gasta, es material perecedero. Sólo no nos cansamos nunca de leer a los clásicos, que son esos escritores a los que no leemos nunca.
Con quien peor lo lleva uno es con los escritores amigos. Después de treinta años y otros tantos libros, ¿qué me va a decir mi admirado «X» que no me haya dicho ya? Y, sin embargo, ahí está su nueva obra, afectuosamente dedicada, y allá en Madrid o en Sevilla, está el autor esperando mi opinión sincera. Al principio, ingenuo de mí, leía y opinaba y pasaba, y hacía pasar, muy malos ratos: «Perdona que te lo diga, pero no has entendido nada». Ahora ya he entendido por lo menos lo que significa «opinión sincera». Y hojeo, o ni siquiera hojeo, y elogio, sobre todo elogio. He aprendido también a poner algún leve reparo insignificante para disimular. Y no he vuelto a perder ni un solo amigo a causa de mis opiniones literarias y, lo que es todavía mejor, no he vuelto a tener que tragarme ningún amical e indigesto novelón ni ningún correcto e inane libro de versos.
¿Cómo voy a enfadarme si alguien no me lee, si algún amigo se cansa de seguir leyéndome? En realidad, los amigos que nos ven todos los días nos conocen demasiado como para no aburrirse con lo que escribimos.
Sigo siendo vanidoso, pero he aprendido a reírme de mi propia vanidad. Ahora acepto y agradezco cualquier elogio sin ponerlo a prueba, como don Quijote las virtudes mágicas del yelmo de Mambrino. Recuerdo una lectura de poemas en Albacete. Nada más terminar, se me acercó a saludarme un entusiasta que había estado aplaudiendo en la primera fila. Me felicitó durante un buen rato, mientras que yo rechazaba los elogios (para que insistiera en ellos) con mi mejor falsa modestia. Y de pronto dijo: «Usted y Pérez-Reverte son mis dos poetas preferidos». «¡Pero si Pérez-Reverte no es poeta!». «Bueno, usted tampoco, pero es que a mí no me gusta la poesía».
O sea, que no hay que fiarse de las admiraciones. Sobre todo de las mías. Públicamente conviene admirar siempre a quien convenga en cada momento y privadamente leer a quien nos dé la gana, sin obligación ninguna.
«Va a resultar que eres el mayor hipócrita del mundo», me dice Néstor escandalizado. «¡Qué más quisiera yo! Sólo soy un aprendiz, pero pongo todo mi empeño en mejorar».
«Me encanta hablar contigo», le dije al despedirnos. «Pero si no se me ocurre nada, si no hago más que escucharte». «¿Y eso te parece poco?».
Sentado frente a mí en la cafetería, alza de pronto la vista del periódico, me sonríe y me dice: «Ya veo que a usted, como a Buñuel y a todo buen ateo católico, le encantan las paradojas religiosas y los juegos con el cielo y el infierno. Le voy a contar una historia que yo le oí contar a mi padre, que era médico, como yo, y muy amigo del doctor Marañón. Ocurrió en una comida en la Embajada de Francia, allá por los años cincuenta. Entre los invitados, además de Marañón, estaban una dama muy conocida de la aristocracia madrileña y un obispo francés. Se hablaba de otro obispo, monseñor Théas, que por entonces lo era de Lourdes y antes lo había sido de Montauban. Se elogiaba su comportamiento durante la guerra, en la que había arriesgado su vida para defender a los judíos, un comportamiento no demasiado habitual en la jerarquía católica de entonces, cuando la duquesa de pronto dijo: «¿Es cierto que monseñor Théas asistió a Azaña en los últimos momentos?». «Completamente cierto. Se lo oí referir varias veces». «¿Y le dio la absolución?». «Naturalmente, señora». «¡Qué horror! ¿Y cómo fue capaz? ¡Ahora las personas decentes podremos encontrarnos con ese monstruo en el otro mundo!». El obispo la miró atónito y después de un rato dijo: «No se preocupe, señora, no es probable que usted se lo encuentre en el otro mundo». Ella no percibió ninguna segunda intención en esas palabras y dio un suspiro de alivio: «¡Menos mal!».
José Luis Mediavilla, polígrafo peripatético que siempre me regala un poco de su bienhumorada y escéptica sabiduría cuando nos encontramos en la calle, me entrega su último libro, «Mística y delirio», donde me aguarda una vieja conocida, Sor Patrocinio, la monja de las llagas, un personaje que siempre me ha fascinado, como fascinó a Valle-Inclán. Fue una joven hermosa que se retiró al claustro por un desengaño amoroso. A uno de sus amantes, Salustiano Olózaga, el político liberal, se le acusó de seducir a la reina adolescente (tenía 14 años) para conseguir de ella el decreto de disolución de las Cortes. Sor Patrocinio, como su sobrenombre indica, recibía los estigmas de la pasión de Cristo. Le sangraban la frente y las palmas de las manos en los momentos más oportunos: cuando había un Gobierno que no respetaba los intereses espirituales y materiales de la Santa Madre Iglesia. Y entonces doña Isabel, aquella reina «tan castiza, tan española, tan devota de la Virgen de la Paloma», provocaba una crisis para nombrar otro Ministerio menos descreído. Sor Patrocinio fue investigada, encarcelada o desterrada más de una vez. En su celda se encontraron ciertas sustancias químicas que propiciaban la aparición de las llagas. Pero parece que no todo era una farsa, que sólo se ayudaba un poquito cuando la política iba mal y el milagro se retrasaba.
«Lo que diferencia las visiones y las locuciones de los místicos de las alocuciones patológicas son los efectos que tienen sobre la conducta», afirma muy sensatamente Mediavilla. Víctor Hugo era un loco que se creía Víctor Hugo, se ha dicho. Pero como convenció a los demás de que era Víctor Hugo dejó de ser un loco para convertirse en un genio. Lo mismo le pasó a Santa Teresa. Un loco hace ciento, dice el refrán. Un loco que hace ciento deja de ser un loco para convertirse en el líder de una secta. Y si los ciento son cientos de miles, en un respetable guía espiritual, al que reciben, cortejan y adulan los jefes de Estado. Un loco que consigue que sus garabatos se expongan en una galería de arte deja de ser un loco para convertirse en un artista de vanguardia.
A Sor Patrocinio el demonio la sacaba de la cama y la hacía aparecer sobre los tejados del convento. Naturalmente hoy hablaríamos de funambulismo, pero ningún funámbulo de esos que caminan por el borde de una cornisa hace tambalear un Ministerio, como Sor Patrocinio.
«La única diferencia entre un loco y yo», decía Dalí, «es que yo no estoy loco». Con más razón podría decir cualquier loco al que le guste pintarrajear: «La única diferencia entre Dalí y yo es que yo no soy un genio».
«El secreto de aburrir es contarlo todo», decía Voltaire. El secreto de mentir es contarlo casi todo, abrumar al oyente con pequeñas verdades, hablar tanto de uno mismo que nadie se dé cuenta de que callamos lo único que verdaderamente importa, aquello que nos explica y nos muestra menesterosamente desnudos.
«¡Siempre citando a unos y a otros!», me dice mi loco favorito, que no es un loco porque ha convencido a no sé cuántos editores y hasta a un inteligente director de periódico de que es un genio con diarrea oral. «¿Es que no tienes ideas propias? ¡Sin ayuda, sin leer a nadie, yo puedo escribir tres libros de poemas, una novela y un diario al mes!».
Sin ayuda de nadie, decía Bertolt Brecht, un hombre puede construir una choza en la que malvivir como un cerdo. No el Partenón.
Traicionar a los amigos es una tentación; traicionar a los enemigos, una imposibilidad.
Para ser feliz lo único que hace falta es creer serlo.
El perezoso pescador lo único que pretende es acariciar el río.
El sexo y el amor, si alguna vez son compatibles, no lo son por mucho tiempo.
Sin amor y sin vino, el camino se hace muy cuesta arriba.
Con amor se soporta todo, hasta el matrimonio.
Enamorarse no hace feliz, pero entretiene.
A los sádicos que van al cielo, Dios les permite, por un agujerito, disfrutar de las penas del infierno.
Hombre y mujer: dos maneras distintas de ponerse el mismo sombrero.
Una mentira a tiempo es siempre más útil que una verdad a destiempo.

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