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Música

Ampliando miras

 
Max Valdés introduce las obras antes de empezar el concierto de la OSPA.
Max Valdés introduce las obras antes de empezar el concierto de la OSPA. jorge peteiro

DIANA DÍAZ La Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) ofreció, en la tarde del jueves y la del viernes, uno de sus conciertos de mayor altura de la temporada. No fue cuestión de que el programa de la formación rompiera moldes, al interpretar música contemporánea. Esa idea hoy día habría de estar superada. Digamos, mejor, que la OSPA amplió las miras habituales de los escenarios asturianos y, por qué no, del país. La formación intercaló, en sus apariciones de Gijón y Oviedo, obras actuales, pero también otras que ya han dejado de serlo. Y con una interpretación de calidad, dirigida por Maximiano Valdés.


Los oídos están hechos al catálogo clásico, una ingente obra que puede no dejar de sorprender al público y ofrecer nuevos descubrimientos. Pero la música contemporánea está también ahí, dispuesta a ser escuchada y descubierta. No es que se deje oír en demasía sobre los escenarios, pero con las nuevas tecnologías el acceso a ella no es difícil. El caso es crear el interés. Los compositores han experimentado en diversos caminos musicales. Hasta hoy mismo. Las posibilidades que ofrece el sonido son infinitas, y pueden estar basadas en las formas clásicas. O no. La música contemporánea ofrece una investigación en la que los diferentes parámetros del sonido se desarrollan sin límites. El público puede dejarse sorprender.


Pero volvamos al meollo. La interpretación de la OSPA estuvo a la altura de la exigencia de las obras, especialmente respecto a la página más «transgresora» del programa. La orquesta llevó con solvencia el trabajo que la compositora finlandesa Kaija Saariaho desarrolla con los instrumentos tradicionales de la plantilla orquestal. En «Orión», los motivos se desgajan rompiendo la frase musical. La formación asturiana construyó, a partir de la experimentación individual de los instrumentos, el marco descriptivo sobre el que Saariaho cuenta la historia del cazador del mito griego. La obra, que mantuvo expectante al público con cada nueva sonoridad, consiguió, en la plantilla de la OSPA interesantes sonoridades ambientales, que son el principal objetivo de la obra.


«La pregunta sin respuesta», de Charles Ives, completó una primera parte de carácter cósmico. La OSPA resolvió los tres planos sonoros que presenta una obra que, fechada en 1906, supuso una revolución en el momento. Aunque actualmente su carácter contemporáneo ya queda en entredicho. La cuerda mantuvo la sonoridad pianísimo con eficacia, bajo las revelaciones del viento madera, que dejaron sin contestación la imposible pregunta «de la existencia». En la segunda parte, brilló la interpretación, en su punto justo de dramatismo, del chelista Arto Noras. El reciente «Largo» de Penderecki, de forma cíclica, incluyó continuos clímax en frases bien cadenciadas por la OSPA. Noras condujo la obra en un papel constante, impulsado por el viento y sobre el colchón de las cuerdas. Completó el programa una cálida versión de la suite de Ravel «Mi madre la oca», bien articulada, aunque se echó de menos más contraste y planos sonoros.

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