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Encuentro en castropol la atenas de asturias un dado que gira imprevistas maravillas miedo deslumbramientos De abismos y deslumbramientos

18.05.2008 | 02:00
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«Parece que vives en otro mundo», tras el saludo -yo voy con prisa, él no tiene ninguna- comienzan los reproches. «No hablas del 2 de mayo, ni de política, ni de lo que preocupa a la gente. Está visto que sólo te interesan tus asuntos, esos que no interesan a nadie. No comprendo cómo te dejan una página y a mí, cuando mando algo al periódico, siempre me lo relegan a las cartas al director. Pero las historias de fantasmas sí te interesan, ¿no? Pues escucha lo que te voy a contar. Una historia verdadera, no como las que tú fantaseas. El verano pasado un amigo mío, no creo que le conozcas, su familia tuvo durante años una joyería en Gijón, me invitó a pasar unos días con él y otros amigos en una casa que tiene en Castropol, cerca del mar, con un pequeño jardín. Un sitio muy agradable. Los otros invitados eran un antiguo compañero de estudios, que pasaba por un mal momento, porque acababa de separarse, y una pareja joven, muy joven, que había conocido no sé dónde, y que le había hecho gracia. Un día que había estado lloviendo todo el tiempo y en que nos encontrábamos bastante aburridos, a la chica joven, después de cenar, se le ocurrió proponer una sesión de espiritismo. Mi amigo Pedro y yo nos miramos pensando que se trataba de una broma. Ella nos dijo que era médium, que había participado en muchos experimentos, incluso con científicos en no sé qué universidad. Todos nos mostramos algo incrédulos, casi burlones, pero como no había nada mejor que hacer, allá nos sentamos en torno a una mesa y nos dimos las manos. En cuanto la farsante aquella pareció entrar en trance, Jaime, que así se llamaba el recién separado, preguntó por su ex mujer, a la que no era capaz de olvidar. Y la falsa o verdadera médium se puso a describirla, y lo hizo con todo detalle, y luego a seguirle los pasos y contó que salía de casa y subía al coche y lo estacionaba frente a un chalet y, en ese momento, como en las malas comedias, sonó el timbre de la puerta. Nos miramos sorprendidos, encendimos la luz, mi amigo fue a abrir y volvió con la ex mujer de Jaime. Aunque la separación no había sido precisamente amistosa, se abrazaron, se besaron sin decir palabra y enlazados por la cintura se retiraron hacia el interior de la casa. Todos nos mirábamos atónitos, salvo la vidente, que sonreía. A los pocos días ocurrió la tragedia. Jaime -unos cincuenta años, sin aparentes problemas de salud- tuvo un infarto y no hubo manera de salvarle. Acabado el entierro, aproveché para visitar algunas tumbas ilustres: la de Clarín, la de Víctor Botas, la de Ángel González? Frente a ésta me encontré con la ex mujer del difunto, que es profesora de Literatura e incluso ha publicado un libro de poemas, que no sé si te habrá mandado. Le dije que fue una feliz casualidad que hubieran decidido reconciliarse pocos días antes del fallecimiento. Por lo menos murió feliz, añadí. Ella me miraba extrañada. Naturalmente, como habrás adivinado, no había estado en Castropol, no sabía siquiera de qué le hablaba».


Con malévola curiosidad visito la muestra que Marian Suárez, vieja amiga desde los tiempos de Ana de Valle y la tertulia los «Jueves Literarios», ha organizado en la avilesina Casa de Cultura para solemnizar la aparición de una antología de sus versos. Sonrío, con algo de ternura, ante aquel amarillento catálogo de vanidades. La presentación será a las ocho de la tarde. Un oportuno compromiso me impide asistir al acto, que sin duda resultará memorable e interminable. Según la invitación, «por vez primera, en la memoria de la poesía contemporánea, compartirán lectura con la autora (al ser cumplidos 22 años de la publicación de su primer libro, «Escribo los silencios») 22 personas pertenecientes a diversas disciplinas artísticas, profesionales y corporativas de Avilés y provincia».


Admirable, incombustible, infatigable Marian, capaz incluso de superar «en la memoria de la poesía contemporánea» a Justo Jorge Padrón, que organizó un congreso en Las Palmas para presentar su poesía completa y pretendía colgar un cartel gigante en la fachada de la catedral con su imagen recogiendo el Nobel de Aleixandre. La presentación de la poesía de Padrón duró veinticuatro horas ininterrumpidas. Marian no creo que llegue a tanto, aunque nunca se sabe.


Disfruto con la prosa de la invitación, inconfundiblemente suya: «Son muchos los puentes colgantes que Marian ha atravesado, pero de vez en cuando, como ahora, sale de su isla para enseñarnos su esencialidad, su puesta al desnudo en 22 años de escritura poética. Yo, lo que vosotros, me asomaría a esa escritura, a ver qué pasa».


De pronto, oigo su voz. Faltan dos horas para el acto, pero ya está aquí organizándolo todo. «José Luis, José Luis, qué alegría verte, ya sabes que yo te quiero mucho, aunque no debiera, porque lo que me has hecho no se le hace a nadie. Pero a mí no me importa. Ahora yo, eso jamás lo haría, yo estoy hecha de otra pasta, yo soy una mujer sencilla, sin ambición ninguna. Jamás haría lo que tú has hecho. Y no es que me importe. Necesitaba un ejemplar de mi segundo libro y llamé al chico ese de Oviedo, ¿cómo se llama?, a Valdés, para preguntarle si lo tenía. Y lo tenía, pero hay un problema, me dijo, es que está dedicado. Y yo, bueno, mándamelo igual. Pero se me cayó el alma a los pies cuando lo vi dedicado a José Luis García Martín. Ya había oído yo que ocurrían cosas así, que había escritores que vendían los libros que les dedicaban. Pero no podía imaginarme que tú fueras uno de ésos. Y sin embargo no te guardo ningún rencor, ya ves.».


Dejo a Marian ensayando la apoteosis con sus «22 personas pertenecientes a diversas disciplinas artísticas, profesionales y corporativas» y me voy, con mi natural maldad a cuestas, a tomar un café. «A ti nunca te harán un homenaje así», me dice un amigo. Sonrío: «Algo bueno había de tener el ser tan malo».


Palabras del rabí Najman de Bratzlav encontradas en un libro abierto al azar en el mercadillo del Fontán: «El mundo semeja un dado que gira, y todo se revuelve y el hombre se transforma en ángel, y el ángel en hombre, y la cabeza en pie y el pie en cabeza. Así se convierten y giran todas las cosas, transformándose esto en aquello, aquello en esto y se vuelve lo de arriba abajo. Porque en la raíz todo es uno y en el cambio y vuelta de las cosas está comprendida su redención».


«Alegre, como fiesta entre semana», dice un verso de Gil de Biedma. Pero para mí todos los días son de fiesta, salvo los días de fiesta, siempre melancólicos. Por eso aprovecho las interrumpidas rutinas de hoy para darme una vuelta por Gijón, tan cercano y distinto con su luz atlántica y sus fachadas entre art decó y racionalistas que tan bien ha reflejado Damián Flores. El sol ilumina de pronto el rascacielos en miniatura de la calle Asturias, tan neoyorquino, tan años veinte, su torre redonda destacando sobre el cielo aborregado, blanco y azul. Es, desde siempre, mi esquina favorita en esta ciudad llena de secretos e imprevistas maravillas. Poco después, en la ventana del restaurante, una estampa del Pelayo Ortega más literario y simbolista: el paseo de la playa, el gris del cielo, una solitaria farola y un hombre con paraguas. Voy luego hasta la Universidad Laboral, ese laberinto «enorme y delicado», como la verlainiana Edad Media. A un lado del patio corintio, las grandes fotografías de Hannah Collins -«Fantasmas» titula la exposición- documentan la reciente metamorfosis. Me gusta especialmente el teatro en obras, con el fondo abierto y el paisaje rural asturiano como el más hermoso decorado. No visito el teatro, ni la iglesia, ni el novedoso Centro de Arte. Me pierdo por patios, escaleras, espacios inmensos, raros rincones perdidos de aquella inagotable caja de sorpresas. Las ventanas y las escaleras son los elementos de un edificio que más me atraen. En la Laboral hay infinitas ventanas y una colección de escaleras -todas distintas, todas caligrafiadas con mimo- que quizá no tenga par en ningún otro lugar del mundo. Añado también a mi colección la biblioteca de Empresariales (tres pisos comunicados entre sí, el último grácilmente abuhardillado) y un descuidado patio, abrazado por dos escaleras en rampa, como para ascender por ellas a caballo. Caía la lluvia sobre los hierbajos y trebejos y las imperiales columnas de aquel patio. Llovía sin tregua tras las alargadas ventanas del último piso de la biblioteca, más alto que el tejado con esculturas. Qué fantasmagórico, espectral, aterrador resultaba el gran patio visto desde allí, convertido de pronto en la plaza mayor de una ciudad de Transilvania.


«Te vas a reír, Martín, pero tengo miedo, mucho miedo. El día antes de morirse Víctor se cayó un cuadro de Piñole que teníamos colgado en el salón y que a él le gustaba mucho; ayer se ha vuelto a caer el mismo cuadro, y yo estoy aterrada. Ya sé qué tú te ríes de estas cosas, pero yo no he podido dormir».


No, yo no me río de esas cosas. Sé que en cualquier momento lo peor puede ocurrir y que para ello no es necesario que se caiga ningún cuadro. Somos funambulistas, caminamos por una delgada cuerda sobre el abismo, siempre con riesgo de dar un traspiés? La vida es un cuento de horror y de furia que nunca tiene final feliz. Pero sí momentos felices, como éstos de charla con amigos, antes de volver a casa, donde me aguarda siempre un libro por leer y otro por escribir.


Un cuadro se cae y la muerte nos hace un gesto de amenaza, nos advierte de que nada es eterno. Pero éste ha sido un día feliz, otro día feliz. Disfrutar del instante y encogerse de hombros ante lo que no tiene remedio: ése es el secreto de la sabiduría.


-De sobra lo sé, pero de qué poco sirve cuando no pasa nada en especial, sólo un cuadro que se cae, como el día antes, y la noche sin sueño se llena de negros presentimientos.


Tomo un café, escucho a Andreas Scholl, miro anochecer en la calle del Rosal, leo al rabí Najman de Bratzlav, con quien el domingo tropecé en el mercadillo, muy cerca de la escondida sinagoga del Fontán: «Así como la mano que tapa el ojo quita la vista de la más alta montaña, así la pequeña vida terrenal quita la vista de las gigantescas luminarias y misterios del Universo. Y quien sea capaz de apartarla de los ojos, como se retira una mano, verá la intensa luminosidad del interior del Universo».


Hay días, en los que parece no pasar nada, pero en los que deslumbra esa intensa luminosidad.

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