Doce años de la uci para niños en Asturias: la experiencia de la lucha por la vida  

Pequeños grandes milagros El 86% de los ingresos es por urgencias, la mayoría accidentes

La unidad pediátrica de cuidados intensivos atendió el año pasado a 600 menores, la mitad de ellos, de menos de 2 años

 
Andrés Concha, a la izquierda, y Sergio Menéndez, ante las fotos de niños que han pasado por la uci.
Andrés Concha, a la izquierda, y Sergio Menéndez, ante las fotos de niños que han pasado por la uci. maite garcía
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Oviedo, Elvira BOBO

Pipa tiene 16 años y es base del equipo de baloncesto de Ribadesella. Hace poco, pescó una dorada de 3 kilos y la llevó viva a casa para demostrar a su madre que no la había comprado en la pescadería. Pero su vida cambió el 23 de febrero, cuando sufrió un grave accidente, mientras montaba en bicicleta. Su madre, Ángeles Heredia, llamó a su móvil y le contestó la Guardia Civil. Comenzó el calvario: Saúl Tamés Heredia, el verdadero nombre de «Pipa», fue trasladado urgentemente al Hospital Grande Covián de Arriondas con un traumatismo craneoencefálico grave y fracturas de tibia y peroné. Inmediatamente, fue trasladado a la uci pediátrica del Hospital Central de Asturias, donde le operaron de la pierna.


Casos como el de Saúl son el pan de cada día para las 31 personas que componen el equipo de la unidad -cinco médicos, dieciséis enfermeros y diez auxiliares, encabezados por el doctor Corsino Rey Galán-. Desde la puesta en marcha de esta uci, en 1995, ha incrementado su número de ingresos hasta los cerca de 600 registrados el pasado año. A día de hoy, cuenta con ocho camas, cuatro de intensivos para los casos más graves; un box de técnicas para procedimientos dolorosos que exigen sedación, y tres camas más de cuidados intermedios, una nueva unidad creada en 2005 para responder a las necesidades de los pacientes que han estado en la uci, pero cuya gravedad aún no les permite pasar a planta. Esperan que con el nuevo Hospital puedan dar servicio a 12 pacientes.


Esas camas de la segunda planta son bien conocidas por Saúl: pasó un mes inconsciente en intensivos y dos semanas más en intermedios, tras superar el coma. El equipo médico del doctor Corsino Rey Galán «estaba sorprendido, porque creían que no iba a recuperarse; la única opción, si lo superaba, era quedar como un vegetal», recuerda su madre. Pero lo logró. Lo lograron. Cuando recuperó la consciencia, había perdido memoria, no podía caminar y su capacidad de lenguaje estaba seriamente reducida. Hoy, en la cama del Hospital, en la que apenas cabe, hace esfuerzos para que su madre, Geli Heredia; su tía Milagros, y las enfermeras que le cuidan le entiendan cuando jura que Alonso ha pasado por allí a regalarle una camiseta firmada -su madre cree que es un comediante-. En el Hospital se entretiene mientras espera que mañana lo trasladen al Instituto Guzmán de Barcelona, un centro especializado en daño cerebral donde podrán realizarle el tratamiento y la rehabilitación que precisa para restablecerse totalmente.


Para el equipo médico, Saúl es un «niño milagro». También para su madre, quien desde el día del accidente escribe para Saúl un peculiar cuaderno de bitácora. «He ido anotando diariamente todo lo que ha ocurrido desde entonces. Lo hago para él, para que cuando esté bien sepa todo lo que pasó, las personas que estuvieron apoyándole y la fuerza que tuvo». Yolanda, una de las enfermeras que a diario sube a visitarle, le asegura: «Vendrás pronto a vernos y vendrás andando». Volverá como lo hacen muchos niños que no pierden el contacto con el equipo pediátrico que les devolvió la vida. «Tres médicos nos vestimos de Reyes Magos por Navidad y vienen muchos niños ya curados a vernos», cuenta el doctor Rey con una gran sonrisa. Son pacientes en situaciones límite. Pero siguen siendo niños. «En principio, es muy duro, pero luego aprendes a tomar un poco de distancia para no llevártelo a casa», recuerda Susana, una de las 16 enfermeras del servicio, pero «tiene magia, es mejor que con los adultos, por los mimos y el cariño que te dan y porque se recuperan antes», confiesa mientras mira a Marius, un bebé con una grave patología cardiaca que respira intubado rodeado de globos y peluches, mientras espera a ser operado. El 50 por ciento de los pacientes de la unidad son, como él, menores de 2 años, y el 27 por ciento sólo tiene meses. Marius utiliza una de las herramientas de la uci pediátrica que mejoran el confort de los pequeños: la ventilación no invasiva, que lleva en marcha desde 2001 y que no hace necesarios los molestos tubos en las vías respiratorias de los niños. Y es que el equipo trata de innovar constantemente: trabajan en nuevas técnicas de investigación hemodinámica -medidas del gasto cardiaco-, son pioneros en Europa en marcadores de infección y en marcadores pronósticos -que anticipan cómo van a evolucionar los pacientes-. También desarrollan intensos programas docentes, tanto con los médicos residentes que anualmente se instruyen en la unidad como con personal de primera asistencia de urgencias. «Desde que realizamos cursos de formación para SAMU,


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hemos notado que los pacientes de urgencia ingresan en mejores condiciones», comenta Rey. Y es que la calidad de la intervención que se realiza durante la primera hora tras el accidente -la llamada «golden hour»- es clave para que el paciente aborde el proceso en las mejores condiciones posibles. El porcentaje de ingresos programados solamente supone el 14 por ciento, el resto son urgencias. La mayoría de ellos, el 36 por ciento, provienen de traslados de otros hospitales -la del HUCA es la única uci pediátrica de Asturias y acoge también a los pacientes de León-; un 23 por ciento procede de domicilios, un 20 por ciento llega de quirófanos con postoperatorios complicados o cirugías graves; el resto, un 19,9 por ciento, ingresa en la uci tras haber visto agravada su situación en planta (como es el caso de pacientes oncológicos que empeoran).


Y aunque la mayoría de los casos acaba con final feliz, entre otras cosas porque «el material es bueno» -los niños tienen una gran capacidad de recuperación-, la tasa de mortalidad está en un 4 por ciento, similar a la de otras unidades similares. Es entonces la hora de las malas noticias, eso que «no enseñan a hacer en la Facultad», como lamenta Rey. Pero «hay que decir siempre la verdad, en un difícil equilibrio entre advertir y alarmar», recuerda. A pesar de los malos momentos, el equipo disfruta con su trabajo: «Pasas las horas que hagan falta, encantado. Nos gusta porque lidiamos con situaciones difíciles, no hay lugar para la rutina, aunque el trabajo está muy protocolizado y queda muy poco a la elección del médico», explica. Esas «situaciones difíciles» son de diversos tipos. Aunque los accidentes -tráfico, caídas de altura- son muy frecuentes, el principal diagnóstico son los problemas respiratorios, traumatológicos e infecciosos.


El equipo de la unidad está al día de cantantes famosos, deportistas y videojuegos, conversaciones adaptadas a unos pacientes que sólo pueden ver a sus padres tres horas al día. Voluntarios y profesores tratan también de hacer más soportable la estancia de los niños. Todo es poco para entretenerlos, aunque siempre hay límites: Saúl, de momento, no ha conseguido que le dejen traer al Hospital a su peculiar y adorada «Eva», una lagarta de palmo y medio a la que alimenta con grillos vivos. Para hacer llevadera su ausencia, tiene una, también verde, pero de peluche. Quiere ser veterinario. Y jugar al baloncesto. Y, sobre todo, ir a ver correr a Alonso.

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