Los pecados capitales de la sanidad asturiana

«Nadie está contento con su suerte ni descontento de su talento». (Mme. Deshoulieres)

25.05.2008 | 18:02

Soberbia: Ramón Quirós, consejero de Salud, ha cometido un pecado de soberbia intelectual. Su error ha consistido en pensar que tener razón es suficiente para que la lógica se imponga. Trabajador y riguroso, Quirós se encaramó hace años en el árbol de la ciencia, y de él extrajo un buen cesto de conocimientos, una cabeza bien estructurada y una notable capacidad dialéctica. Un bagaje que tal vez debería ser suficiente, pero que no lo es frente a una estructura, como la sanitaria, mastodóntica y funcionarial, donde cualquiera, a poco que se lo proponga, puede encontrar una trinchera invulnerable.
Un segundo error del Consejero -algunos lo llamarán honradez, vale- ha sido cantar a los cuatro vientos defectos del sistema sanitario que no está en condiciones de resolver. Sencillamente porque los efectos de los que habla Quirós son locales, pero buena parte de las causas son globales, y requieren un consenso nacional.
Avaricia: En la sanidad asturiana se cumple a rajatabla ese sabio adagio que encabeza estas líneas. Años atrás, los profesionales se quejaban de que estaban mal pagados. Recientemente, la Consejería de Salud hizo público un dato: en los últimos cinco años, los sueldos han crecido un 54 por ciento. Y la jornada anual ha menguado en 21 días. Nadie ha rebatido públicamente estos datos.
Hay profesionales (médicos sobre todo) que en voz baja manifiestan un cierto sonrojo porque la aplicación de la carrera profesional les está reportando una subida de 9.000 o 12.000 euros anuales a cambio de? exactamente nada. Algunos facultativos pueden quejarse con razón: son muy buenos y deberían cobrar más; quizá mucho más. Otros -pongamos que no muchos- no deberían lamentarse, porque su salario es muy superior a sus méritos. Y una amplia mayoría seguramente debe mostrarse satisfecha, porque cobra más o menos lo que se merece.
Lujuria: El disfrute de placeres es deseable. Lo malo, a veces, es acostumbrarse. Los años posteriores al traspaso de las competencias sanitarias fueron de vino y rosas para los profesionales. El patrón, antaño en Madrid, se acercó a la calle General Elorza o a la plaza del Carbayón, ambas en Oviedo. Los mecanismos de protesta se simplificaron exponencialmente y se revelaron muy eficaces. Resultado: varias movilizaciones, suculentas subidas salariales y notables mejoras en la calidad de vida (menos tardes, menos guardias?).
Ahora, el equipo de Quirós intenta una vuelta atrás. Objetivo complicado, pues es característico de algunos placeres generar adicción. Y no se entiende muy bien que el mismo Presidente regional que en la pasada legislatura dio la consigna de intercambiar placeres por paz en el sector, sea ahora el que imponga templanza. Máxime cuando buena parte de esos profesionales a los que se reclama moderación circulan por la cincuentena y la sesentena y no parecen nada dispuestos -razones tendrán, sin duda- a renunciar al confort adquirido. Tal vez Quirós pecó de ingenuo cuando habló de impulsar una «revolución» con una plantilla envejecida que oferta sabiduría y buenos oficios, pero no el ardor guerrero que requieren ciertas conquistas.
Ira: Aquí cabe hablar de rumores. Se dice que la instrucción del Sespa que impone la realización de guardias por las tardes a los equipos de los centros de salud fue consecuencia de un puñetazo en la mesa. El documento, desde luego, ha irritado sobremanera a los profesionales, quienes acusan a la Administración de embarcarles en grupos de trabajo y diálogo para luego descolgarse con un decreto unilateral. Y bien parece que la dimisión de la gerente de atención primaria de Avilés, Milagros Moreno, ha sido también víctima -al menos en parte- de un arrebato de ira. Sólo ha faltado endosarle la muerte de Viriato.
Gula: La tarta de la sanidad es golosa, pues concentra el 40 por ciento del azúcar total del Presupuesto regional. Pero la amenaza de quiebra es real, y esto deberían tenerlo en cuenta los sindicatos. Todos, pero muy especialmente el Sindicato Médico (SIMPA), al que los incuestionables éxitos de los últimos años pueden producirle una embriaguez dañina para el conjunto.
Envidia: El ex presidente regional Juan Luis Rodríguez-Vigil lo subrayaba el otro día: en la sanidad española hay 17 modelos salariales (uno por comunidad autónoma) y diferencias retributivas de hasta el 40 por ciento. Bien, pero ¿es esto excusa para emprender una espiral sin fin al grito de «no queremos ser menos que nuestros colegas de?»? Tremendo error el de quienes han contribuido a fragmentar el sistema sanitario, mayormente porque está dando lugar a una competencia entre regiones que ya está generando 17 catálogos de derechos distintos. De acuerdo, pero ¿justifica esto una actitud reivindicativa «ad infinitum»?
Pereza: Los trabajadores sanitarios se quejan de que en el sector existe mucha desmotivación. ¿No habrá en esta palabra algo de eufemismo? Es grave que en la sanidad apenas exista discriminación salarial entre el que trabaja y el que no trabaja. Es muy grave que la carrera profesional no se haya aprovechado para retribuir más a los mejores. Pero quien haga un ejercicio de sinceridad reconocerá que el hecho de que mi compañero cobre sin trabajar no sirve de coartada para que yo no pegue golpe. Y quien diga lo contrario tal vez deba examinar si está incurriendo en un cierto pecado de soberbia intelectual. El mismo que le achaca a su Consejero.

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