Manolo Rey Fueyo, memoria de Langreo

 
Sin título, de la serie «Langreo» (1992), óleo sobre papel.
Sin título, de la serie «Langreo» (1992), óleo sobre papel. 

RUBÉN SUÁREZ En el año 1991, Manolo Rey Fueyo, nacido en La Felguera en 1950 pero residente en Valencia, desde que cursara allí sus estudios de Bellas Artes para desarrollar luego una de las trayectorias artísticas más relevantes de la pintura española contemporánea, celebraba su primera exposición individual en Asturias, organizada por la Fundación Municipal de Cultura de Gijón en la sala Piñole del Antiguo Instituto Jovellanos. Aquella muestra supuso para el artista el primer contacto dilatado con su tierra en muchos años y también el despertar de intensas vivencias del pasado, sensaciones y emociones de sus años de niñez que determinaron, en buena medida, junto a sentimientos encontrados producidos por los efectos del declive industrial, el inicio de una nueva etapa en su pintura, una digamos «edad de hierro» que, con motivo de una de sus exposiciones, titulé «Memoria del Norte», con la que el artista afincado en el Mediterráneo expresaba la nostalgia y el pesar por el paso del tiempo y el deterioro de las instalaciones fabriles.


Eso sucedía antes de que el andamiaje constructivo geométrico-gestual que estructuraba aquella pintura se fuera deshaciendo y la materia adelgazada se derramara en destilada fluidez por espacios cromáticos sutilmente modulados por la luz, aquello que Santiago B. Olmo describió en sus comienzos, 1996, con motivo de la participación de Rey Fueyo en la exposición «Líricos del fin de siglo», como «una investigación de gran calado cuando el artista es capaz de atenuar desde la luz la violencia de los gestos» y que tuvimos ocasión de contemplar en plenitud en la muestra del artista celebrada en 2006 en el palacio de Revillagigedo de Gijón.


Pues bien, hay que decir que difícilmente encontraremos obra de mayor enjundia y más eficazmente reveladora del pensamiento y la expresión plástica del artista en aquella «edad del hierro» -en la que, por otra parte, produjo pinturas de calidad notable y muy elogiadas por la crítica- que esta serie de óleos sobre papel realizada por Gabino Busto como director de la Pinacoteca Municipal Eduardo Úrculo y que es la primera de las exposiciones individuales que el centro celebra. Nada podía ser más apropiado ni más gratificante. Puede que entre las razones que hagan particularmente emocionante e intensa esta serie estén tanto en la inmediatez de su creación como en la técnica empleada, que permiten el registro espontáneo de un estado emocional, la expresión inmediata del sentimiento. «Cuanto más profundamente nos sumerjamos en nuestra propia personalidad -escribió Hans Hartung-, más clara y convincente será la imagen que podamos transmitir de nuestro ser más íntimo, pero también más comprensible será nuestra expresión».


En las distintas piezas que integran la serie «Langreo», Rey Fueyo reitera la acumulación de formas de inspiración industrial; geometrías representativas en su mayoría de hierros fragmentados, como restos de antiguas instalaciones, que se superponen o entrecruzan y dejan entre sí brechas de vacío por las que aparece la luz del espacio. Se alternan dramáticamente la oscuridad y la luz, a veces la luz que desprende la propia oscuridad, y la densificación y la levedad de la materia en simbiosis profunda de espacio y forma en la formación de composiciones plásticas impactantemente obsesivas. Las líneas de fuerza enfrentadas generan tensiones como consecuencia de esos movimientos opuestos que dinamizan la estructura dotándola de energía y la focalización de la forma, objetivando fragmentos, sugiere su prolongación hacia escenarios mucho más amplios de los registrados en el cuadro.


Las pinturas, blanco y negro con puntuales apariciones de rojizos o marrones, están encuadradas por marcos metálicos soldados artesanalmente y en un par de casos incorporan fotografías de antiguas instalaciones fabriles ya desaparecidas. Pinturas éstas poderosas y solemnes que son el testimonio plástico de un artista, que, viviendo en Valencia, nunca ha dejado de sentir y vivir en langreano, sobre el lugar que le vio nacer y luego jugar muy cerca de donde ahora expone, esa Pinacoteca Eduardo Úrculo de la que hay que elogiar que se haya hecho posible, pero también que esté gestionada muy profesionalmente y sea una de las cada vez más escasas islas en las que en Asturias se toma en serio el arte contemporáneo, pese a sus limitaciones, y la de espacio entre las más sensibles, que esperamos se puedan superar.

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