Paroxismo «gay» Una autopsia familiar deslumbrante Merece la pena

13.07.2009 | 02:00

Bruno» constituye la prueba definitiva de que el cómico Sacha Baron Cohen dedica su físico (literalmente) a demoler convenciones. Si en «Borat» ridiculizaba, atrincherado bajo un reportero kazajo, la esperpéntica realidad norteamericana, el siguiente paso lo da con su nuevo filme, una visión grotesca (y de cámara oculta) del fenómeno homosexual. Baron Cohen pare un personaje extremo, Bruno, con dos objetivos: provocar la risa (hay momentos bestiales) y desmembrar con saña ese ente postmoderno e informe llamado «cultura gay». Mientras que dos tercios de la película dedican minutos a las filias, tonterías y vicios homosexuales (la fama, lo estrambótico, las prácticas sexuales bizarras, lo imbécil de las modas) también se ocupa Sacha Baron Cohen de mostrar mundos paralelos (tremendas sus escenas en Gaza o en un ring de lucha libre) donde los homosexuales son declarados invasores peligrosos o personas a salvar del pecado. Obviando esas intenciones soterradas (y muy reveladoras de la ideología de Baron Cohen), «Bruno» consigue lo que se propone: que el espectador convulsione de risa a lo largo de sus ochenta minutos, salvando altibajos y ciertos manejos cómicos discutibles.


Una postdata. Nadie reflejará en sus artículos la fórmula mágica de «Bruno». Su nombre es Larry Charles, un director y guionista de cine que lleva a sus espaldas un talento proporcional a su capacidad de hacer comedia. Primero, como escritor, tomen nota: «Seinfeld», «Entourage», «Larry David», «Loco por ti»? y luego, como director: «Borat», «Religulous» (ojalá la estrenen pronto en España). Él y sólo él sujeta la cámara con pulso firme cuando Bill Maher se ríe en Salt Lake City de los mormones o cuando Borat se juega la vida en un espectáculo de «cowboys» o cuando Bruno entra en tiendas de campaña desnudo. Un genio.

Me apetecería preguntarle a Mar Coll, la directora debutante de «Tres días con la familia», cuánta antropología, sociología y psicología ha leído. Porque (aún en el supuesto de que no haya comprado ni un libro) la directora comprende perfectamente a Frederic Skinner, a Richard Sennet o a Marvin Harris mientras traslada a imágenes los hábitos, los ritos, al cabo, de una familia del primer mundo durante los tres días posteriores al fallecimiento del patriarca. Los vaivenes vitales de la veinteañera Léa (una azulada, fascinante Nausicaa Bonnin) albergan el «mcguffin» perfecto para introducirnos en un núcleo de personas condenadas (bueno o malo; ese es el resumen de haber nacido en una familia) a convivir un tiempo excesivo en un lugar determinado, y por motivos impuestos (comunes, las Navidades; excepcionales, un velatorio). Junto a su coguionista Valentina Viso, ambas construyen personajes redondos que alimentan una trama dolorosa y cotidiana de adictos a ficciones: un padre (Eduard Fernández) que espera ordenar su vida como quien ordena revistas; una madre atrapada en un pasado que considera futurible; o un hermano mayor (Fontseré, monumental) creyente de un mundo caduco.


En otro acierto (¿cuántos van?), la elección formal de Coll se plantea sencilla, naturalista y terriblemente efectiva. Evitando los dramas bergmanianos (podría haber escogido ese camino), la catalana opta por esquemas de «Nouvelle vague» con aromas chejovianos (la tragedia latente al hábito). Le falta a «Tres días con la familia» remate en los argumentos con los que define a esa chica y a sus primos, pero esto sería tratar de rebuscar quicios a un filme sobresaliente, sin duda uno de los estrenos esenciales de dos mil nueve. Esos créditos finales que podrían valer de arranque, auguran mucha más rutina, muchas más historias tras unos personajes tan silentes como la muerte que les están tapiando delante.

Alguien debería nombrar a Julio Fernández el «Spanish Roger Corman». Ningún productor nacional se empeña, con tanto ahínco, con tanta ilusión, en una factoría de terrores patria. De su productora Filmax han salido productos de mil colores, fíjense: «La monja», «Rottweiler», «REC», «Km. 31»... Este año toca el turno del debutante Daniel Benmayor, que combina en «Paintball» una aceptable amalgama de propuestas. Y es tal la habilidad del realizador que se le permiten un buen número de tachas: su modestísimo presupuesto, sus excesivas referencias («Diez negritos», «Depredador», «13 Tzameti»...) o su afición al terror gritón. Una última parte floja (la sociedad secreta tambalea méritos previos), no oculta que a «Paintball» le ocurre lo mismo que a Julio Fernández: por su rebeldía, por su (humilde) autoconsciencia, por su compromiso, merece la pena.

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