FRANCO TORRE
Vaya por delante que Leonard Cohen podría haber salido a la plaza de toros de León con nariz de payaso, vestido de sevillana o con la mano derecha metida en el culo de una marioneta que cantase por él, y el resultado habría sido el mismo: 4.000 fieles rendidos sin ambages al genio de Montreal. Es lo que tiene ser una leyenda. Pero es que, además del mero hecho de «estar», lo que ya era garantía de éxito, Cohen regaló a los asistentes un espectáculo de tres horas que dejó satisfecho a todo el aforo.
El recital empezó poco después de las diez, cuando Cohen se arrodilló junto al guitarrista Javier Mas e invitó a los presentes a bailar con él (hasta el final del amor) siguiendo los acordes trazados con el aragonés, cuya complicidad con el cantante canadiense quedó de manifiesto a lo largo de todo el recital. Acto seguido, Cohen se reconoció como «el pequeño judío que escribió la Biblia» mientras las chicas del coro, las hermanas Webb, daban volteretas para regocijo de respetable.
Las piezas clásicas del repertorio de Cohen fueron apareciendo. Una de ellas, «Everybody knows», se reveló como un sarcástico reflejo de su propia vida, pues todo el mundo sabe las razones que le han llevado de nuevo a la carretera. Deslizándose por el escenario como un pájaro sobre el cable, Cohen, el demiurgo generoso, repartía guiños a su banda como el caballero de un libro pasado de moda. Y no era para menos, dado que el conjunto de virtuosos que ha elegido para cubrirle las espaldas en este regreso triunfal a los escenarios se lució por turnos para permitir al canadiense preservar su más preciado tesoro: esa voz esculpida en espuma de mar que desgrana sentimientos recolectados en las cárceles del alma. A ellos pareció dedicarles los versos de «The partisan», escoltado por la calidez de Sharon Robinson, epicentro del coro que formaba con las Webb: «He cambiado de nombre tan a menudo/ y he perdido a mi esposa e hijos/ pero tengo tantos amigos/ y algunos de ellos están conmigo».
Tras presentar uno por uno a todos los miembros de la banda, Cohen decretó un descanso de 15 minutos. En ese momento, con hora y cuarto de concierto, la gente ya daba por amortizada la entrada. Pero aún quedaba lo mejor.
En la vuelta al ruedo, «Suzanne» esperaba sobre el escenario con sus naranjas de la China. Tras esta pieza, Cohen rememoró sus noches con las Hermanas de la Caridad, antes de arrancar al público un sonoro «¡Aleluya!». La medianoche ya había quedado muy atrás cuando presentó por segunda vez a su banda. Sombrero en mano, comenzando por Javier Mas y finalizando con Roscoe Beck (¡qué gran nombre para un personaje de western! ), Cohen rindió pleitesía, con una exquisita humildad y amabilidad, a todos sus acompañantes, antes de perderse entre bambalinas dando saltitos de adolescente. La banda le siguió, pero en la plaza de toros de León nadie se movió. Hasta tres veces salió Cohen. Finalmente, en un gesto hacia sus músicos, les cedió «I tried to leave you». El reloj marcaba la una.