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Crítica / música

Feliz velada, mejores augurios

n El sonido, inteligencia y dinamismo de la OSPA dejaron satisfecho al público en la Laboral

 
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CARLOS JOSÉ MARTÍNEZ Es realmente gratificante acudir al reclamo de un concierto extraordinario y saludarse al finalizar gozosamente al hacer bueno el mismo ante la satisfacción de unos y otros. No es fácil congregar y acertar, más aún cuando el programa es uno de esos de vara innegable para medir el grado de compromiso de una plantilla que a decir verdad, en las últimas oportunidades a las que me he acercado, no terminaba de convencerme. Sinceramente, el sonido, la inteligencia y el dinamismo de la interpretación en el auditorio de la Laboral dejan plenamente satisfecho y feliz a este músico y, por supuesto, incrementan la fe en el conjunto que, lejos de quedar huérfano en ciernes, traza claras líneas de proyección con nuevos aires. Cuestión de tiempo y apuestas.

Abría boca una interesante pieza del aragonés Peris. Su «Música grave» es sencillamente un prodigio de sensibilidad, un ejercicio de retórica íntima y tan personal como el homenajeado, Severo Ochoa. Una reflexión sobre las posibilidades expresivas de la cuerda que se examina en cada compás. Una partitura que precisa de una inercia interpretativa considerable y una disposición abierta y positiva de los músicos. Realmente convincentes y sinceridad en la exposición de Valdés.

Cuentan la admiración que sentía el noruego Grieg por Schumann. Algo evidente, ¿verdad? Su concierto, en la misma tonalidad que el de su predecesor, la menor, es un prodigio de obra. Todo un reto para un joven pianista que no se estrena en esto de la interpretación, pero que tiene todo un recorrido por delante, a buen seguro, tan bien acompañado y asesorado como hasta ahora. El concierto comienza con un impetuoso redoble de timbal y una serie de acordes de gran esfuerzo. Bien resuelto por el púber. El adagio, feliz y bello, de carácter intimista y soñador. Prescinde de los metales, a excepción de las dos trompas. El delicado tema principal es expuesto por la cuerda en sordina -han sudado la camiseta- y tomado después por el piano, que con sus trinos parece reflejar un estado de aparente laxitud sonora, evocadora quizá del tiempo estival temprano. Un movimiento que precisa quizá de una mayor madurez interpretativa y, por ende, de una mayor solvencia. El tiempo, y sólo éste, sumado a un estudio riguroso, hará del pianista un intérprete de fondo. Un pasaje de transición da paso al movimiento final. Allegro moderato molto e marcato -quasi presto- andante maestoso. Está construido sobre un tema de danza popular, alegre y rítmica, que contrasta con un segundo tema de gran lirismo presentado por la flauta. El concierto retoma el brío inicial y, tras la cadencia, finaliza de manera majestuosa y brillante. Lo que bien empieza mejor termina, y es que en esto del arte no existe ciencia exacta, pero sí una ecuación resuelta desde la experiencia de los años: trabajo, trabajo, trabajo. Sumado al talento y a una buena enseñanza, la vida pondrá a cada quien en su lugar. Felicitaciones.

La «Sinfonía n.º 11» de Shostakovich, subtitulada «El año 1905», es una de las obras más programáticas del gran compositor ruso, y plato fuerte de la velada. En ella se retrata lo acontecido en el «Domingo Sangriento», el 9 de enero de 1905, en el que las tropas del zar Nicolás II recibieron a tiros a unos manifestantes que se dirigían al Palacio de Invierno de San Petersburgo, si bien Shostakovich también criticaba con ella de forma oculta a su Gobierno por un suceso similar, acontecido en Budapest en octubre de 1956. El planteamiento programático es tan acusado que obliga a Shostakovich a titular cada movimiento con la parte de la historia que se representa, lo que acerca esta sinfonía al poema sinfónico. Un inicio rutilante y vibrante que auguraba la tensión que mantendría la orquesta durante toda la audición, merced a la credibilidad de un Valdés feliz y, en ocasiones, delicioso y enérgico a un tiempo. En el segundo movimiento, el chileno logra recrearse en los contrastes y en la transición de la violencia de los disparos a la posterior estampa desoladora de los cadáveres esparcidos por todos lados, lo que resulta cuasi cinematográfico. Efectividad para una orquesta pequeña en relación a lo que habitualmente encontramos en otras ejecuciones más cercanas al presupuesto del ruso. Aunque el empleo de cantos populares revolucionarios por parte de Shostakovich recorre toda la sinfonía, resulta evidente en los dos últimos movimientos. En el cuarto, Valdés supo extraer de ella toda la emoción de la identidad rusa, lo que intensifica todavía más el elemento folclórico de esta sinfonía. Una feliz velada que augura una mejor temporada. En buena hora.

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