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«La ley no es una basura, pero tampoco es la gran panacea»

La dura experiencia familiar de Concha Cuesta y su hija dependiente

 
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Concha Cuesta, en Gijón.
Concha Cuesta, en Gijón. r. g.

Gijón, Cynthia GARCÍA

«Todo es mejorable. La ley de Dependencia no es una basura, pero tampoco la gran panacea». Es la opinión de Concha Cuesta Iglesias, de 49 años. Concha es la madre de una joven de 21, que hace seis fue atropellada por un coche. Tras un traumatismo craneoencefálico severo y cinco meses en coma, «a partir de ahí trabajo, trabajo y más trabajo», afirma Concha. El accidente de su hija cambió la vida de Concha radicalmente. Su marido empezó a recibir una pensión por tener un hijo a cargo que no puede trabajar. Una cantidad de 500 euros. Sin embargo, Concha se vio obligada a dejar su trabajo para atender a su hija.

Cuando se anunció la aprobación de la ley de Dependencia se hablaba de que los beneficiarios percibirían entre 700 y 800 euros, y ahí está el problema. «Esta ley se vendió muy bien y había gente que esperaba mucho. Otros no esperábamos nada porque nos dábamos cuenta de que la Seguridad Social no tiene dinero». Tras la valoración efectuada a su hija para determinar el nivel de dependencia, a Concha le ofrecieron una ayuda económica como cuidadora de su hija. Le asignaron 168 euros mensuales: «La cantidad es irrisoria, pero menos es nada». La explicación para esta cifra es que cuando una persona solicita esta ayuda no se tiene en cuenta el nivel económico de la familia, sino el grado de dependencia de la persona a la que se le concede. Por eso, «sumando los 500 euros de mi marido, más los 168 que yo recibo, más lo que están pagando por mi cotización a la Seguridad Social, salen 700 u 800 euros, la cantidad de la que se hablaba cuando la ley salió a la luz», explica Concha.

La ley de Dependencia es la única ayuda que existe para las personas que viven una situación similar a la de Concha. « En el momento en que mi hija tuvo el accidente, nos dijeron lo que tenía y a partir de ahí búscate la vida», recuerda Concha. Fue su familia la que se encargó de buscar un fisioterapeuta y un logopeda para que vinieran a su casa. Después, desde hace tres años, la hija de Concha hace rehabilitación en «Neurocrea». «Todos los días cinco horas, excepto una tarde a la semana que nos la tomamos de descanso», explica Concha. Además, por las tardes su hija realiza actividades que en algunos aspectos son lúdicas, como pintura o Pilates. Todo buscado y pagado por ella.

Concha pide eliminar barreras arquitectónicas, que se respeten las plazas para minusválidos o que se habiliten los centros de ocio. «Hay que pensar en ellos, porque aunque estén limitados no se les acabó la vida».

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