Antonio Pereira, el gran narrador de Villafranca del Bierzo y excelente persona y amigo, que acaba de morir (tenía que escribirle un artículo necrológico) opinaba que el Noroeste (término que peligrosamente está siendo atrapado por el lenguaje político-administrativo) es una vasta región natural que comprende desde Tras Os Montes, en Portugal, hasta el occidente de Asturias. Me encanta tener frontera con Portugal: mucho más que cuando vivía en mi pueblo que sólo linda con Méjico y Madrid. De hecho, los mapas portugueses, pasando por encima de un extenso territorio, señalan la distancia mínima entre la frontera portuguesa por Chaves y el límite occidental de Asturias: 325 kilómetros.
Así que ir a comer a Braganza desde Sevares, que no está en la Asturias occidental, sino en la central, no es un disparate, sino perfectamente posible. Basta con ponerse en camino a las ocho y media de la mañana. En Hospital de Órbigo se unen a la excursión Adelaida y Marcelo Conrado, que dejan en su jardín a su vecino Ramón Echevarría llenándoles la piscina (un vecino portentoso, magnífico, según se comprueba). Hemos pasado de las tierras amarillentas a las verdeadas por los regadíos de Barrios de Luna según consta a la entrada de Villadangos del Páramo, antes de llegar a Hospital, con su puente de interminables ojos y el «paso honroso» de don Suero de Quiñones, que fue de los caballeros que menos lidió en aquellas justas, pero quien más se lució. Dejamos atrás La Bañeza, de donde se constata como resumen de esta comarca que Ponferrada trabaja. Astorga reza y La Bañeza se divierte; los alfares y la excelente carne de buey de Jiménez de Jamuz; Fuente Encalada con su iglesia al borde de la carretera y el enorme nido de la cigüeña sobre el campanario como un sombrero de paja, y en la gran llanura amarilla de Rosales de Vidriales la iglesia solitaria y la reconstrucción del campamento romano de Petavonium. No olvidemos que el cristianismo se extendió por Europa con las legiones, que nos trajeron asimismo otros poderosos elementos civilizadores: las leyes, el vino y el sonoro bronce del latín.
Puebla de Sanabria es una villa de edificaciones blancas con tejados de pizarra, dominada por el cerro en el que se encuentran el castillo, la iglesia y la plaza mayor: lo que ahora, en la terminología actual, se da en llamar el «casco antiguo». La parte baja sigue siendo la de un pueblo agradable, con sabor antiguo. La plaza es de adoquines, con comercios, cafeterías y restaurantes alrededor. Significativamente, esta plaza se llama del Arrabal. En el bar-restaurante Peamar comemos unas lonchas de jamón sobre rebanadas de pan muy finas, que entran muy bien acompañadas con cerveza.
Continuamos hasta Portugal por una carretera estrecha y con curvas, que asciende entre pinares por Ugilde y sale a Rihonor de Castilla, pueblo de aspecto gallego, con casas de piedra en lajas y tejados de pizarra. Dentro del pueblo hay un enorme castaño y un bloque de piedra entre los que se tendía la cadena de hierro que señalaba la frontera. Ahora no hay frontera, pero el castaño sigue en pie. Tan sólo se nota que pasamos de un país a otro en que hasta donde llega España el piso es de asfalto, y donde empieza el pueblo aparece el adoquín. También tiene Rihonor iglesia con buena apariencia y río, y en consecuencia, puente.
El pueblo grande de esta parte es Varge. Y más adelante, en una dilatada llanura, está Braganza dominada por el castillo y la iglesia. Una vez más, el altar y la espada en armonía, como testimonio de una época en la que el mundo estaba bien hecho (o por si le parece esto a alguna exageración, cuando el mundo estaba bien ordenado). El sol alegra el paisaje, de una aridez castellana, con un fondo de llanura que se extiende hasta las elevaciones de una larga línea montañosa sin cumbres que se proyecta contra el vasto cielo azul. Subimos al parador para contemplar mejor el castillo, con robusta torre del homenaje y rodeado por una muralla de más de seiscientos metros de perímetro. La gran torre gótica fue elevada por mandato de João I y su construcción duró cuarenta años: casi toda la primera mitad del siglo XV. La iglesia, dentro del recinto amurallado, tiene las fachadas blanqueadas y una portada importante. También dentro del recinto se encuentra el «Domus Municipalis», obra románica de carácter civil, al tiempo cisterna y lugar de reunión de los «hombres buenos» para tratar asuntos relacionados con la administración municipal. La cisterna recogía y distribuía las aguas de la lluvia. Es curioso constatar que otra de las raras construcciones medievales de uso civil que se conservan en Europa, la fuente de Foncalada, en Oviedo, también estaba relacionada con la distribución de aguas. Otras edificaciones blancas con tejados rojos dentro de la ciudadela 0trivializan un poco el conjunto.
Comemos en un buen restaurante de la ciudad. El servicio, si no esmerado, atento. Lo mismo teníamos a tres camareros interesándose por si nos gustaba la comida que no había ninguno para cambiar los platos. Un problema de la cocina portuguesa es el tratamiento de las salsas: o las ignoran o se exceden. Tomamos, cómo no, bacalao en dos modalidades: sólo con aceite, excelente, y una versión barroca, o si se prefiere manuelina, fracasada a causa de la mayonesa y la cebolla. Personalmente, me quedo con los fritos de bacalao de Casa Conrado. La «bosta a la mirandesa» es una pieza de carne bien trabajada, con guarnición austera. Como en los restaurantes de Portugal no se permite fumar, Marcelo y yo salimos a fumar un par de puros a una terraza frente a una plaza en la que hay una iglesia blanqueada y un pordiosero con un perro.
Regresamos por Quintanilla, hacia las tierras regadas por el río Alisle. Nada más entrar en España, un cartel a la izquierda señala la villa de Nuez y a la derecha, dos guardias civiles se hacen los desentendidos. En Alcañices, villa de categoría, nos desviamos hacia el Norte. Villardeciervos hace honor a su nombre: a la entrada, dos ciervos atraviesan la carretera.