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Carlos Fuentes nadó con Ted Kennedy

El escritor mexicano recibió esta semana el Premio González-Ruano de periodismo

 
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El escritor Carlos Fuentes, durante su estancia en Formentor.
El escritor Carlos Fuentes, durante su estancia en Formentor. diario de mallorca

PALMA DE MALLORCA MATÍAS VALLÉS El desafío de agosto consiste en sortear treinta días con saraos en que se invita a arquitectos corruptos, y en cenar una noche con Carlos Fuentes. El ganador del «Cervantes» y del «Príncipe de Asturias» renueva en Formentor el misterio de quienes podrían elegir cualquier otra geografía y siguen apostando por Mallorca. No construyen en ella, no la mancillan, pagan su estancia a un precio exorbitante y la dejan tal cual era cuando llegaron, porque desean compartir su belleza así que pase otro año. Están enamorados porque no tienen que quedarse.

Fuentes ha aprovechado el paréntesis entre las dos últimas cenas en Formentor para cumplir 80 años, para hablar en el Auditorio Nacional de México ante siete mil personas -aunque ironiza que «Luis Miguel llevó a diez mil»-, para ganar el premio «González Ruano» por su artículo «El Yucatán de Lara Zavala» -tras obtener todos los galardones, se muestra «orgulloso de que se haya otorgado por primera vez a un escritor»-, para escribir una novela que ya está en manos de Carmen Balcells, para habitar Mallorca, Madrid, Barcelona, México, Londres, París, Nueva York y otras. Sus inminentes 81 años son un mero trámite burocrático.

Se necesitaría un libro para comprimir cuatro horas de conversación con Fuentes y su esposa, Silvia Lemus. El estafeta les transmite que el diáfano mensaje de 2009 expresa una esperanza absoluta en Obama, el presidente que ha encandilado a la generación de Kennedy. Acaba de morirse Ted Kennedy, a quien conoció personalmente y de quien destaca la hiperactividad. «Llegabas a su casa y te decía, antes que nada, "vamos a jugar a rugby". A continuación, "vamos a hacer unos largos en la piscina", de aguas casi tan frías como el dry martini que te servía. Y así sucesivamente». Dos preguntas se hacen inevitables:

-¿Cuál era el más brillante de los hermanos Kennedy?

-(Vacila unos instantes, una inesperada reacción en Fuentes). Creo que Bob.

-¿Es sincero el multimillonario Ted Kennedy cuando abraza la causa de los pobres?

-Totalmente. En la estela de Franklin Roosevelt, se enfrenta a su casta para ayudar a los desfavorecidos. Les anima el impulso de devolver a la sociedad una parte de sus privilegios, un comportamiento incomprensible para los latinos. Tampoco tienen miedo a rodearse de colaboradores más inteligentes que ellos. No temen a la brillantez ajena, a diferencia de los mediocres.

Fuentes no olvida ni perdona a Bush. Paseando por los jardines del hotel, da un respingo al recordar una etapa que considera entre las más negras de la humanidad, pero «el presidente sólo era el tonto. El malo era Cheney, y ahí sigue». No todo el mundo sabe que el escritor mexicano es un dibujante con un don para la caricatura, o un imitador de voces que parodia junto al mar el pitido constipado de Pinochet. Avanza a continuación los ganadores de las elecciones de Chile y México. Se muestra contrario a las iniciativas de Álvaro Uribe para ser reelegido en Colombia, le repelen los atisbos de inmortalidad monárquica o eternidad dinástica.

Nadie es vecino de Estados Unidos impunemente. Algo muy grave sucede al sur del Río Grande, pues Fuentes se distrae este año del tratamiento que Washington dispensa a México, para concentrarse en los desgarros que México le inflige a México. «El narcotráfico -carente de cualquier sentido ideológico- amenaza al Estado. El paro juvenil nutrirá las filas de los ejércitos paralelos y, fíjate, nadie habla de lo que sucede cuando la droga traspasa la frontera hacia el Norte». ¿Su solución? La legalización. Sentencia sin pestañear que regresa el PRI, acepta una comparación con el peronismo.

La sangre vertida por el narcotráfico obliga a preguntarle por el «2666» de Bolaño, la novela que deslumbra a los estadounidenses:

-Leo una novela hispanoamericana cada mes, y tengo reservado «2666», pero no quiero leerla como un homenaje fúnebre.

Hay mucha necrología en el culto a Bolaño, espoleado por escritores aliviados por la pérdida de un competidor. Fuentes ha alterado su rutina de dedicar el verano mallorquín en años alternos a novelas de Henry James y Thomas Hardy. Este agosto le ha tocado a Trollope y «¿Puedes perdonarla?». «Los personajes vagan ociosos de una mansión campestre a otra, mientras un imperio se desmorona a su alrededor».

En el capítulo literario, Silvia Lemus muestra en su móvil un excepcional testimonio gráfico, las imágenes exclusivas de Milan Kundera (81) -el escritor que nos ha robado más mujeres-, Carlos Fuentes y Jean Daniel (89), reunidos en París como si medio siglo no fuera nada. El documento estimularía la rapiña de cualquier periodista, los tres amigos siguen en activo y publicando a un ritmo envidiable.

Fuentes ha visto «Enemigos públicos». «Demasiados tiroteos», resume su veredicto. Está fascinado por «Il Divo», la farsa biográfica de Andreotti que pasará a la historia. Recuerda el acto público que compartió con el democristiano y Massimo d´Alema, en el que Don Giulio se arrancó con una disertación sobre «El Océano» que dejó estupefactos a los congregados. Cautivado a perpetuidad por «La vida de los otros», aplaude a rabiar a Helen Mirren como directora de un periódico en «La sombra del poder». «Ha sido Isabel I e Isabel II con igual maestría».

A los 15 años de edad, Fuentes se debatía entre el castellano y el inglés -en el que escribiría su espléndido ensayo «The buried mirror»- como idiomas para encontrar la fórmula del arte. Leyó a Borges, y de inmediato identificó su vehículo lingüístico. Sin embargo, nunca quiso conocer al maestro que justificó la dictadura argentina. Lo utiliza como ejemplo de que la obra debe anteceder a la biografía del escritor. En su casa permanece intacto el voluminoso Bioy-Borges, la perfecta enciclopedia del cascarrabias, un alimento completo.

Ha pasado la medianoche. La sobremesa de Fuentes se alargará cinco horas paladeando «Los miserables» en la versión de Raymond Bernard de 1934, con Harry Baur interpretando a Jean Valjean. El escritor me ha llamado «cronista maldito» acreditando su excelente manejo de la adjetivación, porque el consenso llevaría a «maldito cronista». Con un pie en el andén, quedamos emplazados de aquí a un año. Siempre me desconcierta su confianza en el calendario, que acaba por arrojarnos a la misma orilla. En su caso, tras orbitar el planeta.

Reflexión dominical cinéfila: «Llamamos cineastas a los directores que se creen superiores a sus espectadores».

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