Oviedo, Eduardo GARCÍA
José Barluenga recordó ayer su llegada a Asturias en 1975, recién conseguida la cátedra de Química Orgánica. Con él llegó un pequeño grupo de investigadores que se desplazaron desde Zaragoza a Oviedo «en un alarde de insensata juventud», pero empujados por el entusiasmo del joven profesor. Se encontraron con un escenario «desolador» en lo que hoy es la Facultad de Ciencias. «Durante un año no nos fue posible generar una sola reacción en el laboratorio. Había que luchar de forma denodada para lograr las cosas más obvias».
Aquel joven profesor está a punto de jubilarse, tiene 69 años y afronta su último curso docente. Ayer recibió un homenaje en la reunión bienal de la Real Sociedad Española de Química, que fue inaugurada en Oviedo. Pasaron los años y la vida «en un suspiro», «pero mi entusiasmo inicial está intacto en lo que se refiere a la química. Me siento en plena forma intelectual».
José Barluenga tuvo tiempo en apenas diez minutos para dar las gracias por un homenaje más que merecido, para criticar la Universidad española y sus muros de endogamia que impiden traspasar techos de excelencia, y hasta para quebrar la voz y soltar una lágrima cuando agradeció el apoyo de su familia, en especial de su esposa Mari Cruz. Los asistentes al acto, puestos en pie, le tributaron una ovación prolongada a uno de los grandes nombres de la investigación en la Universidad de Oviedo, cuyo rector, Vicente Gotor, aseguró su continuidad durante cuatro años.
Barluenga no se muerde la lengua, ni siquiera en entornos tan cariñosos como el de ayer. El catedrático de Química criticó «las derivas de la Universidad» en España, «que se alejan cada vez más de nuestros ideales». La endogamia «espectacular» de esta institución «es difícilmente compatible con un país desarrollado. Si no se hace un esfuerzo titánico, la Universidad española no será homologable con nada decente en Europa».
Lo dice alguien que se siente miembro de una generación a la que le ha tocado «poner el tren descarrilado de la ciencia otra vez en los raíles». Pero una cosa es una Universidad que haya dejado atrás arcaísmos, decadencias y olvidos, y otra muy distinta lograr una Universidad de excelencia. Un aviso implícito al Principado. «En estos momentos es crucial el papel de las comunidades autónomas» en relación con la Universidad y la investigación. «Aquellas que no hagan los deberes van a tener que jugar en divisiones inferiores».
La envergadura docente e investigadora de Barluenga la puso de manifiesto uno de sus discípulos, el catedrático de Química de la Universidad de Valencia, Gregorio Asensio: casi 600 publicaciones científicas, un centenar de tesis dirigidas, otro centenar de conferencias plenarias en congresos, premios de la talla del «Jaime I» y el «Alexander Humboldt», y la reciente medalla de plata del Principado de Asturias. «Barluenga es embajador de nuestra química orgánica en el mundo. Decir que se pertenece al equipo de Barluenga es una magnífica tarjeta de visita», dijo Asensio. El presidente de la Real Sociedad Española de Química, Nazario Martín, definió a Barluenga como «el químico más premiado de España y uno de los científicos más importantes de nuestro país». Se homenajeaba ayer, señaló Martín, «a una vida dedicada a hacer ciencia, que es sin duda una de las expresiones más brillantes de la creatividad humana».
«Estoy blando como un flan», reconoció José Barluenga ante tanta expresión de lealtad. El profesor Asensio se había referido minutos antes a unas declaraciones del propio Barluenga en la prensa asturiana cuando se le preguntó qué habría sido de su carrera si hubiera decidido marcharse a los Estados Unidos: «En la vida sólo hay un camino. Compararlo con otro, hipotético, es algo irreal». No le salió mal del todo el compromiso con Asturias a este aragonés del pequeño pueblo de Tardienta, que ayer comprobó que tiene una legión de admiradores y un buen puñado de amigos.