JAVIER MORÁN
Trabajamos con la hipótesis de que el nuevo arzobispo de Asturias será designado en breve, y que su nombre es Pedro López Quintana, nuncio en la India. A la derecha, a la izquierda y en el centro de este valle de lágrimas por el que discurre la Iglesia ya se van formando opiniones al respecto, pero el libro que escriba Quintana en esta diócesis tiene todas sus páginas en blanco, es decir, nada se puede prejuzgar. Bastará con que inteligentemente gobierne y confirme a los católicos en su fe; esto es, que sea persona ordenada -en sus afectos y en el regir-, docto en la palabra, y santificador de lo torcido. «Santificar, enseñar y regir» es lo que le pide la Iglesia a sus obispos.
Sin embargo, se van creando pequeños estados de opinión, algunos exaltados, a la diestra, que esperan ya al futuro arzobispo como a un trueno que llegue entonando el «Confutatis maledictis, flammis acribus addictis» (detenidos los malditos, y entregados a las crueles llamas...). Flaco favor le hacen.
Ahora bien, estos fervores diocesanos bien pudieran ser correlato de lo que sucede en las alturas. En los mentideros romanos o madrileños más discretos creen en dos posibilidades. Una, que la olla ya ha sido destapada, reposa su contenido y a la hora del ángelus de un día de estos será comunicado al orbe católico. Y dos, «¡cuidado!», dicen, que los garbanzos (candidatos) siguen arriba y abajo en la pota, «porque el señalado podría no aceptar».
Mientras se resuelve la espera, dejamos apunte aquí al lado de una curiosa portada del boletín del arzobispado de Munich y Frisinga, de 1977, en el que se lee «Nuestro nuevo arzobispo, profesor Joseph Ratzinger». El detalle de la corbata al cuello del futuro cardenal y Pontífice merecería análisis, pero no de brocha gorda. Alemania o Francia han sido tradicionalmente territorios de una secularidad acentuada, donde el traje clerical no abundaba. Queremos decir que no es exactamente lo mismo una foto (que las hay) de Cañizares con corbata en los años setenta, que esta de Ratzinger. Pero tampoco hay que ignorar que dicha secularidad, si fue un error, fue llevada con elegancia por muchos.