Oviedo, Eduardo GARCÍA
El Aula Magna de la Universidad estaba plagada de un público mayoritariamente juvenil, con mucho investigador en potencia en los bancos. Eso, si los Presupuestos Generales lo permiten. Y Margarita Salas, la científica asturiana más reconocida, les dio ánimos en medio de la penuria que se vislumbra: «Nos faltan vocaciones en investigación, porque éste es un camino duro y la gente joven quiere algo más seguro. Investigar es como meterse en un convento», pero si gusta es una experiencia apasionante. Salas reivindicó la carrera investigadora y dijo que la ministra Cristina Garmendia -científica antes que ministra, dicho sea de paso- quiere ponerla en marcha.
Margarita Salas, su compañero en el centro de biología molecular Severo Ochoa de Madrid Jesús Ávila y el catedrático de Bioquímica de la Universidad de Oviedo Carlos López Otín -este último como moderador- se expusieron ayer a las preguntas de un público heterogéneo sobre ciencia y científicos. Era una actividad paralela al XXXII Congreso de la Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular que se celebra estos días en Oviedo, con vocación de sacar la ciencia a la calle. «Hacer investigación básica no da recursos», planteó un estudiante, y Margarita Salas echó la mirada atrás para replicar: «Llevo 42 años haciendo investigación básica y no tuve ningún problema de financiación. Sin investigación básica no hay aplicaciones».
Jesús Ávila desmontó la obsesión por las publicaciones. «Al final el Nobel no se lo dan a un investigador por el número de artículos publicados en grandes revistas, sino por un descubrimiento concreto». Pero las publicaciones cuentan a la hora de pedir dinero. Si y no, dijo Ávila: «Si el que te va a juzgar tu trabajo es un investigador te preguntará cosas, si es un burócrata querrá saber dónde publicaste».
Carlos López Otín se refirió a la charla «ejemplar» que anteanoche había dado en el auditorio Príncipe Felipe el premio Nobel de Química 2004 Aaron Ciechanover. «Un estudio publicado en una revista modestísima dio lugar a un Nobel», según había explicado el propio científico israelí en el acto de apertura del congreso. «Lo importante es el buen trabajo y los fundamentos, que ésos te acompañarán siempre», aconsejó López Otín a la nutrida representación de universitarios en la sala.
En la pantalla apareció una foto de grupo, con Severo Ochoa a la cabeza y, con él, medio centenar de investigadores. Era lo que había en España. En las últimas filas, la pareja formada por Margarita Salas y Eladio Viñuela, en calidad de becarios. Cuando el matrimonio regresó a España en 1967 para proseguir con sus investigaciones sobre el fago 29, un virus que infecta a bacterias y que estaba llamado a dar un juego increíble, «cobrábamos 22.000 pesetas de sueldo, que no estaba nada mal para la época». Por entonces, Jesús Ávila era doctorando: «Yo cobraba 3.000». Y Margarita Salas remata con buen humor: «Los becarios, siempre reivindicando».
La cosa ha cambiado mucho, pero también queda mucho camino por recorrer. Margarita Salas recordó que «a finales de 2007 la inversión en investigación en España era el 1,3% del PIB, mientras que la media de la Unión Europa, ya con los 27 países, era del 1,8%. Hay que seguir aumentando». Para completar, una frase cuando menos inquietante: «Me consta que la ministra Garmendia hace todos los esfuerzos para que el recorte presupuestario no sea tan grande». La ciencia no es azar, dijo Jesús Ávila, aunque el azar sea una carta más en el puzle de la vida. «El lenguaje genético es universal, aquí no hay razas ni religiones», señaló a su vez Margarita Salas. Hoy le toca el turno, en el mismo escenario, a Joan Guinovart.