COSME MARINA
La muerte de Alicia de Larrocha cierra un capítulo esencial de la historia de la interpretación pianística de la segunda mitad del siglo XX, período en el que se convierte en una de las exponentes más señeras del piano español en la élite internacional. De Larrocha fue referencia absoluta en la interpretación de la literatura pianística de nuestro país -sus versiones de las grandes obras de Albéniz y Granados son insuperables- y también logró inmenso prestigio con refinadas y matizadas transcripciones del universo expansivo del piano romántico. Verdaderamente consiguió el respeto absoluto de sus colegas encandilando al mismo tiempo a una legión de seguidores que veneraban una forma de ser y estar en el mundo de la música muy alejada de los cainitas estándares de la actualidad, dominados por la mercadotecnia y el dinero fácil y rápido.
Nacida en Barcelona, fue uno de esos ejemplos de niños prodigio que encauzan su talento musicalmente y ya dio su primer concierto a los 5 años. A los 12 ofrecía actuaciones junto a orquestas sinfónicas y al término de la II Guerra Mundial su carrera se afianzó con fuerza en el extranjero contando con el espaldarazo definitivo del apoyo entusiasta de Rubinstein. Excepcional formadora de pianistas, pautó su carrera de forma muy inteligente, sin prisas, afrontando cada nuevo reto con tranquilidad y sin prisa. Se alejó del vedetismo, pendiente por la que se deslizaron algunos de sus compañeros, más ocupados en la fama y la popularidad que en ahondar en la esencia de la música desde la inteligencia y el trabajo reposado y afianzado sobre un despliegue técnico y expresivo, soberbio en su caso.
Oviedo es una de las ciudades clave en la carrera de De Larrocha porque sus actuaciones fueron habituales a lo largo de su longeva trayectoria. Entre los melómanos ovetenses tenía nutrida legión de seguidores que veneraban cada regreso suyo a una ciudad en la que debutó muy joven, a los 23 años (en 1947) y a la que se mantuvo fiel hasta su retirada. Su relación con la Sociedad Filarmónica de Oviedo fue íntima. Ella misma lo recordó en un texto que envió para el libro que Adolfo Casaprima escribió sobre la historia de la entidad: «Mis diversas actuaciones en la Filarmónica de Oviedo me traen grandes recuerdos. Tanto artística como humanamente, nuestra relación a lo largo de estos años no me ha aportado más que satisfacciones». El vínculo se estrechó con la concesión, en 1994, del premio «Príncipe de Asturias» de las Artes y sus conciertos siguieron celebrándose en las Jornadas de Piano, el último de ellos, magistral y categórico, en el auditorio Príncipe Felipe. Los premios y reconocimientos le llegaron de todo el mundo. No por ello se dejó llevar por la autocomplacencia. Todo lo contrario. Trabajó con más ahínco, si cabe, y con la discreción de siempre. Poco amiga de conceder entrevistas y de aventuras mediáticas, ahora que ya no está nos quedan su música y el ejemplo de una vida íntegra y honesta, virtudes que volcó sobre el teclado y que, quizá por ello, nos impactaban con fuerza arrebatadora.