VICENTE CUE
Siempre ha existido una cordial rivalidad entre el Ballet Mariinski de San Petersburgo y el Ballet Bolshoi de Moscú. La compañía de la ciudad del Neva destaca por su lirismo, y la de la capital rusa por su bravura. Si lo trasladamos a la pintura, la primera recordaría a Da Vinci y la segunda los trazos fuertes de Miguel Ángel. Ambas poseen una escuela y estilo muy personales y de una excelencia suprema. Esta vez ha sido el turno del Bolshoi, que llegó al teatro Real de Madrid con «Espartaco», la famosa y opulenta versión de Yuri Grigorovich (1927) -uno de los coreógrafos más importantes de la segunda mitad del siglo XX- con música de Aram Katchaturiam.
Esta producción se considera la obra soviética por excelencia ya que lleva toda la filosofía y esencia de aquella etapa. Fue creada para el Bolshoi en 1968. Vladimir Vasiliev interpretó el primer Espartaco. Este bailarín, dotado de un virtuosismo extraordinario, dejó su impronta en el personaje. Desde entonces muchos han tratado de ocupar ese lugar (Mukhamedov ha sido el más sobresaliente). Hace dos veranos, Ricardo Cue -siempre pionero- trajo por primera vez a España a una gala en homenaje a Maya Plisétskaya en la Costa Brava a un casi desconocido bailarín del Bolshoi llamado Iván Vasiliev (coincide el mismo apellido del primer Espartaco). Este jovencísimo artista en aquella noche a orillas del Mediterráneo, arrasó y asombró al público y a toda la crítica. Desde entonces se esperaba ver a este espléndido brote verde en un papel protagonista en un ballet importante. Este hecho acaba de ocurrir en el Real.
La noche tenía muchos alicientes: la presentación en Madrid por primera vez del mítico Bolshoi, con una obra fundamental de la era soviética, una coreografía de Grigorovich en la cúspide de su creación, la poderosa y expresiva música de Katchaturiam y encima asistir al florecimiento de Iván Vasiliev, aquel brote verde. Sobre el escenario madrileño estaban la grandeza y bravura de esta legendaria compañía, así como el rigor técnico y la riqueza de medios.
El «Espartaco» de Grigorovich es un espectáculo intenso, posee impacto escénico y claridad expositiva. Hay algunos pasajes muy elementales, pero en conjunto es un trabajo formidable, con muchos méritos por lo que siempre estará en el repertorio del Bolshoi. El baile está basado mayoritariamente en el vocabulario clásico. El coreógrafo da toda la prioridad y potencia a la danza masculina heroica. Causa sensación la escala masiva y los pasos marciales que se emplean en las vigorosas danzas de los ejércitos romanos. También hay remansos poéticos que alcanza su momento culminante en el bellísimo adagio musical que se hace cómplice con el conocido y emotivo «pas de deux» del tercer acto entre Espartaco y Frigia. Los momentos de alto voltaje de la coreografía se reservan para Craso y sobre todo para Espartaco. En los papeles protagonistas los rusos trajeron una plantilla muy joven. La primera noche vimos al deseado y esperado Iván Vasiliev. Con tan sólo 20 años, dejó patente que aquel hueco dejado por un Vasiliev lo puede llenar otro Vasiliev. Este jovencísimo astro del ballet tiene unas condiciones naturales excepcionales. El papel del esclavo rebelde le va a su personalidad y espectacular forma de bailar. Es un bailarín de gran virtuosismo, brío, vivacidad excepcional e imponente despliegue energético. Imprimió a su acción sustancia dramática y el carácter elegiaco que requiere el personaje. No hay duda: ha nacido una estrella. El amplio vuelo de Iván se hizo evidente en sus seis «split jetés» en el primer acto y en los otros seis en el tercero; fueron impecables y de una elevación impresionante. O en los dobles «assemblé en tournant» casi en horizontal. Su actuación entusiasmó y emocionó (si las cosas salen bien quizás el año que viene podremos verlo por Oviedo). Frigia la mujer que provee a Espartaco de alma y humanidad fue interpretada por Nina Kaptsova. Aleksandr Volchkov mostró su insolencia como el cruel y narcisista Craso. Ekaterina Shipulina fue la malvada Aegina. En la segunda función, con un reparto totalmente distinto, resplandeció por arriba de todos la Aegina de Maria Aleksandrova por su elegancia, belleza y majestuosidad. En las dos noches al final salió al escenario Yuri Grigorovich a recoger los aplausos y bravos que inundaron el teatro de la Plaza de Oriente.