TINO PERTIERRA
EDUARDO GALÁN
Ah, así que sale un tipo cascarrabias y sabiondo hablando a la cámara con ingenio perdonavidas. Ah, así que ese fulano es hipocondríaco, tiene tendencias suicidas y se considera superior al resto de los mortales en inteligencia. Ah, así que fracasa su matrimonio con una mujer superinteligente (y parecida a Diane Keaton, mecachis) y le gusta el cine antiguo, la música clásica y filosofar mientras toma café ante sus amigotes. Ah, así que sale una jovencita que es poderosa Afrodita por su belleza y encanto, que no por su cultura e inteligencia. Ah, así que...
Si la cosa funciona rescata del cajón un viejo guión de Allen (últimamente no hace otra cosa que recurrir a ideas desechadas, véase la desechable Vicky Cristina Barcelona, escrita con post-its de ocurrencias pendientes) y tal vez por eso dé una sensación de ya vista. De requetevista. Convertida su inicial originalidad en un almacén de lugares comunes allenianos, esta comedia que pugna por ser negra y se queda en grisácea no funciona casi nunca, y cuando lo hace es para perder pie a continuación. Sin dudar del talento con cianuro de Larry David, aquí está tan amenazado por la instintiva tendencia a imitar a Woody (aunque diga que el papel estaba escrito pensando en Zero Mostel, no me lo acabo de creer) que no es creíble, suena a copia esforzada pero insuficiente. Y mal se ponen las cosas cuando el argumento (tras un monólogo inicial ácido y prometedor) recurre a un golpe de azar forzadísimo y rodado con desgana como la conversación entre David y su esposa: el misántropo insoportable que insulta a los niños y presume de inteligencia artillada no duda en hacerle sitio en casa a una chica que duerme en la calle y le pide ayuda... siendo, oh, sorpresa, una mujer que aseada y tal se convierte en un ser lleno de encanto. Si alguien se cree la película después quizá se lo pase moderadamente bien con lo que viene a continuación: frases ingeniosas marca de la casa (faltaría más), guiños a Francia (donde rodará el próximo verano) y gags de aprendiz (¡el desmayo de la madre!) y una sonrojante historia de amor infiel de la voluntariosa Evan Rachel Wood. Francamente, que el director de Delitos y faltas o Match point eche mano de un chiste de chigre a costa del «menage a trois» es desalentador. Se supone que, sobre el papel, la metamorfosis de los cavernícolas padres de la chica en seres radicalmente distintos debe tener gracia y conducir a momentos hilarantes, pero ni llegan cuando se encuentran con que su hijita se ha casado con el gruñón (una pirueta que tampoco funciona: ¿quién se puede creer que esa chica vea atractivo a semejante cardo borriquero?) ni asoman en las esperadas colisiones finales, a las que Allen llega sin saber qué mensaje embotellar.
Esta noche volveré a ver Annie Hall, Bananas o Balas sobre Broadway para quitarme el mal sabor de boca. A tu salud, Woody.
Literatura y videojuego, «reality» y casa del terror, «REC» agitó con energía las formas (no tanto el fondo) del horror contemporáneo. Los sucedáneos no se hicieron esperar: superproducciones como «Monstruoso» o series «B» como «Paintball». Con recursos similares, estas películas no rozaban la habilidad de Balagueró y Plaza para retratar el miedo acarreando una opción formal hasta el final.
Agotada hoy la capacidad de sorpresa de esos juegos de cámara subjetiva, igualar el listón de la primera parte parecía complicado.
Con el propósito de reciclarse, Balagueró y Plaza apuestan en su secuela por la multivisión, las digresiones temporales y, muy importante, por la translocación de otro subgénero dentro de la trama.
La ruptura de la pantalla y ese «flashback» a medio metraje son méritos exclusivos de unos cineastas inteligentes que comprenden que la réplica de esquemas reduciría su película a una anécdota.
Habría que estudiar además cuántas secuelas desmienten con acierto las temáticas de sus antecesoras. Si los zombies y el contagio monopolizaban los argumentos del anterior, en este filme lo sobrenatural y las constantes referencias a «El exorcista» dan una segunda capa de barniz al metraje.
Sin acercarse a los logros de su predecesora, «REC 2» avanza gracias al tesón de dos cineastas que, en lugar de acomodarse, se plantean retos y descubren puertas donde creíamos que no existían.