JAVIER RODRÍGUEZ MUÑOZ
Conocí a Javier Fortea en 1975, con ocasión de las excavaciones que su maestro Francisco Jordá reemprendía en Cova Rosa, cueva situada en términos de Sardéu en el concejo de Ribadesella. Durante un mes compartimos vivencias y largas charlas sobre Prehistoria en general, y sobre la problemática de la asturiana en particular. Las jornadas eran largas. A primera hora salíamos de Arriondas, donde estaba nuestra base, hasta Calabrez, donde dejábamos los coches y hacíamos el cuesto y largo camino hasta la cueva. Aquel mes en Cova Rosa aprovechamos bien el tiempo. Pasábamos en la cueva-abrigo toda la mañana y buena parte de la tarde. La de Cova Rosa era una excavación planteada con el objetivo de desenterrar estructuras horizontales de ocupación, en la línea de lo que el prehistoriador francés André Leroi-Gourhan había hecho en Pincevent. Por entonces, también estaba en plena efervescencia la interpretación del Arte Paleolítico de Leroi-Gourhan, cuya obra «Prehistoire de l'Art Occidental», publicada en 1965, había revolucionado la visión y consideración de este arte. Eran tiempos de grandes avances tanto en arqueología paleolítica como en el arte de esa época.
En el ámbito de la cornisa Cantábrica daban por entonces los primeros pasos una generación de prehistoriadores que no llegaba a los treinta años y que haría avanzar singularmente el conocimiento del mundo paleolítico. Por Cova Rosa pasó Manolo Hoyos, muerto también prematuramente, cuyos estudios sobre Geología del Cuaternario fueron fundamentales en ese tiempo, y Pilar Utrilla, que preparaba entonces una tesis doctoral sobre el Magdaleniense cantábrico. En Tito Bustillo excavaba Alfonso Moure Romanillo; en los Azules, Juan Fernández-Tresguerres; en Mazaculos, Manuel R. González Morales, y en la vecina Cantabria se movían ya Federico Bernaldo de Quirós, Victoria Cabrera y otros más, y seguía ejerciendo su magisterio Joaquín González Echegaray, cuya excavación en Cueva Morín, junto con el americano L. G. Freeman, era una referencia en la Prehistoria cantábrica.
Nunca perdí el contacto con Javier Fortea, que pocos años después se vinculó a la Universidad de Oviedo y quedó enganchado en el mundo de nuestra Prehistoria. Alguna vez colaboró en obras que me tocó coordinar, y hace poco más de un año participó generosamente en «La Prehistoria en Asturias», que editó LA NUEVA ESPAÑA, y en la que Javier pudo hacer una amplia síntesis sobre mucho de lo que sabía y se había descubierto en los últimos años tanto en el campo del Arte Paleolítico asturiano como en el proyecto de excavación de la cueva de Sidrón, ya entonces totalmente reconocida a nivel mundial, y cuyos hallazgos nos siguen sorprendiendo cada año.
Sabía que no pasaba por un buen momento de salud, pero nunca piensa uno que esas cosas acaben tan triste y fatalmente. Siempre le tuve un sincero aprecio y ahora sólo me queda desearle en la vieja fórmula latina: sit tibi terra levis. Quiero finalmente expresar desde aquí mis condolencias a María Jesús, su viuda, que también compartió la experiencia de Cova Rosa aquel verano de 1975, junto con el que entonces era primer hijo del matrimonio.