SEVERO OCHOA
Majestades, altezas reales, excelencias, señoras y señores:
No me es posible hallar palabras adecuadas para expresar mi profundo agradecimiento por el gran honor que me habéis hecho, el más alto que un hombre de ciencia pueda recibir; y me siento muy feliz al compartirlo con mi antiguo asociado, mi amigo de tantos años, Arthur Kornberg. Me doy honda cuenta del valor de la distinción, de que mis colegas del Instituto Carolino me han considerado digno, pero lejos de sentir orgullo, es humildad la que experimento al encontrarme junto a los grandes hombres que me han precedido. Esto representa para mí una obligación, que quiero tratar de afrontar con un aumento del esfuerzo y de la dedicación a la ciencia, ya que el premio Nobel no es el fin de un camino, sino el comienzo de otro nuevo, tal vez más arduo.
Como natural de España, nación a la cual debo mucho de mi fondo de educación y cultura, fui profundamente influido por mi gran predecesor Santiago Ramón y Cajal. Entré en la Facultad de Medicina demasiado tarde para haber recibido directamente sus enseñanzas, pero a través de sus escritos y de su ejemplo, aquel obró mucho en el despertar de mi entusiasmo por la biología y en la cristalización de mi vocación. Entre los grandes nombres, que ilustran la lista de los ganadores de premios Nobel en Medicina, está el de Otto Meyerhof, mi admirado maestro y amigo, a cuya inspiración, guía y ánimos tanto debo.
También he tenido la fortuna de trabajar bajo la dirección de otros grandes científicos, y deseo reconocer mi deuda con sir Rudolph A. Peters y con los laureados premios Nobel Carl y Gerty F. Cori, que tanto hicieron para añadir nuevas dimensiones a mi perspectiva científica y para acrecentar mi experiencia intelectual.
Mis trabajos no habrían sido posibles sin la devota ayuda de los estudiantes de investigación de distintos países, con los que he tenido la fortuna de estar asociado durante años. También debo mi gratitud y amor a mi gran país de adopción, los Estados Unidos de América, donde como muchos otros he hallado yo puerto de generosidad y comprensión, así como un medio ambiente ideal, y facilidad para mi labor. En años recientes, la Bioquímica -la química de la vida- ha logrado alcanzar el primer plano de la investigación biológica. Nada más natural puesto que en el fondo de toda vida se hallan reacciones químicas.
El enorme crecimiento de la Bioquímica no habría sido posible sin el previo desarrollo de la Química; y Suecia puede estar justamente orgullosa de haber tenido pioneros como Bergman, Scheele, Berzelius y Arrhenius, a los que se deben muchos de los fundamentos básicos de esta ciencia. Suecia tiene, también actualmente, hombres que están en la línea del frente de la Bioquímica de hoy.
El estudio de la vida, que al perpetuarse de generación en generación, sigue las sustancias básicas de la vida, los ácidos nucleicos y las proteínas, estudio que ha sido precedido con la alucidación de su estructura química y los avances tan espectaculares de la genética, nos han aproximado cada vez más cerca, a la comprensión de los hechos más característicos de la vida.
El hombre casi ha conquistado ya el átomo, y está preparándose para la conquista del espacio. Ha descubierto muchos de los secretos de la materia inerte y empieza a cavar hondo en el reino fronterizo entre lo vivo y lo muerto; el mundo de los virus. Es posible que el hombre nunca halle la clave de la naturaleza del sentido de la vida, pero podemos dirigir la vista adelante, con confianza y antelación, hacia una mucha mejor comprensión de un gran número de sus misterios.
Para terminar quiero expresaros en nombre de mi mujer, mi devota camarada, y en el mío, nuestra profunda deuda por vuestro recibimiento tan amistoso y por vuestra generosa hospitalidad. Conservaremos el recuerdo de estos días, en tanto vivamos.