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El día de Ochoa, entre amigos y familia, solía acabar con un paseo hasta La Atalaya luarquesa, al caer la tarde. Allí, solía hacer fotos, otra de sus aficiones. Era frecuente encontrarle por Asturias con la cámara fotográfica en la mano. Tenía una gran colección de negativos que hoy, por desgracia, todavía están extraviados. Le encantaban los atardeceres y los retrataba constantemente, sin aburrirse, «un día tras otro».
Al lado, se encuentra el cementerio luarqués, otro de sus rincones. Allí pasaba largos ratos, de pie, en la tumba de su mujer. «No era religioso y siempre nos preguntábamos qué hacía allí si él no creía en nada», confiesa de sobrino nieto.
Además de la mariscada, también le gustaba el chocolate con churros. «Los cenaba todos los días». Y con el chocolate en los labios, casi se iba a la cama. Cuando ya faltó su mujer se retiraba pronto. Su familia dice que aprovechaba sus momentos de soledad para leer con denuedo, «y también se traía trabajo», explica Joaquín.
En las vacaciones asturianas, cuando todavía su casa era «Villa Carmen», este retiro se escenificaba en el lugar que él llamaba palomar. Desde una de las ventanas de esta habitación, veía la playa de Portizuelo, donde aseguraba que se despertó su pasión por la Biología. «No se iba de Luarca sin visitarla», cuenta Morilla. Y con esa imagen de la playa que visitaba de niño, retornaba al laboratorio. Y volvía a trabajar con pasión para seguir descifrando el misterio de la vida, ésa que él supo disfrutar en Villar de Luarca hasta su última visita.