CHUS NEIRA
Fue en el verano del noventa y nueve, en el festival de la sidra de Nava. Servidor y el fotógrafo Pablo Lorenzana íbamos al encuentro de Luis Aguilé con cierto regocijo bizarro. El cartel lo completaba Juan Bau (sí aquella voz levantina de «La estrella de David») y la idea era juntarlos donde la barrica que está en la plaza de Nava para componer un reportaje en el suplemento de verano que se acabaría titulando «Aguilé y Juan Bau regresan por el tonel del tiempo».
Bromas aparte, Aguilé, como el Rey y el Príncipe, llegó conduciendo su propio coche, con su esposa, hizo pruebas con unas casetes en las que se traía las bases musicales, y ante la petición de entrevista nos pidió que le acompañáramos a su hotel y cenáramos con ellos. Aguilé se comportaba como si fuera Sinatra, y nos trató como si viniéramos del «New Yorker». Al segundo plato me pidió que dejara de tomar notas, que comiera y que disfrutara de su conversación. Nos contó cosas increíbles, como que él había ideado la fórmula del rock'n'roll antes que Elvis pero que el de Tupelo se le había adelantado a la hora de grabarlo y editarlo, y que ya no pudo seguir por ese camino. Luego nos llenó de discos suyos y autógrafos, y se fue a dar el concierto, con sus seguidoras rendidas. Mil cosas al margen, Luis Aguilé era un caballero, un señor. Capaz, como recordaba ayer Yolanda Lobo, de invitar a champán a todo el público la vez que vino a actuar a la Santa Sebe. No veremos tal nunca más. Perdón por el tonel. Y gracias.