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Ochoa, el regreso veraniego a sus raíces Mucha tertulia, buen marisco y la fascinación por el paisaje de Carangas

l Familia y amigos rememoran las vacaciones del científico en su concejo natal de Luarca, refugio al que nunca quiso renunciar
l Vida metódica, largos paseos, cócteles y conversaciones sin tiempo consumían los días felices del bioquímico en su tierra

 
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El busto de Ochoa, en el interior.
El busto de Ochoa, en el interior. 
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El jueves, día 15, se cumplirán los 50 años de la concesión del Premio Nobel de Medicina al asturiano Severo Ochoa. Los paisajes de Luarca, su localidad natal, se reflejan en este reportaje; paisajes a los que el investigador regresó siempre, y que se han vuelto definitivamente suyos tras su muerte en 1993.

Luarca,

Ana M. SERRANO

«¡Qué ye, oh!» Severo Ochoa saludaba con esta expresión cuando pisaba suelo luarqués. Solía llegar en su coche a Villar de Luarca para pasar unos días en la casa donde creció, «Villa Carmen», y lo hizo hasta que ésta se vendió, allá por el año 1989. A partir de entonces, pasaba las noches de sus vacaciones en casa de su sobrina, también en Villar de Luarca, y cerca de su paisanos, comunicándose con ellos como había aprendido a hacerlo: entre asturiano y castellano.

En el barrio de su infancia pasaba entre 10 y 15 días de los meses de junio o de julio. Dependía del año y de las circunstancias personales del científico. Venía cada dos o tres veranos, y la vida en Villar de Luarca, durante ese tiempo de asueto, se repetía cada día, sin descanso. «Tío Severo era muy metódico», recuerda ahora su sobrino nieto, Joaquín Morilla.

Como nunca se desprendió de su pasión por conducir, pisaba suelo luarqués a bordo, inevitablemente, de su automóvil. En Villar de Luarca esperaban su presencia familiares, allegados y vecinos. Llegaba «a casa» y empezaba un día a día a base de paseos, extra dry, y familia, mucha familia. Y, claro, abundantes amigos.

«El tío no madrugaba», matiza Joaquín. Cuando vivía su mujer, Carmen Covián, y se hospedaba en «Villa Carmen», lo primero que hacía era dar un paseo por el jardín de la casa familiar. Era el primero de unos hábitos con los que buscaba sobre todo tranquilidad. Allí, en esa gran finca, recordaba los momentos vividos con su familia, los retratos hechos. Después, solía almorzar con amigos. Y cuando tenía visitas o quería compartir la comida con los más cercanos, el restaurante elegido siempre era el mismo: Casa Consuelo, en Otur. Ochoa era hombre de buen gusto y de fidelidades sólidas.

«Le encantaba la caldereta de marisco y el albariño; después bebía unos chupitos de vodka seco», explica Alberto, uno de los propietarios de la casa de comidas, tan cercana a Luarca. Allí, un salón lleva su hombre y un busto del biomédico recuerda sus por entonces frecuentes visitas. Siempre elegía, además, la misma mesa, que se encuentra en un lugar recogido del salón.

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Luarca, A. M. S.

Las vacaciones luarquesas de Severo Ochoa y de su esposa Carmen eran en lo fundamental tiempo de conversación. Se le recuerdan sus largas tertulias de sobremesa, en intimidad -algo que buscó siempre-; y en medio de un ambiente tranquilo y relajado. «Con el marisco disfrutaba muchísimo», comenta su sobrino Joaquín Morilla. Y al contrario de la costumbre española, después de la abundante comida asturiana nunca jamás había siesta, sino un chupito de vodka y paseo.

Solía Severo Ochoa coger su coche y conducir hasta llegar a la zona de Carlangas, todavía en el concejo de Valdés; un enclave privilegiado donde se puede avistar mar y montaña. Pasaba las tardes en este lugar. Y allí cuentan que tenían grandes conversaciones con los pastores de la zona.

«Nunca supimos de qué hablaba con ellos tantas horas. Algunos dicen que era huraño, pero nada de eso. Lo que pasa es que no le gustaba que le agasajaran y si podía solía evitar esas situaciones», confiesa su sobrino nieto.

Sobre las siete de la tarde, Severo Ochoa aparecía en la casa de Joaquín Morilla. Era la hora sagrada del extra dry.

En los últimos años de su vida, acudía con sus amigos Simón y Jesús y allí se preparaba su bebida favorita, a base de hielo, una buena cantidad de ginebra y vermú seco. Una de las muchas veces que se reunió con Joaquín Morilla, su mujer y su hija en el salón familiar, el Nobel asturiano osó revolver el famoso cóctel con un dedo. «Cuando él terminó, mi hija empezó a hacer lo mismo y mi mujer le llamó la atención, la niña dijo, a modo de justificación: "Pero si lo acaba de hacer tío Fabelo"».

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