ANTONIO RICO
Decía el gran escritor Stefan Zweig, a propósito del filósofo Federico Nietzsche, que los hombres de orden son habitualmente ciegos para descubrir lo que es original, pero tienen un instinto infalible para señalar lo que les es hostil. Nietzsche tuvo pronto muchos enemigos porque era un tipo dudoso, un francotirador en todas las categorías, una mezcla de filósofo, filólogo, revolucionario, artista, literato y músico. Lo mejor que se me ocurre decir tras la muerte de Andrés Montes es que los hombres de orden estuvieron ciegos para descubrir su originalidad, pero rápidos para señalarle como el enemigo público número uno de las retransmisiones deportivas.
Andrés Montes, el Nietzsche de La Sexta, era un tipo dudoso, un francotirador en todas las categorías, una mezcla de comentarista deportivo, gourmet, melómano, artista de los motes y filósofo de andar por casa. La vida puede ser maravillosa y puede no serlo. Lo es cuando nos damos cuenta de que los niños españoles saben quién es Humphrey Bogart gracias a que Andrés Montes llamaba siempre así a Xavi, el excelso centrocampista azulgrana. Tócala, Sam. Y Xavi tocaba, y tocaba, y tocaba. Pero la vida no es maravillosa cuando Xavi no toca el balón y cuando toca decir adiós al tipo que, como hizo Nietzsche, invirtió todos los valores al comentar un partido de fútbol o de baloncesto. Andrés era un comentarista dionisíaco que amaba la vida, que intentó recuperar la inocencia primitiva del fútbol y que siempre quiso estar más allá del bien y del mal.
Muchos comentaristas deportivos viven con el fútbol como quien vive con su esposa, engendrando partidos felices y fieles a los hechos. Andrés Montes no era así. Lo suyo era el erotismo de la palabra, la felicidad de hacer preguntas absurdas a Salinas y la infidelidad a los hechos si los hechos se ponían pesados. Será difícil que Andrés Montes pueda tocarla otra vez. Pero siempre nos quedará Nietzsche.