JAVIER MORÁN
El retorno a la obediencia de Roma de medio millón de anglicanos tradicionalistas merece especial atención. El hecho figurará en los anales del pontificado de Benedicto XVI, un Papa con enormes deseos de atraer a los cristianos separados -según manifestó justo al sentarse en la Cátedra de Pedro-, pero con planteamientos teológicos muy severos, y muy finamente hilados: «La subsistencia en la Iglesia católica de la única Iglesia de Cristo» (Declaración «Dominus Iesus», 2000).
En esta línea, el entonces cardenal Ratzinger vetaba a los anglicanos la denominación de «Iglesia», algo ante lo que se revolvieron, pues se consideran como confesión católica, aunque no romana. También estima la Iglesia anglicana que hunde sus raíces tan hasta Jesucristo como la Iglesia católica, pese a que ya en 1896 el Papa León XIII negó validez a las ordenaciones episcopales anglicanas y sentenció que no existía en ellas la sucesión apostólica. Sea como fuere, el suceso relevante es que gran número de anglicanos retornarán al seno del catolicismo romano, pero con una particularidad: la de su cuño de «tradicionalistas», un elemento que no hay que menospreciar justo cuando a partir de mañana comienzan los encuentros entre los lefebvrianos y la vaticana Congregación para la Doctrina de la Fe, con el fin de hacer concordantes los respectivos planteamientos dogmáticos.
No obstante, no podemos ni imaginar que, a raíz de esos intercambios, la Santa Sede retrocediera con respecto al Concilio Vaticano II, aunque no se ha de descartar un documento que muy sutilmente acote de nuevo los contenidos conciliares. En cualquier caso, visto el retorno de anglicanos tradicionalistas y el diálogo con los lefebvrianos tradicionalistas, queda claro que el catolicismo acoge mejor los cismas por la amura de estribor que las disidencias por la de babor.
Ahora bien, los anglicanos tradicionalistas retornarán con sus sacerdotes casados, y éste es también un hecho de singular importancia. La Iglesia de Benedicto XVI admite esa excepción -como está admitida asimismo con diversas iglesias orientales-, y la pregunta que de ello se deriva resulta totalmente lógica: ¿es el celibato sacerdotal un requisito inexcusable o un elemento de la tradición que hasta ciertos tradicionalistas no contemplan?