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-¿Hablaban de la inevitable cercanía de la muerte?
-Nunca. A Sabino le obsesionaba el tema pero no quería hablar de ello. Yo le decía: me gustaría morir escuchando la música que me gusta, y él siempre me contestaba que cómo se me ocurría decir esas cosas. En todo caso solía ironizar con la sepultura que había adquirido en el cementerio de Oviedo, con vistas al Aramo. Una vez me preguntaron cuál era mi color preferido y yo contesté que el azul de la montaña asturiana cuando está a punto de irse el día. Y el otro día en la ceremonia del entierro yo veía la luna entre dos cipreses, y ese azul de la tarde noche, y un cielo sin estrellas pero con un único lucero. Allí estaba Sabino... Ya ve, soy una romántica y una sentimental.
-No, no, si es una imagen muy bonita. En serio.
-Sabino decía que yo era muy cursi.
-Y a partir de ahora...
-Pues no sé qué voy a hacer, la verdad. Seguir escribiendo, desde luego. Acaba de llegarme a casa mi novela, se titula «El enigma de Ana. Un amor más allá de la muerte». Es la historia de una mujer que se pasa la vida buscando a un hombre al que ama y que cuando muere deja una especie de diario para que ese hombre lo lea. Bueno, lo que le decía, algo muy sentimental. Una de esas novelas que a lo mejor hay que esperar a cumplir sesenta años para abordarla.
-Es su primera obra de ficción.
-Sí, a ver cómo funciona. Me apena que a mi marido no le haya dado tiempo a leerla.
-Hablábamos del futuro. El inmediato y el otro.
-¿Y si voy a un sitio donde nadie me conozca? No, eso no lo haré. Supongo que pasaré más tiempo en Asturias disfrutando de dos sobrinas nietas que son un encanto. Alba tiene 4 años y Esther seis meses. Pero no me desligaré del todo de Madrid. Yo no voy a ser la continuación de Sabino, pero hay un nexo sentimental con muchos amigos de mi marido que no quiero dejar atrás.
-¿Le comprometo si le pregunto por la Familia Real?
-Se volcó desde el primer momento, desde el primer día de estancia en el hospital. Cuando los Reyes visitaron el tanatorio, recuerdo que don Juan Carlos me preguntó de quién había sido la idea de que el féretro no tuviera ventana. Le contesté que era una decisión mía y me dijo: «Te felicito». Yo lo quería, con un sudario, sin más. Después don Juan Carlos me cogió del brazo y dijo: «No sabes cuánto le debo yo a Sabino».
-¿Y qué le contestó?
-Le dije que cuánto le hubiera gustado a mi marido escuchar esas palabras.
-Seguro que se las dijo en vida alguna vez.
-Sí, pero cosas así siempre es bonito escucharlas una vez más.