TINO PERTIERRA
«Fernando Galindo, un admirador, un siervo, un amigo, un esclavo...». «¡Padriiiiiino!». José Luis López Vázquez parecía llamado a reinar entre los secundarios del cine español, sección comedia cáustica o patosa o empalagosa. Su vis cómica le aseguraba su pedazo de cielo encarnando sin despeinarse a cuñados entrañables y liantes, maridos cornudos e histéricos, salidos rezongones o reprimidos de calcetines erectos. Se ganó con el humor de su amplia frente la etiqueta de cierto prototipo de españolito: bajito, blandito, calvito y con bigotito.
Así se escribía la carrera de López Vázquez, con algunas joyas (Atraco a las 3) y no pocos pedruscos, cuando los popes del cine adusto vieron en su rostro el mejor careto posible para profundizar en los vacíos de la incomunicación, los abismos de la memoria, la perplejidad de quien se ahoga al respirar. Carlos Saura lo convirtió en la cabeza visible de títulos tan significativos de aquella época como Peppermint frappé o la sensacional La prima Angélica; Pedro Olea se sirvió de su aspecto más silvestre para El bosque del lobo; Manuel Gutiérrez Aragón se aprovechó de su mirada hosca e inquisitiva en Habla, mudita...
El jocoso y entrañable padrino también sabía mostrarse antipático, huraño, introvertido, poco dado a gesticular y sin cachondeo, pero las lentejas las seguía ganando aprisa y riendo, unas veces para bien (La escopeta nacional: nadie mejor que él para sostener a pulso los bulliciosos planos secuencia de Berlanga) y demasiadas para mal, con chuscas comedietas de saldo. Un día dejaron de llamarle para la pantalla grande, y el hombre que angustió a todo un país atrapado en una cabina se quedó comunicando en televisión. Menos mal que el argentino Juan José Campanella se acordó de él para ofrecerle un papel a la altura de su inmenso talento en Luna de Avellaneda. Como no podía ser de otra forma, lo bordó.