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A su regreso a España sus escritos comenzaron a publicarse, lentamente. En los ochenta fue elegido académico de la Lengua e investido doctor honoris causa por las universidades de Madrid, Sevilla y Granada. Cuando en 2002 cumplió 96 años y presentó la reedición de «Cazador en el alba» declaró que seguir viviendo no era, en su caso, «un mérito personal, sino un mérito de la naturaleza». Quienes le escuchaban, sin embargo, sabían muy bien que su lúcida juventud era fruto de una inteligencia inagotable, que nunca se había dejado engañar.
Longevo, gracias a la genética, a su comida frugal y, según cuentan, a su vasito de whisky y a sus cucharadas de miel diaria, Ayala pudo ser testigo de la celebración de su centenario. Ese día, 16 de marzo, sopló sus cien velas acompañado por su familia y por los Reyes de España de forma tranquila y desapasionada. «Muy agradecido y emocionado», decía que su vida «había terminado», que ya no le quedaba futuro: «Sólo un presente congelado».
La Biblioteca Nacional le brindó su último homenaje el pasado 3 de marzo, con motivo de su 103.º aniversario. «Toda mi vida me he limitado a cumplir con mi deber, y creo que lo he hecho más o menos decentemente», decía entonces, y como colofón, añadió: «Doy las gracias al mundo por haberme consentido seguir adelante».
El Rey don Juan Carlos y los Príncipes de Asturias, Don Felipe y Doña Letizia, visitarán hoy la capilla ardiente de Francisco Ayala en el tanatorio madrileño Parque de San Isidro. La Reina Doña Sofía acompañó ayer a su viuda, Carolyn Richmond, en su domicilio. Si la juventud está en el alma, Ayala murió a sus 103 años siendo un hombre joven. Antes había sido un joven viejo con una mente lúcida que fascinaba los que se acercaban a él.