Madrid
Con la muerte de Francisco Ayala se va el testigo privilegiado de todo un siglo, un superviviente centenario de la Generación del 27 y una mente lúcida y crítica que plasmó en sus más de cincuenta libros su visión de la vida, siempre marcada por la ética. El granadino y ciudadano del mundo Francisco Ayala se ha ido a los 103 años y con los deberes cumplidos en su larga vida. Con el reconocimiento de todos, con los mejores galardones -premio «Príncipe de Asturias» de las Letras, premio «Cervantes», Premio Nacional de las Letras Españolas-, con el aplauso de la sociedad por su saber estar en el mundo y con la convicción de no haber hecho nada de lo que tuviera que arrepentirse.
Ensayista, narrador, sociólogo, académico y enamorado del cine, Ayala, único representante de las letras españolas que ha logrado llegar a los 103 años, construyó en todas sus obras un mundo narrativo marcado por la lucidez, la ironía y el desencanto. Era un gran convencido de que la libertad individual debía ser proyectable a todos los planos de la existencia y un hombre comprometido con su tiempo pero que rechazaba cualquier adscripción política concreta.
«El compromiso debe establecerse con uno mismo y con la realidad en que vivimos, pero no con el ideario de un partido. El intelectual al que le dictan lo que ha de pensar abdica de su condición intelectual», sostuvo siempre Ayala. Y estaba convencido de que «en este mundo de descomposición, la única salvación que podemos encontrar es la revolución moral».
Su biografía está en sus obras, porque el autor de «El jardín de las delicias» no deslindaba vida y literatura. Todo era una misma cosa, desde aquel primer libro de ficción que escribió con 19 años, «Tragicomedia de un hombre sin espíritu», hasta los últimos ensayos de senectud, cuando decidió que el tiempo de la novela había pasado.
Ayala opinaba que ese género había sido sustituido por la televisión, un medio de comunicación que llegó a fascinarle «como instrumento de poder, de organización del mundo, pero también de desorganización, mal utilizada». «La imaginación popular encuentra su alimento en el cine y la televisión, mientras que la novela de calidad artística tiende a convertirse en lectura especializada para críticos y profesores o para los colegas del novelista», decía al cumplir 60 años.
Catedrático de Derecho Político antes de la Guerra Civil, crítico literario, profesor de Literatura en Estados Unidos, editor y traductor, Ayala se consideraba ante todo un escritor, alguien que narraba por placer y con libertad porque nunca vivió de su vocación, lo que le mantuvo «siempre libre», decía.
Junto con Ramón J. Sender y Max Aub, Francisco Ayala estaba considerado uno de los grandes de la literatura del exilio, aunque él, que pasó 37 años en el destierro, siempre rechazaba que hubiera una literatura del exilio, ya que éste «no fue homogéneo, había puntos de partida diferentes y situaciones distintas», algunas, como la suya, «de lujo», decía. «Hay que desmitificar el asunto del exilio, porque hubo personas que incluso ascendieron en su escala profesional y no lo pasamos tan mal», contaba a los periodistas justo el día antes de cumplir cien años.
«Lo decisivo en cuanto al exilio fue la incomunicación que padecieron los españoles durante el régimen de Franco con respecto a lo que publicábamos entonces, tanto los escritores de lengua española como de otros países», sostenía Ayala, que siempre sacó fruto a su estancia obligada en el exterior y no se sintió marcado por ello, «quizás por esa propensión mía a adaptarme a cualquier rincón», entendía. Él regresó calladamente, poco a poco y a partir de 1960. «Cuando se pudo volver», admitía años más tarde, y cuando su obra empezaba a ser reconocida. En 1978, Francisco Ayala se instaló definitivamente en Madrid.
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