Oviedo
Cuando en 1998 Francisco Ayala recibió el premio «Príncipe de Asturias» de las Letras tenía 92 años. Su inteligencia y lucidez se mantenían inalteradas. Era un insustituible testigo de las transformaciones políticas, sociales y económicas del siglo XX, y su discurso en la ceremonia de entrega de los premios, en representación de todos los galardonados en aquella edición, constituyó, precisamente, una aguda reflexión sobre ello, concretamente, sobre los efectos de la tecnología sobre la condición humana.
Ayala atribuía «el desconcierto en que cultura y sociedad se encuentran sumidas al llegar a estos finales de siglo» a «la radical y cada vez más vertiginosa revolución tecnológica, que ha venido a cambiar de arriba abajo los sistemas y los modos de conducta humana». La tecnología plantea «un dilema», afirmaba. «O bien, un salto gigantesco hacia una ordenación superior de la vida común sobre el planeta o, si no, su hundimiento catastrófico en el caos». Ayala sostenía que si esos instrumentos eran utilizados «con sensatez» procurarían a la humanidad «una calidad de vida superior dentro de un mundo unificado».
El escritor granadino siempre situó a las personas en el centro de su obra. Hace tres años, en junio de 2006, ofreció una conferencia en el Paraninfo de la Universidad de Oviedo, invitado por la Cátedra «Emilio Alarcos». En todo momento «he tratado de reflejar la condición humana», declaró.
Desde el estrado, el pensador demostró su claridad de ideas y derrochó ironía. Habló de Leopoldo Alas Clarín, «un escritor rompedor, con una personalidad propia, distinta a lo existente y mal entendida por mucha gente»; se lamentó del «bajo nivel y la falta de responsabilidad de algunos políticos»; negaba cualquier sentido a la vida, más allá del mero hecho de haber nacido -«el sentido lo da la vida misma», aseveraba-, y se lamentaba de los derroteros por los que avanza el mundo en la actualidad, con una sociedad «inmersa en un esplendor un poco repugnante de riqueza».