VÍCTOR GARCÍA DE LA CONCHA
DIRECTOR DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
Francisco Ayala comenzó a apagarse después de las vacaciones de verano. Primero perdió la visión, después la voz y últimamente hablaba con una voz veladísima. Padecía un problema respiratorio y le faltaba fuerza en los músculos. El pasado martes desayunó tarde, con apetito. Ayala siempre lo tenía. Recuerdo el almuerzo anual que ofrece el director de la Real Academia a sus miembros el primer domingo de enero. Tradicionalmente es un cocido y turrones El Gaitero, que a él le gustaban mucho. En el último, su esposa Carolyn Richmond me llamó para advertirme de que no le dejara comer demasiado. Lo senté a mi lado y comió cocido y turrón con el apetito de siempre, tanto que llegué a inquietarme.
Volviendo al martes, después de desayunar, Ayala le pidió a Fátima, la mujer marroquí que le cuidaba desde hacía seis años, que le quitara la mascarilla de respirar. «Me voy a morir», le dijo.
«No diga usted eso, don Francisco, ¿cuándo se va a morir?», le replicó Fátima. «Ahora», respondió Ayala. Entonces, el escritor le pidió perdón por las molestias que hubiera podido causarle, inclinó la cabeza y se fue. Es la muerte de un patriarca. Creíamos que era inmortal pero se nos ha muerto.
Ayala era un hombre de filiación juvenil orteguiana y Ortega pedía que los intelectuales bajaran a la plazuela, a la calle, al periódico. Primero fue un vanguardista que quería cambiar el mundo en dos patadas y después evoluciona con la Generación del 27 a la literatura comprometida, hasta que llega el trauma de la Guerra Civil. Para mí es clave su «Diálogo de muertos. Elegía española», que me confesó que la había escrito de un tirón en el año 1939, un texto precioso en el que dice que la única salida para España es la concordia, el diálogo. Y eso empieza a hacerlo en todos los órdenes, revisando la historia, releyendo la literatura, reflexionando sobre la sociedad, era un hombre de reflexión ponderada, también con mucho genio, y un inmenso escritor.
En la RAE fue el hombre que en los últimos años, periódicamente, reflexionaba sobre el ser de la Academia como la gran institucion del diálogo, de la convivencia de gente de ideologías muy dispares. Él estuvo haciendo eso permanentemente. Yo me daba cuenta de que, al mismo tiempo, estaba haciendo la exortación, con autoridad moral y sin querer dar lecciones, pero haciendo la reflexión sobre lo que tenemos que ser.