IGNACIO GRACIA NORIEGA
El otoño es, según el escritor montañés Manuel Llano («gran prosista y gran poeta en prosa», en juicio de Gerardo Diego), «cuando marchan las aves» y «del monte van bajando las hojas muertas». Porque el otoño empieza en las montañas y acaba en el fondo del mar, tal como expone Rachel L. Carson en su hermoso libro «El mar que nos rodea»: «Como los brillantes colores de las hojas otoñales antes de que se marchiten y caigan, la fosforescencia del otoño anuncia la llegada del invierno. Después de la breve renovación fugaz de su vida y de su dominio en las aguas, los flagelados y muchas especies de algas diminutas quedan reducidos a muy pocos individuos dispersos, y lo mismo pasa con los crustáceos, los copépodos, los tomopteris y los farolillos de mar. Las larvas de los animales de la fauna que viven en las profundidades han completado ya en esta época su desarrollo y buscan las aguas profundas en las que llevan el género de vida que la naturaleza les destina». Incluso, bajo las aguas, se producen migraciones parecidas a las que contemplamos sobre los vastos cielos, cuando los pájaros empiezan a reunirse y a emigrar después de unos días de revuelo y desasosiego y se lanzan a la búsqueda del sur, y llega la arcea a las riegas y a los bosques húmedos «cuando el otoño mantiene aún el oro de sus hojas en los robles, pero ya cuando el invierno se anuncia con las primeras heladas», como escribe el a partir de este año centenario José María Castroviejo. Viendo a las neverinas sobre los campos ateridos por la helada, el poeta Emilio Pola se preguntaba de qué inviernos nórdicos estarían escapando para refugiarse en inviernos tan oscuros como los nuestros. Pues bien: bajo el mar, los bancos de peces abandonan también las aguas superficiales trasladándose a aguas más cálidas o descienden a las aguas profundas y tranquilas a lo largo de la plataforma continental. El otoño es el clarín anunciador del invierno: los animales del aire, de la tierra y de las aguas, que saben interpretar los signos de la naturaleza, se ponen en movimiento para defenderse de los fríos que se avecinan, de la misma manera que el hombre sabio apila la leña en el cobertizo y se dispone a pasar largas jornadas junto al fuego. «El viento nos convida a los estudios nobles», escribe fray Luis de León, nuestro gran poeta de la vida sosegada.
A finales de octubre todavía el otoño no ha tomado posesión de los valles. Por lo que procede subir a buscarlo a los puertos altos. Mientras el sol asciende por encima de la colina, trozos de helada cuelgan de las ramas de los árboles. Se trata de andar caminos sin entrar en las totalitarias autopistas, que nos llevan a donde ellas quieren . Todavía se pueden recorrer grandes extensiones de Asturias libremente; aprovechémoslo. Por Ozanes, en la carretera de Oviedo a Santander, pocos kilómetros antes de Arriondas, se toma una desviación que por Romillín, Arenas y Bada, sale a Cangas de Onís por San Juan de Parres. Atrás dejamos la totalidad de la sierra del Sueve alzada sobre el amplio valle del Piloña que se pierde en la lejanía, hacia el ocaso, y frente a nosotros se eleva la majestuosa mole de Peñasanta, que todavía conserva entre sus peñas neveros tan grandes como valles. Desde Cangas de Onís seguimos hacia el puerto del Pontón, por una vega, la del río Sella, que yo considero como una de las grandes representaciones de Asturias. El estrecho desfiladero de Los Beyos nos saca al gran anfiteatro del valle alto de Oseja. Aquí ya está el otoño en sazón y perfectamente asentado y coloreado: amarillo en las riberas del río, marrón con algunos puntos rojizos en los bosques de media ladera y de tonos violetas y rosados oscuros en las montañas. Dejamos atrás Oseja de Sajambre, y por los recovecos que conducen al puerto, entramos en el esplendor del otoño. La herrumbre otoñal ha caído sobre los bosques desde calderos de cobre. Todo parece viejo y luminoso: hierro viejo y oro viejo, y de repente, como un estallido, un relámpago rojo o amarillo, las ramas suntuosas sobre la gran masa de arbolado verde oscuro que sosegadamente se va volviendo marrón para convertirse en oro. En Vegacerneja, el agua ha abandonado el embalse y si alguien se lo propone, puede transitar por la carretera habitualmente inundada por las aguas. Muy cerca de la carretera general destaca un árbol menudo, de hojas blancas y amarillas. Lamento mi ignorancia: no sé qué árbol es. Comemos en Burón lo que hay: menestra y rabo de toro con una salsa muy rica. El dueño es cazador: cuenta por teléfono, a otro cazador, sin duda, que aquella mañana levantó una bandada de codornices. Y volvemos al camino hasta el puerto de Tarna, y por el hermoso y magnífico puerto de las Señales pasamos a Puebla de Lillo y de allí al puerto de San Isidro. Antes de llegar a Isoba hay una laguna y un teito. San Isidro, por sus abismos, es el puerto más serio de Asturias. Ahora, a la carretera le han puesto unas viseras para protegerla de desprendimientos, que le dan aspecto de estadio de fútbol o de estación de autobuses.
En Cabañaquinta nos desviamos hacia Pola de Laviana, a donde se llega por Villoria, Entralgo y La Chalana, y en Barredos tomamos la carretera de montaña que se aproxima a Peñamayor y va por Tiraña y La Faya de los Lobos a salir a Bimenes por El Caleyo: desde lo alto, el valle de Bimenes se presenta en su colorida extensión. Empieza a atardecer, tiñéndose de rosado las nubes blancas, y encendiéndose a poniente una gran hoguera dorada. La carretera desciende: seguramente la subía quien bautizó Cuestespines uno de sus recodos. Y conforme bajamos, se extienden las sombras. Antes de entrar en Nava, la carretera perfilada contra un cielo muy claro.