POR CAROLINA G. MENÉNDEZ
Encantadores de serpientes, danzantes, recitadores de cuentos, acróbatas, aguadores, escritores de cartas, malabaristas, domadores de monos... todos tienen cabida en la plaza de Jemaa el Fna. Esta explanada, en pleno corazón de Marrakech, a escasos metros de la mezquita Kutubia, tiene un atractivo que atrapa al viajero.
Durante el día, las horas discurren con sosiego en este lado de la ciudad marroquí que en árabe significa plaza de la muerte. Su nombre procede de antaño, cuando en ella se ajusticiaba a infieles y delincuentes y se exhibían sus cabezas cortadas.
Al caer la tarde, la plaza se transforma en el núcleo de la vida económica y social de miles de vecinos y visitantes. Propios y extraños comparten un espacio donde están asegurados, como mínimo, el desconcierto y la fascinación de quienes acuden por primera vez a Jemaa el Fna.
Con la llegada de la noche, cientos de bombillas iluminan los numerosos puestos de comida (couscous, cordero, ensaladas...), los de venta de zumos, dulces o frutos secos y las pequeñas tiendas de ropa o decoración que bordean la plaza. Multitud de olores y colores tiñen la atmósfera, que en parte se cubre con una cortina de humo procedente de las parrillas.
Tal estampa hechiza al visitante, que no sale de su asombro ante tal algarabía. Para captar una visión conjunta del bullicio, los turistas suelen acudir a las terrazas de los cafés situadas en el primer piso de los establecimientos emplazados en los costados de la plaza. Desde ellas, la perspectiva general fascina, y más cuando el cielo se entinta con los colores del atardecer y desde las mezquitas que vigilan el entorno se escucha la llamada a la oración. Es ése un momento mágico que se fija para siempre en la memoria de quien tiene la oportunidad y el privilegio de vivirlo.
La plaza Jemaa el Fna es un escaparate de la vida y de la cultura de los marroquíes y por ello en 2001 la Unesco le concedió la titularidad de Patrimonio oral de la Humanidad.