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Un engaño piadoso En el circo

Contra los libros - Un hombre ejemplar - A medianoche - Lector narciso - Gente importante - Manuscritos perdidos

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Un engaño piadoso En el circo
Un engaño piadoso En el circo 
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JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN sábado, 31 de octubre

En el circo una madre imprudente permite que su hijo se preste a participar en las demostraciones de un mago chino. Le encierran en un arcón. Abren el arcón; está vacío. Vuelven a cerrarlo. Lo abren; el niño aparece y regresa a su asiento. Nadie se da cuenta de que no es el mismo niño.

Yo soy ese niño al que de niño cambiaron por otro exactamente igual, pero distinto. Y el arcón no era un arcón, sino una biblioteca.

Domingo, 1 de noviembre

Me gustan los libros, detesto los libros. Siempre lo que más amamos es también lo más odiado. Benefactores de la humanidad quienes conservan los libros, igualmente benefactores quienes los destruyen. Si los hombres fuéramos inmortales, hace tiempo que en la Tierra no habría sitio para nadie. Si nunca se hubiera destruido un impreso (y sólo hace poco más de cinco siglos que se imprimen libros), ya no habría almacenes suficientes en el mundo para contenerlos todos.

El libro electrónico, que no ocupa espacio, está muy bien, pero tampoco estaría mal que se imprimieran libros con un pequeño dispositivo que los hiciera desaparecer nada más leídos o, como tantos libros de poesía, apenas hojeados.

Esta mañana, mientras desayunaba, he hecho un movimiento brusco y una torre de libros dispuesta precariamente en la mesa ha caído sobre los que se amontonaban en una banqueta. Todo el suelo de la cocina ha quedado salpicado de papel y literatura. En momentos así a uno le resulta simpático incluso el bárbaro que prendió fuego a la Biblioteca de Alejandría.

Pero luego visito la exposición bibliográfica del Banco Herrero y vuelvo a reconciliarme con los libros. Pocas veces he podido contemplar tantas maravillas juntas. Me deslumbra sobre todo uno de aquellos volúmenes que en el Nápoles de Carlos III reproducían con mágica minucia los restos arqueológicos que iban apareciendo en Pompeya y Herculano. Y me alegra encontrar, entre los bibliófilos que han prestado sus ejemplares, a un jovencísimo y genial amigo, Alberto Valdés, que no tenía aún 10 años y ya conocía las primeras ediciones de Valle o Juan Ramón tan bien como mi admirado Andrés Trapiello, con quien a tan temprana edad llegó a tener algún involuntario encontronazo.

Yo no soy bibliófilo ni coleccionista, sólo soy un lector. Disfrutaría acariciando y hojeando estos volúmenes prodigiosos, pero no disfruto menos con los que encuentro en el Fontán y que me alegran el café cada mañana de domingo. Por ejemplo, este «Manual de la Comunidad Británica de Naciones y del Imperio», que encontré hoy. Fue editado en Londres en 1944, muy poco antes de que el mundo de Kipling se derrumbara. Cuánta sugestión hay en sus mapas, en sus precisas anotaciones geográficas. Nunca había oído hablar de Sarawak, ahora sé que «en 1841 fue obtenido el gobierno de este territorio del sultán de Brunei por sir James Brooke, que llegó a ser el rajá. Se estableció el Protectorado británico por un convenio hecho en 1888. Extensión, 129,450 kilómetros cuadrados. Población (1939), 442,900». No necesito más para soñar elegantes heroísmos y sacrificados adulterios, a lo Somerset Maugham.

Lunes, 2 de noviembre

Era muy diligente y procuraba cumplir bien sus múltiples tareas. Con horror de su alto personal, trabajaba diariamente hasta las dos o las tres de la madrugada. Se preocupaba mucho de los pormenores de su trabajo y creía procedente entrar con toda minucia en cada línea de sus instrucciones y dictámenes, en vez de limitarse a dirigirlos e intervenir en líneas generales. Personalmente, era incorruptible. Despreciaba el lujo y las riquezas, y afirmaba que su mayor ambición era morir pobre. Castigaba toda especulación con el dinero público. Le repugnaban las ostentaciones y alzaba contra ellas una consigna: «Procura ser más de lo que pareces». Tal sencillez y llaneza se exteriorizaban en su estilo de vida. Comía y bebía con extrema moderación. Aparecía siempre cortés y serio. Estaba casado. A su mujer, de más edad que él, la había conocido cuando era enfermera en un hospital. El matrimonio no parecía haber resultado demasiado feliz, pero siempre hablaba de su esposa con la mayor consideración. Procedía siempre muy respetuosamente con las mujeres y detestaba toda frase obscena o de doble sentido. Amaba mucho a los niños. Dedicaba gran atención a las viudas y huérfanos, sobre todo si eran víctimas de guerra. Detestaba todas las mezquindades.

Así retrata Felix Kersten, que fue su médico, que ejerció gran influencia sobre él, que aprovechó esa influencia para salvar a centenares de judíos, a Heinrich Himmler, ministro del Reich y jefe de las SS. Un hombre ejemplar, minuciosamente atento a su trabajo. Paseaba un día junto a una fosa, en la que se amontonaban los cuerpos de los recién ejecutados y creyó ver que uno se movía. «Teniente, dispárele a ése», dijo. No soportaba que las cosas quedaran a medio hacer. Murió con la conciencia tranquila. «Amé a mi patria, cumplí con mi deber», parece que fueron sus últimas palabras.

Martes, 3 de noviembre

Siempre creí que el relato en el que un joven jardinero le pide un caballo a su príncipe para escapar de la muerte, que le ha hecho un gesto de amenaza, quizás el más fascinante de los «Cuentos breves y extraordinarios», no lo había escrito Jean Cocteau, a quien se le atribuye, sino el propio Borges. Pero ahora, al leer su novela «Le grand écart», recién traducida al español, lo encuentro al comienzo del capítulo segundo y, unas líneas después, otra desasosegante brevería: «Una vez mi hermano pequeño y yo quisimos gastar una broma pesada a nuestro preceptor. Pero cuando, a medianoche, disfrazados de fantasmas, nos disponíamos a irrumpir en su habitación, la puerta se abrió y apareció nuestra madre, en camisón y con el pelo alborotado. La hoja de la puerta nos ocultaba. Atravesó el pasillo, apoyó la oreja en la puerta de la habitación de nuestro padre y regresó, sin vernos, a la del preceptor. No olvidaría jamás el momento en que mi hermano y yo volvimos de nuevo a la cama, sin mediar palabra».

Miércoles, 4 de noviembre

En la exposición «Las horas de los libros», que vuelvo a visitar, me encuentro con una escultura de Julio López a la que no había prestado atención. Una joven (luego sabré que es la misma Esperanza López que camina frente al teatro Campoamor) sostiene en las manos una edición de la obras de San Juan de la Cruz. Pero lo que aparece en la página abierta no son los versos prodigiosos del fraile («oh cristalina fuente, / si en esos tus semblantes plateados / formases de repente / los ojos deseados / que tengo en mis entrañas dibujados»), sino el rostro de la lectora.

Al leer, nos leemos. Todo libro es un espejo que nos revela nuestro verdadero rostro, que no es el que vemos en los espejos, sino un detallado mapa del universo que abarca el universo entero.

Jueves, 5 de noviembre

«Monarquía y Gobierno despiden a Ayala», dice el titular del periódico. Y en la fotografía, rodeando a su viuda, Carolyn Richmond, aparecen el presidente del Gobierno, los Príncipes de Asturias, la ministra de Cultura, el alcalde de Madrid y también, con el pañuelo en la cabeza, Fátima, la mujer marroquí que le cuidó en los últimos años. Me alegra encontrar, junto a tanta gente importante, a alguien verdaderamente importante.

Viernes, 6 de noviembre

En 1958, Morton Smith encontró en la biblioteca del antiguo monasterio ortodoxo de Mar Saba, no lejos de Belén, una carta manuscrita de Clemente de Alejandría que citaba el Evangelio secreto de Marcos, usado por la secta de los carpocráticos. La cita decía así: «Llegaron a Betania. Y allí se hallaba una mujer cuyo hermano había muerto. Y acercándose se postró ante Jesús y le dice: "Hijo de David, ten piedad de mí". Pero los discípulos la apartaron. Jesús, enojado, fue con ella al jardín, donde estaba la tumba, e hizo rodar la piedra que tapaba la entrada. Entrando a donde estaba el joven, le levantó cogiéndole de la mano. Jesús le dijo lo que debía hacer y al anochecer el joven fue a su encuentro, vestido con una sábana de lino sobre el cuerpo desnudo. Y permaneció con él esa noche, porque Jesús le enseñó los misterios del Reino de Dios. Y luego volvió al otro lado del Jordán».

La carta de Clemente de Alejandría que incluye ese pasaje ha desaparecido y no falta quien piensa que Morton Smith se lo ha inventado todo. Pero un estudioso israelí, Guy Stroumsa, tuvo en sus manos esa carta y de ella copió otro enigmático fragmento en el que el Cristo resucitado parece dudar de su propia resurrección. Guy Stroumsa visitó el monasterio de Mar Saba en el verano de 1976. Desde entonces nadie ha vuelto a verla. Se cree que la robó algún coleccionista.

Pongo en español, con algunas licencias, las supuestas palabras de Cristo que Stroumsa cita en latín: «Ahora sé que mi vida ha sido sólo trampa, cartón y nada. / Tú me has despertado y quiero agradecértelo, Señor de las Tinieblas. / El agua de la fuente que sonaba en la noche arrullando mis sueños, / la mano que besaba de niño antes de irme a dormir, / el rumor de los árboles en el amanecer, / los labios que decían quererme... / Todo era verdad y sólo yo escondido del mundo detrás de mi sonrisa, / de mis vanos milagros y la sombra del Padre, / sólo yo era mentira, un engaño piadoso. / No he resucitado, sólo he vuelto un momento / de donde no se vuelve / para poder decíroslo».

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