POR CAROLINA G. MENÉNDEZ
Ácidos grasos omega 3, fibra soluble, ácido linoleico, betaglucano, bacterias ácido lácticas, fitoesteroles, ácido fólico... son componentes biológicos que poseen los alimentos llamados funcionales. Éstos, además de destacar por las propiedades nutricionales propias del alimento, aportan un beneficio fisiológico al organismo, es decir, un extra de nutrientes que contribuyen al enriquecimiento de la dieta y, por tanto, ayudan a mantener o mejorar el estado de la salud y a reducir el riesgo de contraer enfermedades.
Para comprender qué son y cómo actúan los alimentos funcionales, el nutricionista Ramón de Cangas pone como ejemplo «una leche cuya ingesta incrementa el número de veces que vamos al baño. Este alimento, además de suministrarnos los nutrientes propios de una leche normal, nos ofrece un beneficio fisiológico que, evidentemente, está demostrado científicamente».
Algunos de los alimentos funcionales ya habituales en muchas cestas de la compra son preparados lácteos enriquecidos con esteroles vegetales, huevos con omega 3, lácteos ricos en calcio, cereales con betaglucano, leches con ácido fólico, zumos antioxidantes o alimentos con fibra.
El consumidor ha empezado a familiarizarse con estos componentes de nombres un tanto peculiares y a veces difíciles de pronunciar y los está incorporando a la dieta. «Hay que partir de la idea de que ningún producto suple los beneficios de una dieta sana, equilibrada y saludable. Pero si una vez que nuestra alimentación se rige por los principios de la pirámide alimentaria, nada impide que incorporemos algunos alimentos con los que obtener ciertos beneficios fisiológicos. Al fin y al cabo, son una realidad y cada vez están más en boga. Tan absurdo es renunciar a ellos frontalmente como atribuirles un valor mayor al de una alimentación saludable», resalta De Cangas, presidente de la Asociación de Dietistas y Nutricionistas del Principado de Asturias.
El origen de los alimentos funcionales se encuentra en Japón. En los años ochenta, las autoridades alimentarias de este país, para tratar de reducir el coste de los seguros de salud, pusieron en marcha programas de desarrollo de productos alimentarios que mejoraran la calidad de vida de la población y tuvieran un efecto positivo sobre la salud y el bienestar. Los resultados no pudieron ser mejores, ya que los alimentos funcionales gozan de gran demanda y aceptación y el futuro parece prometedor. «La gente busca, cada vez más, no sólo productos sabrosos, seguros y de calidad, sino también se tiene muy en cuenta el valor añadido. Y eso es precisamente lo que ofrecen estos alimentos», añade el nutricionista asturiano. Pero es conveniente destacar que, si bien aportan un complemento saludable, no son la panacea de todos los males.
Algunos ejemplos de alimentos funcionales:
n Preparados lácteos enriquecidos con esteroles vegetales. Dentro de una dieta equilibrada ayudan a reducir los niveles de LDL-colesterol.
n Leches y yogures enriquecidos en ácido linoleico conjugado (tonalín). Hay estudios que indican que la ingesta de tres gramos diarios de ácido linoleico conjugado ayuda a reducir la grasa corporal. Varios estudios sostienen que este efecto también tiene lugar cuando se incorpora a una matriz láctea.
n Huevos enriquecidos en calcio. Pueden ayudar a reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares.
n Lácteos enriquecidos con calcio. Pueden ayudar a cumplir las recomendaciones de ingesta de calcio y, por tanto, a prevenir osteoporosis.
n Lácteos enriquecidos en fibra soluble. Han demostrado su capacidad para incrementar la frecuencia defecatoria y el tamaño de las heces.
n Cereales de desayuno ricos en betaglucano. Ayudan a reducir los niveles de LDL-colesterol.
n Leches con ácido fólico. Previenen malformaciones en el tubo neural
n Preparados lácteos con bacterias ácido lácticas. Los alimentos que las contienen se denominan prebióticos. Estas bacterias con microorganismos vivos al ser ingeridos en las cantidades correctas producen efectos beneficiosos en el cuerpo.